Mi hermano Mark tenía 4 años y yo, Jorge, 6. Intentábamos aprender las lecciones de karate de nuestro tío Saúl, que tendría por ese entonces 14 o 15 años. Él practicaba artes marciales y jugaba mucho con nosotros cuando lo visitábamos. La casa era grande, de dos pisos, íbamos mucho porque quedaba cerca de la nuestra. Aunque nos gustaba creernos karatekas, dejamos de practicar hace mucho, porque, evidentemente, hemos perdido la flexibilidad de esos días. Los años no vienen solos, pero mi hermano y yo seguimos divirtiéndonos juntos.

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