Tengo que desmentir a los que dicen que mi principal sueño, desde cuando era niño, era llegar a ser presidente de la república. ¡A qué niño se le ocurre semejante despropósito! Viendo a los presidentes —esos señores serios e imponentes— manejar asuntos incomprensibles y asumir la responsabilidad de lo bueno y lo malo —sobre todo lo malo— que le pasa al país, ¿a qué niño, con tantas opciones por elegir, le parece deseable semejante puesto

No, yo no quería ser presidente —por lo menos al principio—. Yo quería ser muchas cosas antes que presidente. Por ejemplo, yo quería ser científico, y me dedicaba con mis hermanos a hacer experimentos, no siempre con buena suerte. Una vez me puse a construir un cañoncito de juguete que disparara unos fósforos, que encendía con gasolina, y —obvio— el cañoncito explotó, con la mala fortuna de que la gasolina me alcanzó y me convertí en una verdadera tea humana. Mi mamá corrió en mi auxilio, me cubrió y me apagó, y mi breve aventura científica terminó con quemaduras por todo el cuerpo y una incapacidad de más de tres meses.

También era un enamorado del cine y me soñaba siendo actor —actor, no presidente— en alguna película de vaqueros, como a las que nos llevaban mi abuelo o mi papá tres o cuatro veces por semana a mis primos, mis hermanos y a mí. Porque —repito— a qué niño se le ocurre soñar con consejos de ministros o tediosas reuniones de Estado. ¡Mucho mejor jugar a ser John Wayne!
Pero las cosas no se dieron. Ni científico ni actor, ni astronauta ni torero, ni entrenador de perros ni golfista profesional. Al final, terminé soñando, de forma más realista, con ser un buen periodista, como mis mayores, y enfilé por ese camino. Pero no era tampoco por ahí. En 1991 dejé El Tiempo para aceptar el ofrecimiento del presidente Gaviria para crear el Ministerio de Comercio Exterior. Entonces sí —debo confesarlo—, siendo ministro —cuando vislumbré las transformaciones que se podían hacer en el país desde el gobierno nacional—, comencé a albergar en mi mente la idea de llegar a ser presidente.
Trabajé para ello, y me preparé concienzudamente, porque los sueños no basta con soñarlos: hay que poner manos a la obra para alcanzarlos. Además, no era una tarea fácil ni mucho menos. Había muchos obstáculos, muchos posibles rivales, muchas circunstancias fortuitas, pero me alentaba la frase que alguna vez me había dicho mi abuelo: “Chinito, arrepiéntase de lo que hizo, pero nunca se arrepienta de lo que dejó de hacer”. Así que seguí detrás de ese sueño, con persistencia pero sin obsesionarme con él. Era consciente de que era apenas una posibilidad y de que, si se daba, tendría tanto de sueño como de pesadilla, pues no es nada fácil dirigir un país, mucho menos uno tan complejo como Colombia.
Y las cosas se dieron. No los voy a aburrir con el recuento de la campaña —tal vez una de las más cortas que se han hecho en la historia del país— ni de cómo pasamos —según las encuestas— del escepticismo al favoritismo, del favoritismo a la incertidumbre, y, finalmente, de la incertidumbre a la convicción del triunfo.
El hecho es que llegó, como sin darnos cuenta, en medio de los afanes de cada día de campaña, de las giras, las entrevistas y los debates, el día señalado para la segunda vuelta presidencial que definiría quién sería el próximo presidente de Colombia entre el profesor Antanas Mockus y yo. Era el 20 de junio de 2010.
Me levanté temprano, un poco más que de costumbre; le di un beso a María Clemencia y le dije: “Ya llegó el día. ¿Estamos listos?”. Ella me abrazó y supe que, fuera cual fuera el resultado, contaba con una mujer, con una compañera, que no me defraudaría en el camino escogido. Nos preparamos con nuestros hijos —Martín, Esteban y María Antonia, que había viajado desde su universidad para acompañarnos en los últimos días— y salimos hacia un destino que teníamos definido desde mucho tiempo atrás: la capilla de la medalla de la Virgen Milagrosa, en Paloquemao, donde las monjitas y unos pocos amigos nos esperaban para celebrar una misa y encomendarnos a Dios. Le debemos muchos milagros a la Virgen, y ese día sería otro de ellos.
Luego fuimos a votar, y sentimos en los puestos de votación el fervor de la gente, que nos llenaba de abrazos y buenos deseos. Según las encuestas, lo más seguro era que resultara ganador, pero no hay nada como ratificar lo que dicen las frías estadísticas con la efusividad y el cariño de las personas, en vivo y en directo. De hecho —debo admitirlo— tenía preparado un discurso para proclamar el triunfo y delinear los principios de lo que sería mi gobierno, pero no tenía ninguno escrito para el caso de perder. No contemplaba esa opción y, en todo caso, si llegara a ocurrir, no quedaría más que felicitar al contendor, desearle todo lo mejor y dar un discreto paso al costado.
Nuestros reportes en todo el país eran optimistas, pero nos enfrentábamos a dos complicaciones de marca mayor: ese día se jugaban tres partidos del Mundial de Fútbol, lo que haría que muchos prefirieran quedarse en sus casas antes que salir a votar a unas elecciones que parecían estar definidas, y —lo que era peor— se desgajó un aguacero digno del diluvio en casi todo el territorio nacional, que no paró hasta después de cerrarse las mesas de votación. Los votantes tenían que hacer sus filas guarecidos por paraguas e impermeables. Con el fútbol y el aguacero no podíamos esperar una votación copiosa, y algunos creyeron que no superaríamos los guarismos de la primera vuelta.
Nos fuimos a la casa a esperar los primeros resultados, y la sorpresa no pudo ser mayor. Con una insólita rapidez se fueron conociendo los boletines, y los votos crecían sin parar. En camino hacia el Coliseo El Campín, donde estaba preparado el evento de la victoria, aún en medio de la lluvia, los boletines seguían avanzando sus datos. Estábamos a punto de llegar cuando conocimos la cifra definitiva: ¡más de nueve millones de votos! La votación más grande jamás alcanzada por un candidato en el país. Pensé en La Milagrosa, tomé la mano de María Clemencia, de María Antonia, de los hijos, y entramos —ahora sí— al escenario ideal para un sueño. 
En el camerino que habían adaptado dentro de El Campín todo era alegría, aplausos y celebración. Los amigos cercanos, los familiares, los miembros de la campaña, se formaron en una fila interminable de abrazos y de buenos deseos. Di una última mirada al discurso y salimos al centro del escenario, donde nos recibieron bailarines con trajes del Festival de Barranquilla, y un alboroto de música, pitos y gritos absolutamente inolvidable. Por primera vez un candidato no celebraba el triunfo en un hotel sino en un coliseo con capacidad para miles de personas, y estaba a reventar.  
Allí estaba, con mi familia; con Angelino, su esposa y su hija; con los ojos encandilados por las luces y húmedos por la emoción, contemplando las pancartas, las caras sonrientes, las manos extendidas, y sentí que el sueño había dejado de ser un sueño. Ahora era una responsabilidad, una maravillosa y difícil responsabilidad que me correspondería cumplir por los próximos cuatro años. 
Alzamos las manos, mientras caían confetis y globos sobre el escenario. Abracé otra vez a María Clemencia y a mis hijos, agradeciéndoles su apoyo y su generosa disposición a cambiar sus vidas, de la misma manera que cambiaría la mía. Me adelanté un par de pasos y me detuve ante el micrófono, escuchando las proclamas y los coros del público. Respiré hondo y comencé mis palabras de proclamación de la victoria con una fórmula de gratitud: “Una vez más: ¡Gracias a Dios! ¡Gracias, Colombia!”.
El estruendo con que respondió la gente fue grandioso, y me tocó el corazón como un haz de luz y de energía. El sueño de muchos años se había vuelto realidad y me entregué confiado en sus brazos. Ya vendría el futuro con otros sueños y nuevas preocupaciones. Por ahora, en ese momento, ¡era el nuevo presidente de Colombia!
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