Me hice el favor de escribir este artículo para hacer pública mi condición de persona con deficiencia auditiva. Desde niño, he sido sometido a complejas cirugías para tratar de reparar el daño que una vacuna mal aplicada al nacer me produjo en ambos oídos. A los 25 años, el doctor me dijo que poco podía hacer y que lo mejor era el uso permanente de audífonos para llevar una vida normal. Sin embargo, he sido inconstante en el uso de los aparatos por pura y física vergüenza. El complejo desde niño ha sido terrible.

Hoy es imposible cuantificar la cantidad de cosas que me perdí durante el colegio, la universidad y la vida familiar, social y laboral por no oír bien. A lo largo de la carrera fui el que se sentó siempre en primera fila, no por nerd sino para oír con atención a los profesores. Mis cuadernos eran apetecidos en épocas de exámenes porque la palabra escrita se convirtió en el mejor respaldo a mi incapacidad de retener la palabra hablada. Y si bien heredé de mi padre el amor por el periodismo y por los libros, también es cierto que siempre me he sentido más cómodo escribiendo que hablando. La palabra escrita era, es, un lugar seguro y al mismo tiempo, lo más parecido a una isla. En la música, encontré otra manera de arrebatar al mundo la mayor cantidad de sonidos posibles. A ella debo profundos estados de introspección y de plena satisfacción espiritual en solitario, así como el aprendizaje de un lenguaje nuevo para comunicarme con otros: un lenguaje para reír, bailar, enamorar y para estar con la gente que quiero. Mi personalidad es completamente musical, si puede decirse de esa forma: oscila entre silencios prolongados y colectivos momentos orquestales.

Sin embargo, a pesar de haber ganado mucho con los libros y con la música, la cotidianidad se llenó de dificultades por cuenta de mi deficiencia auditiva. La única manera de resolverlas fue aprendiendo a usar los audífonos en todo momento en un proceso largo, lleno de complejos y de inseguridades. Para los que no lo saben, los audífonos digitales como los que uso van insertos en el canal auditivo y requieren baterías que se cambian cada seis o siete días. La vida útil de cada audífono oscila entre cinco y siete años y en promedio, un equipo puede costar entre un millón doscientos y un millón setecientos. Son livianos y discretos pero no fue nada fácil incorporarlos a mi rutina diaria. Mientras que las gafas son un asunto chic, los audífonos se asocian injustamente a deficiencia mental, a vejez o a sordera absoluta. Ni qué decir de las frecuentes bromas y cuestionamientos: uno es antipático porque no devuelve saludos; es acomodaticio porque solo oye lo que conviene, especialmente en asuntos de amor; es medio bruto porque se desconcentra en reuniones grandes, un mal que padecen incluso los que oyen perfectamente; es el futbolista "ambicioso" que nunca se la suelta al que la pide a gritos desde el otro extremo de la cancha; es antisocial y más bien lento para retener instrucciones. En fin. Ventajas, también las hay: sin mis audífonos, suelo ser inmune a los vecinos rumberos, a buena parte de la contaminación sonora de Bogotá, jamás me meto en conversaciones ajenas y he desarrollado una habilidad para no oír los insultos, vengan de donde vengan. Valoro el silencio como el sonido más hermoso, armonioso y necesario en la vida de los seres humanos.

Mi mayor temor no es morirme de una enfermedad sino quedarme completamente sordo, sin poder oír la voz de mis seres queridos, ni disfrutar la música a plenitud. Una especie de muerte en vida. Con todo, me considero afortunado porque la deficiencia auditiva me ha enseñado a sentirme bien conmigo mismo y a aceptar ser juzgado como "alguien que no oye bien", y a pesar de ello, vivir feliz y orgulloso de ser quien soy. Hay cosas mucho más graves, no hay pararle bolas a todo, y como dice un buen amigo, pase lo que pase, "la música se lleva siempre en el corazón".

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