Cuando volvíamos al apartamento en carro, mi madre solía señalar el séptimo piso: “Ahí vivimos”, me decía. Uno de esos días, regresando sola del trabajo, mi madre levantó la mirada (un gesto mecánico) y me vio a mí. Me había subido al marco de la ventana y estaba parado sobre el alféizar de aluminio, agarrado de los parales como un suicida de película, con la valentía de mis 5 años y con 7 pisos de caída libre al borde de mis zapatos. Ahora que he tenido hijos, puedo entender la premura con que mi madre dejó el carro abandonado junto al andén de la séptima; puedo también imaginar o intuir lo que le debió de pasar por la cabeza mientras subía, en ascensor y en estado de perfecta impotencia, los siete pisos. Muchas veces me he preguntado si se encontró con alguien y habló de lo que le pasaba, de su niño de 5 años que en ese momento muy bien se habría podido caer ya desde un séptimo piso, o si subió sola, planeando en silencio lo que haría al abrir la puerta, o comenzando a resignarse a una vida transformada tras el accidente. Llegó al apartamento, abrió la puerta y se acercó a la ventana abierta donde increíblemente yo estaba todavía, y sin hacer un solo ruido, no fuera a ser que me asustara y perdiera el equilibrio, me rodeó por detrás con el brazo, me apartó de la ventana y me puso en el suelo. Luego buscó a la mujer que me estaba cuidando y la encontró en la cocina, tan preocupada por la suerte de Kalimán y de Solín —cuyas aventuras narraba la radio por esos años— que ni siquiera se había percatado de la llegada de mi madre, mucho menos del niño que se le había escapado para asomarse un instante al vacío.

Pero esto no lo sé porque lo recuerde, sino porque me lo han contado. Y la versión no ha sido la misma siempre: a veces, la mujer que me cuidaba estaba atendiendo a mi hermana pequeña, que por esos días acababa de cumplir 2 años. De todas las épocas de nuestro pasado, la niñez es la que más cambia: nuestras memorias de niñez son al mismo tiempo las más importantes y las más inciertas, y en nuestra vida adulta nos pasamos buena parte del tiempo tratando de establecer si lo que recordamos es recuerdo genuino o espejismo de la memoria. Eso da a los adultos, testigos de la niñez, un poder insondable sobre los niños. Y no es el único. Bertrand Russell cuenta en su autobiografía que, al final de un hermoso día de verano de su infancia, un tío le explicó gravemente que la capacidad para disfrutar disminuye con la edad, y le advirtió que nunca volvería a disfrutar de un día de verano como lo estaba haciendo en ese momento. El niño rompió a llorar y no paró hasta la hora de dormir. Pero su tío tenía razón. Otra cosa es preguntarse si un adulto que entrega esa información a un niño está siendo honesto o meramente cruel, quizá envidioso de la niñez que ya no tiene. Sea como sea, nada me provoca tanta admiración por un adulto como la comprensión genuina, no impostada, del mundo de los niños; parejamente, he llegado a creer que la incapacidad para entender a los niños, para intuir la intensidad de sus emociones y sus necesidades, es culpable de muchas de las desgracias que nos agobian en esta vida nuestra.

Lo que recuerdo de mi infancia tiene que ver con esa intensidad desmedida de las emociones —desmedida, digo, salvo para el niño que las siente— y con la capacidad o incapacidad de los adultos para entenderlas. Yendo de noche por carreteras sin iluminación, me gustaba pedirles a mis padres que apagaran las luces del carro; avanzar en la oscuridad casi total por el camino despavimentado me producía una sensación de descubrimiento y aventura y riesgo, pero no sé si me emocionaba más el momento de adrenalina o la comprensión de mis padres: el hecho de que apagar las luces pareciera tan importante para ellos como lo era para mí. A principios de los ochenta, durante la época de los apagones, las horas de oscuridad forzosa eran como una condena o como el mejor momento del mundo, dependiendo del adulto que estuviera a cargo. La oscuridad para un niño es tediosa o aterradora, y los adultos muy pronto se dividieron en dos grupos: de un lado, los que eran capaces de inventar ardides para pasar el rato; del otro lado, todos los demás. Muchas pequeñas felicidades de esos años tienen que ver con un cigarrillo que hace figuras incandescentes en la oscuridad, con un primo capaz de quitarse el pulgar de la mano izquierda a la luz de una vela o con el juego de las capitales paralelas (por el cual uno tiene que adivinar en qué país quedan las ciudades Vientos Bondadosos, No Entrego y La Esposa del Habano).

Las pequeñas desdichas, en cambio —las que no tienen que ver con la muerte de alguien querido, ni con enfermedades, ni con amenazas—, están relacionadas en mi memoria con un momento de profunda decepción: cuando me di cuenta de que no se podía confiar en todos los adultos. Como a mis 10 años, cuando fui corriendo a buscar al veterinario del pueblo porque había encontrado a mi perra enferma, y el veterinario, que estaba almorzando, me dijo que sí, que claro, que me devolviera a mi casa y él llegaría en diez minutos, pero llegó horas después de que mi perra muriera ante mis ojos, y dijo que sí, que se había asfixiado con un hueso de pollo, que la gente por aquí dejaba los pollos sueltos y, bueno, pasaban estas cosas. O como cuando una mujer joven, encargada de cuidar a un niño mientras su madre trabaja, se pone a oír una radionovela y se olvida de él, y abre en el mundo una serie de posibilidades y de alguna manera deja su huella en ese niño, aunque el niño lo haya olvidado todo después. Pero ya escribió Thomas de Quincey que el olvido total no existe; que los rastros impresos en la memoria son indestructibles, y basta un accidente para que se corra el velo, el delgado velo que existe entre nuestra conciencia y las inscripciones secretas de la mente.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.