Colgué el teléfono eufórico. Había concluido una conversación con Gabo, quien me indagaba por las últimas noticias. Con generosidad, el Nobel sostenía que yo era el colombiano mejor informado. Cuando me disponía a salir del Noticiero de las 7, volvió a sonar el teléfono. La llamada era de Palacio. Me iba a hablar el entonces Presidente de la República, Belisario Betancur. Hacia las diez de la noche, ya estaba en mi vehículo. Media hora más tarde llegué al Romano Gallico que para la época era, de lejos, el mejor restaurante de Colombia... Era famoso no solo por servir la mejor comida, sino también por tener los mejores reservados, con nombre propio. El del presidente López Michelsen, el de Gabo, el de Pastrana y el de Juan Guillermo Ríos. Afuera, una noche arropaba a los escoltas que cuidaban de mi BMW último modelo.

Al otro día, temprano, ya estaba en el aeropuerto. Volaba a Cali, desde donde haría esa noche, en directo, el Noticiero de las 7. Cuando llegué a El Dorado me dijeron que el vuelo estaba repleto. Visiblemente molesto, perdí el buen genio y exigí ser llevado a Cali. Me hicieron caso. ¿Cómo? Le quitaron el cupo a Fabio Echeverry Correa quien, para entonces, era presidente de la Andi y miembro de la junta directiva de Avianca. Un incidente parecido había ocurrido recientemente cuando volaba a Riohacha. El vuelo era desde Bogotá, con escala en Valledupar. Allí nos pidieron bajar por unos 10 minutos. Al regresar a mi silla en el avión, noté que no estaba mi maletín de mano. Mientras lo buscaba desesperadamente, la nave decoló. Como a los 15 minutos de vuelo, ya estaba energúmeno. Me llevaron a la cabina y hablé con el capitán. Le exigí hacer lo que fuera para encontrar mis cosas personales. El capitán indagó: "¿Tú eres Juan Guillermo Ríos?", "Sí señor", respondí secamente. "Pues siendo así, aquí no hay nada más que hacer. Nos devolvemos para Valledupar". Ya en el aeropuerto vallenato, mi maletín apareció tirado en un baño del avión.

En los ochenta, cuando era Anchor-Man, es decir, director y presentador de noticias, no solamente tenía el más alto rating de noticiero alguno en la historia de la televisión colombiana —aún hoy no superado— sino que también era considerado uno de los hombres más famosos del país, y hasta me escogieron en una revista como el mejor vestido. Mi ropa venía directamente de la tienda Dunhill, en Londres, o de las grandes firmas ubicadas sobre la exclusiva avenida Manhattan, en Nueva York. Mis relojes eran Cartier, Piaget y Baume & Mercier.

¿Y qué pasó? Pues que sencillamente me creí el cuento. Y como tal actué. Por supuesto, vinieron los errores. Vivía de falsas verdades y falsas realidades. Me atacó el mal de Hubris, la afección de los griegos antiguos que se creían dioses. Me cegaron la gloria y el rating. Me consideré indispensable y absoluto. Único. Fue un caso clásico de Hubris. A mis 34 años estaba en el pináculo del poder y de la fama. Me sentía más arriba que todo el mundo, coronando la más alta cima de todas las montañas. Pero oportunamente me di cuenta de que toda esa fantasiosa estructura estaba cimentada por un sólido pantano de estiércol, que apestaba bajo mis pies. Era una ostentosa víctima de mi propio orgullo.

Hoy no me arrepiento de nada. Sencillamente tuve que recorrer ese camino para poder llegar a donde he llegado. Soy un ser nuevo y diferente. Vivo del total desapego de personas y de cosas. Me dedico a reivindicarme con Dios, con mi familia, con mi madre —con quien felizmente logré hacer el perdón antes de su muerte—, y con mis hijos. Estoy en la profesión que escogí y en ella me siento realizado. Vivo más para otros que para mí mismo. Sigo mi lucha tenaz contra un cáncer carnicero, pero amigo. Con él tenemos una excelente relación. Mi bella y excepcional esposa, Sandra Marcela, es el aire de mis pulmones. Mis hijos Andrés, Sebastián, Zarai y Nicolle, y mi adorada nieta Mariana, son el hombro irreemplazable que siempre está dispuesto para recostarme. A mis colegas, con respeto, les comparto mi experiencia y la definición de fama, según Otis, citado por Virgilio: "Es una hipóstasis transparente. Es una fuerza demoníaca, que eleva lo humano a nivel sobrehumano". Y también la definición de famoso: "Un monstruo horrendo que carece de personalidad y que, por lo tanto, imprime un sello significativo a su naturaleza maléfica". Fama y famoso, tenebroso matrimonio que se convierte en lo más parecido a los monstruos ctónicos, de estirpe majestuosa y titánica, dedicados a promover el caos dentro de las obras de Virgilio.

Quien se crea el falso dilema de la fama, se aleja de la verdadera epopeya de su vida, de su destino y de su designio. De allí que cada día, a las tres de la mañana, cuando me levanto a dirigir las emisoras de la Policía Nacional, edifico mi vida sobre cuatro premisas que se constituyen en el verdadero ideario filosófico de mi existencia:

1. Tener en quién creer.

2. Tener a quién querer.

3. Tener a quién servir.

4. Tener a quién ofrecerle el perdón.

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