Leí poco en la infancia. En consecuencia, mis escasos contactos con la lectura tienen el aura de lo asombroso. De niña, mi madre leía la revista argentina Billiken y conservó números encuadernados para satisfacer una prematura ilusión: compartir esas historias con sus hijos.

En Billiken leí un relato del que recuerdo el título y el tema: “El match fatal”. El virus del fútbol ya había entrado en mi organismo, así es que me entusiasmó leer una historia sobre un asesinato en un estadio.

Durante años me pregunté si sería capaz de presenciar algo semejante. He sabido de futbolistas que se desploman en el césped, víctimas del excesivo esfuerzo; cuchilleros que buscan vengar su adversa suerte en cuerpos enemigos; conspiraciones políticas para segar la vida de un atleta disidente. El partido mortal que más me afecta no tiene que ver con eso.

El fútbol es la última reserva de la intransigencia emocional: cambiar de equipo es como cambiar de infancia, abandonar al niño que apostó por unos colores y no por otros. Ser hincha significa volver a las pasiones del comienzo, cuando el grito y el llanto son variantes de la respiración.

En las gradas, he cerrado los ojos como una última superstición para darle suerte a mi equipo; he murmurado plegarias a los dioses menores del Necaxa; he sentido las quemantes lágrimas de la derrota bajar por mis mejillas; he bebido su sal para que no se note el sufrimiento de quien apoya a un club débil y a estas alturas de la calamidad ya debería saber perder. ¿Es esto normal? Por supuesto que sí: es la esencia del fútbol.

Mi “match fatal” no es un juego de 90 minutos, sino de una vida. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años y mi padre se encontró con el predicamento de entretener a su hijo los domingos. No siempre había películas infantiles en el cine y a la tercera visita al zoológico los leones nos contagiaban sus bostezos. El fútbol apareció como la solución perfecta. Íbamos al estadio de Ciudad Universitaria y, a partir de 1966, al Azteca.

Filósofo de tiempo completo, mi padre increpaba a quienes abucheaban a los rivales, especialmente en el campo de los Pumas de la Universidad, al que apoyaba por razones académicas. A la menor ofensa, se ponía de pie para exclamar: “¡No pueden tratar así a nuestros invitados!”. En las tribunas, mi padre ponía en práctica la idea del otro a la que dedicó muchos ensayos. En su ecuménica visión del balompié no había enemigos: había invitados. Hablaba con la voz y los ademanes enfáticos de quien ha nacido en Barcelona; era alto, de cuello y hombros anchos, pero sobre todo mostraba inflexible determinación. Durante 90 minutos, lograba que en la proximidad de nuestros asientos predominara una tolerancia basada en el deseo de no provocar a un lunático vestido de traje y sombrero de palma.

En las gradas, mi padre me habló de un equipo que podía ser misteriosamente nuestro: el FC Barcelona. Mi primer regalo fue un llavero con los colores blaugrana: “Es más que un club”, dijo el filósofo que decía cosas raras que a veces eran aforismos. Había perdido su ciudad natal con el exilio y la añoraba con la pasión que solo puede sentir quien está lejos. Con el pretexto de hablarme del Barça, me hablaba del Parque de la Ciudadela donde aprendió a caminar, el mar Mediterráneo, el cementerio de Montjuic, donde estaba enterrado mi abuelo.

En 1962, el Barcelona fue a México y asistimos a un partido en Ciudad Universitaria. Aquel equipo fantasmal cobró misteriosa realidad. En 1969, fuimos por primera vez a Europa y vimos el derby Barcelona-Real Madrid en el Camp Nou.

Durante años, compartimos partidos bajo la lluvia y nos insolamos en días de tedio. Un jueves por la noche hubo una trifulca en nuestra grada; los bandos enemigos se apoderaron de las cubetas de los cerveceros y lanzaron trozos de hielo hasta descalabrarse. Por una vez, mi padre no recurrió a argumentos éticos; me protegió con su cuerpo grande, oloroso a loción Aqua Velva. En el Mundial de 1970 vimos a Pelé anotar contra Italia en la final.

Lo más sorprendente de esta historia es que me hizo pensar que tenía un padre fanático del fútbol. No era así. En cuanto pude ir por mi cuenta a los estadios, se apartó del juego. Había fingido su pasión para mejorar la mía.

Tengo pocos recuerdos de mi padre en una casa, tengo muchos en un estadio. Parco en sus afectos, jamás me dijo que iba ahí porque eso me gustaba. Veía las evoluciones del balón, pensando en otra cosa, mientras yo creía que descifraba estrategias.

Cuando el dream team de Johan Cruyff demostró que el Barcelona podía ser triunfal, ya era posible seguir la liga española. Mi interés en el sufrido Necaxa se compensó con el Barça.

He escrito sobre el Barcelona, he vivido en la ciudad condal y formo parte de la convulsa fauna que Cruyff llamaba “el entorno”. La nostalgia con que mi padre evocaba al Barça se convirtió en la enfermedad crónica de su hijo.

El 5 de marzo de 2014 murió Luis Villoro, a los 91 años. Mis tres hermanos viven fuera de la ciudad, de modo que tuve que hacerme cargo del funeral. Lloré al verlo en su lecho de muerte, pero no pude hacerlo en el velatorio. Tenía que ocuparme de los infinitos protocolos de una pérdida definitiva; aun así, me pareció insensible no expresar mi dolor.

Días después, recibí un correo electrónico: la directiva del FC Barcelona me daba el pésame por la muerte de mi padre. Recordé una frase de Samuel Beckett: “No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino”. Ese era mi match fatal.

Lloré como no había podido hacerlo en la funeraria, vencido por la emoción del niño ante la derrota, el niño que busca la mano de su padre para encontrar consuelo y sabe, por primera vez y para siempre, que esa mano ha dejado de estar ahí.

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