Hay algo que nadie sabe, ni siquiera Valeria, es que la imagen de un hombre que lloraba en los aviones fue el detonante que me llevó a escribir una historia sobre un castillo, una princesa y un secuestro. Sin embargo, de la imagen no quedó nada en la novela que finalmente titulé El mundo de afuera. No escribí de aviones ni de la tristeza que sentía el hombre cada vez que el aparato en que viajaba levantaba vuelo. No quedó nada porque la imagen no es una historia sino un espejo donde me veo, y su única relación con mi novela es el amor profundo de un padre por su hija, un amor como que el que me estremece ahora, cautivo en otro avión, cruzando el Atlántico a no sé cuántos miles de pies de altura, a una velocidad que no concibo, en la terrible soledad de volar rodeado de desconocidos y haciendo un balance de las tantas cosas que Valeria, a sus 8 años, todavía no sabe.

No sabe, por ejemplo, que tuve que incorporar una nueva palabra al léxico de mi día a día. Me pasé varias décadas usando la palabra “hija” para referirme a las de otros, pero ella no sabe del orgullo con el que me acostumbré a decir “mi hija”. Ni de la desconocida emoción mientras me acostumbraba a escuchar el “papá” que ella pronunciaba con sílabas incompletas. Sabe que lloré cuando la recibí en mis brazos, pero no sabe que en ese mismo instante que me miró a los ojos, supe que de esos brazos solo me la arrebataría la muerte. A su corta edad sabe que la quiero por encima de todo, pero aún no le he contado que con ella descubrí el lado de mi corazón que tenía sin usar. Sabe del amor pero no del dolor que se infiltra, como un espía, cuando se quiere a un hijo. Ni del miedo cuando imagino que finalmente será la vida, la caprichosa vida, la que dispondrá de cada instante para ella.

Que no siempre tendré las fuerzas, ni la capacidad ni la experiencia para hacerla sentir segura, que no podré estar con ella todo el tiempo que yo quisiera. Ahora me siento un héroe porque logro alcanzarle algo que a ella, por su estatura, le queda muy alto, o porque puedo abrirle un empaque que requiere un poco más de fuerza, o porque se pega a mí cuando se asusta o porque la recibo en mis brazos cuando necesita llorar o cuando nos estrujamos para que salga el amor desbordado. Ella no sabe que también tendré miedo y tristeza cuando ese héroe desaparezca y que desde ya siento celos del que vendrá a reemplazarme. No sé si se decepcionará cuando le cuente que quien la protegía es en realidad un desprotegido. Que soy yo el que depende de ella, que mi fortaleza surge del amor que le tengo, que siento más miedos que ella y que de ella aprendo mucho más de lo que logro enseñarle. Como es inteligente, intuitiva, receptiva y observadora —así la ven mis ojos de padre—, sé que Valeria percibe mucho de lo que yo supongo que aún no sabe. Muy en silencio le he pedido a la vida que siempre le conceda buena salud, que sea feliz y que viva muchos años. 
También debería pedirle que le enseñe a estar sola, que pueda sobreponerse a la adversidad, que la acompañe siempre la suerte, que quiera y que la quieran, que la respeten y se respete, que se tome la vida con calma, que prefiera los trenes a los aviones, los libros a la televisión, que se emocione con las pequeñas cosas y que, al igual que yo, se muera de amor cuando tenga un hijo. Y que en el colmo de la cursilería siempre recuerde la imagen de aquel hombre al que se le rompía el alma, lejos de ella, montado en un avión.

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