De todo eso, lo único seguro era el empleo, porque el dueño del molino era mi primo Antonio. Los viernes por la madrugada, mientras la gente dormía, salíamos de la Placita de los Perros en un camión que manejaba el compadre Marcelo Agámez. Yo iba encaramado en lo más alto de un promontorio de bultos de arroz pilado. Parábamos en las aldeas del camino para entregar los pedidos. La noche nos cogía mariposeando por ahí. El viernes siguiente regresábamos a cobrar las facturas.

Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar. Sin ton ni son comenzaron a llegar al pueblo unas cajas enormes, de madera pulida, más grandes que una casa, que no tenían un destinatario específico. Nadie sabía qué diablos era eso.

Comenzó a desatarse entonces la inevitable magia del Caribe, con sus misterios y secretos. Las mujeres más viejas, como Aura Montes, que adivinaba la suerte, aconsejaron que nadie tocara las cajas porque podían contener un objeto dañino, como el polvo de la muerte, o a lo mejor se trataba de las bacterias que arrugan la piel y conducen a la ruina. La gente estaba asustada. Las cajas fueron arrumadas en el patio de la Alcaldía. El pueblo entero las miraba de lejos sin atrever a acercarse. Los rumores crecían.

Pero la verdad es que no aguantamos las ganas. Una noche de parranda, en que andábamos bebiendo cerveza en el estanquillo de la señora Angermina, se nos metió la ventolera de averiguar qué era lo que había en las benditas cajas. Mi compañero Roberto Luna, que trabajaba conmigo en el molino de arroz, pidió prestada una escalera de palo y nos encaramamos por la paredilla de la Alcaldía.

Con la misma escalera trepamos a lo alto de la primera caja, como si estuviéramos escalando una montaña, y con una palanca de sacar clavos, de esas que los mecánicos llaman “pata de cabra”, abrimos la tapa. Encima había un paquete de hojas escritas a máquina, pero en inglés. No entendimos ni jota. Agobiados por la decepción, pero sin rendirnos, esperamos tres días a que llegara Ramón Arnedo, que semanalmente venía de Cartagena a comprar arroz para revenderlo.

Le encargamos que nos trajera un diccionario inglés-español de la librería de Mogollón. Con él en la mano, volvimos a las andadas, destapamos nuevamente la caja y, entonces sí, letra a letra, con una linterna de siete baterías, porque el pueblo no tenía servicio de electricidad, descubrimos los detalles del enigma.

Era un hospital prefabricado. Unas monjas españolas, que habían hecho misiones por esos parajes del río Sinú, regresaron a Europa pidiendo ayuda para aquellas tierras abandonadas donde no había ni una aspirina. Los ingleses, que a veces sienten remordimientos de conciencia, mandaron el hospital completo: sábanas, jeringas, camas, techos, vitaminas. Lo único que faltaba eran los enfermos.

Como los griegos antiguos sabíamos que nadie escapa a su destino, entonces me empezó una carcoma por todo el cuerpo, no podía dormir en paz, me dio fiebre, me quedaba alelado mirando pasar el río y se me quitaron las ganas de comer. La verdad es que me estaba muriendo. Una sobretarde lluviosa, después de cerrar el negocio, resolví sentarme frente a la vieja máquina de escribir de la arrocera, que era de vapor y se movía con pedales. En tres hojas escribí la historia completa de lo que había pasado.

Pedro López vendía El Espectador con cuatro días de retraso por las calles de San Bernardo del Viento. Era el único periódico que llegaba al pueblo, de modo que compré uno y busqué la dirección. Puse en un sobre el nombre de Guillermo Cano, director, y la próxima vez que fuimos a vender arroz se la mandé a Bogotá desde la oficina de correos de Lorica. La publicó un domingo con el título de “Carta desde San Bernardo del Viento”, inventado por él. Ahora que lo pienso bien, aquel relato era bastante flojo y como insignificante, pero sospecho que a don Guillermo lo que le encantó fue el hermoso nombre del pueblo. Me mandó una oferta de empleo que acepté dos años después. Fui por un mes a conocer y probar suerte. En esas llevo 44 años. El resto de la historia no vale la pena.

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