Perdí la virginidad dos veces y la primera fue con un idiota. Yo tenía 17 años y él 24. Yo vivía sola y él con su mamá. Una noche, a horas nomás de haber empezado a salir juntos (nos habíamos besado por primera vez a la mañana, luego de salir de trabajar), a ¿Leonardo? —no estoy tan segura de que se llamara Leonardo— le dieron ganas de seguir haciendo sociales.

—¿Me invitás a tomar un té a tu casa? —preguntó por teléfono.

Yo le dije que sí y —qué ingenuidad— lo esperé con el té listo (aunque también me había bañado y me había puesto un conjunto de ropa interior blanco). Apenas llegó, ¿Leonardo? se sentó sobre mi cama —que también era el sofá—, bebió un sorbo de té como una concesión a las buenas costumbres, y acto seguido empezó a besarme y manosearme como si mi cuerpo estuviera escrito en braille. Mientras me tocaba los pezones; mientras me abría los muslos y metía sus dedos con la tirante desesperación del que tiene que encender la antorcha olímpica; mientras bajaba mi cabeza a su entrepierna y me invitaba a chupar con el carisma de un instructor de aeróbicos, yo solo atiné a especular:

—Hoy es el día.

No pidan relatos sensoriales del estilo "me tocó y vi las estrellas", porque lo único que suele pensar una mujer cuando debuta sexualmente es "hoy es el día", "ay" o "qué asco". Ese tipo de ideas me ocupaban, cuando me recosté sobre la cama y sentí el peso de mi chico sobre mí. De fondo sonaba un disco de Joan Manuel Serrat y giré el cuello, vi el reloj, leí que eran las tres menos diez de la mañana —la misma hora de mi nacimiento—, y volví a decirme:

—Mediterráneo, Joan Manuel Serrat, tres menos diez: el momento en el que pierdo mi virginidad.

El problema es que yo estaba tan preocupada documentando el evento, que no me di cuenta de que ¿Leonardo?, desde hacía varios minutos, estaba intentando meterse en mí sin éxito. Hasta que luego de varias embestidas torpes, de una larga serie de topetazos que me recordaban tanto a los carneros resignados del zoológico, él dio su diagnóstico:

—Es que tu agujero es demasiado chico.

Y acá es cuando empiezo a referirme a ¿Leonardo? como "idiota". Porque en vez de revisar su falta de erección, ese idiota prefirió escrutar meticulosamente mi entrepierna: una coartada de tipo ginecológico que a él lo habrá dejado en paz, pero que a mí me sumió en un raro estado de bronca, humillación y —sobre todo— desconcierto: ¿había perdido la virginidad? Ya no se trataba de contarlo a mis amigas: ¿podía contármelo a mí misma?

La respuesta llegó dos meses más tarde, cuando terminé mi relación con ¿Leonardo? —la falta de sexo y el exceso de masturbación nos había puesto de muy mal humor— y empecé a salir con un tal Alejandro: un hombre guapo, guapo, guapo, que durante una noche larga —muy larga— me llevó al coito como si estuviera sacándome a bailar.

Mi preocupación, esa vez, no fue la hora, la fecha o el soundtrack del momento, sino saber disimular. Yo le había dicho a Alejandro —me había dicho a mí misma— que ya no era virgen. Así que en el momento exacto en que se rompió el himen —puedo recordar la tirantez, el dolor, el golpe delicado y seco de un velo que se raja— yo sonreí.

Sonreí por estrategia pero también por sorpresa, por alivio, por certeza. Por algo parecido —pero no igual— a la felicidad.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.