Van a ser las 12:00 de la noche y me dispongo a levantarme. No pierdo mi tiempo durmiendo más de lo necesario. Tres horas son suficientes. Mientras la vida les pasa por encima, y la naturaleza nocturna se llena de tantas maravillas, los seres humanos se dedican a desperdiciar el tiempo en tareas subalternas, como dormir y comer. Qué tal, por ejemplo, la costumbre que han cogido últimamente: ahora almuerzan todos los días.

Ya se sabe que la vida es corta, pero es que, además, y como si fuera poco, la noche vale por media vida. Me recuesto a las 9:00, cabeceo una duermevela ligera, miro con detenimiento las figuritas caprichosas que el tiempo ha ido dibujando en el cielorraso de la alcoba, y así reposo de las correndillas del día. Tres horas después vuelvo a quedar en guardia, fresco y renovado.

Tampoco vayan a creer ustedes que aprovecho aquellas horas de tranquilidad y silencio para dedicarme a cavilar sobre los grandes temas de la angustia cósmica, ni a releer las atormentadas cavilaciones de Kierkegaard sobre la existencia humana. Líbreme Dios. Esas cosas me asustan en medio de la soledad.

La verdad sea dicha, lo que hago es ponerme a jugar dominó con mi celular, al que he descubierto varias veces haciéndome trampa. Ya no se puede confiar ni en los cachivaches electrónicos. También resuelvo crucigramas o releo revistas viejas. Pero hay un momento en que lo abandono todo —celular, revista, crucigrama— y entonces me siento en el balcón. Esa es la mejor parte.

Ya son las 3:00 de la madrugada. Cierro los ojos, como si en realidad estuviera dormido, pero abro las orejas, aguzándolas, como el tigre que acecha a su víctima en la espesura, haciéndose el distraído. De noche, cuando la humanidad duerme, a orillas del mar Caribe uno puede escuchar el silencio que viene envuelto con la brisa. Se oyen los silencios de la noche. Tú oyes el resuello de la oscuridad y el susurro del agua en la playa. Incluso, si hay un motor de un barco prendido en alguna parte, por lejos que esté, el viento trae un pum-pum acompasado, rítmico, un tamboreo ronco. Uno piensa que son los latidos del corazón del mundo.

Hay épocas, en las altas noches de finales del verano, en que la brisa suena tan quejumbrosa entre las hojas de los árboles que parece el mugido de una vaca adolorida. Lo mejor de todo es que no se oye la voz de nadie, salvo la de una lechuza trasnochada que está emitiendo sus craqueos en el campanario de la iglesia vecina. Otra le responde desde el poste del alumbrado público. Por mis conocimientos del lenguaje lechucístico, me parece que se están haciendo requiebros de amor.

Solo vuelvo a abrir los ojos cuando oigo el estrépito de la primera ambulancia que revienta con su sirena la tranquilidad de la calle. La ambulancia es el medio de transporte más frecuente en Cartagena. Son las 6:00 de la mañana. Tal vez las 6:05. El mundo renace a mi alrededor. Entonces contemplo el amanecer al otro lado de la bahía, donde asoma el sol como una gran yema de huevo, más allá de los cerros y del mar. El agua, el cielo, el aire y hasta los muebles de la casa se ponen amarillos, con un color ambarino espeso.

No hay una sola nube. Diez minutos después pasan volando los primeros pájaros de la mañana. Viajan juntos alcatraces y gaviotas, en una pacífica comunidad, a pescar su desayuno. En ese preciso momento me siento a escribir con el espíritu en paz porque acabo de comprobar que la vida no consiste en quedarse dormido para tener un sueño. La verdadera vida consiste en soñar despierto.

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