Comencemos por el principio. La primera canción que recuerdo de mi infancia es Zamba de mi esperanza grabada por los hermanos Visconti. De hecho, fue una de las primeras canciones que aprendí a tocar en guitarra, y la primera que canté. Y no faltaba izada de bandera del colegio —el Jorge Robledo— donde no la interpretara.

En mi casa, la música no estaba separada por géneros, es decir, no nos ponían música infantil. Nos ponían música. Y la casa se inundaba con la voz de Carlos Gardel, de Lucho Gatica, de Octavio Mesa, de Los Panchos y también de Los Visconti. Si soy músico, es en parte porque crecí oyendo a esos grandes músicos, que se deben oír a cualquier edad. Mi infancia fue oír la música preferida de mi mamá, Alicia, que siempre me pedía que cantara su canción favorita, India. O la de mi papá, Javier, cuya canción preferida era El limonar, de Rafael Barros.

Como sea, debo decir que Octavio Mesa hace parte de mi ADN, y que prácticamente desde que estaba en la cuna, me arrullaban con sus canciones. Cada vez que visitaba el pueblo de mis papás dormíamos en una casa de dos pisos, justo encima de una cantina. Yo era un bebé, y desde las siete de la noche, hora en que me acostaban, aprendí a dormirme mientras en la pianola sonaba música de Octavio, de Gardel, de Alberto Contreras, cada vez con el volumen más alto a medida que avanzaba la noche.
De esa época, y de esos artistas, aún retumban algunas canciones concretas que ya son eternas: Mano a mano, Volver, La barraquera, La mula hijueputa, Los guaduales, Nadie es eterno, Caminito.
A los 9 años, más o menos, comenzó mi fiebre por la trova cubana,  a la cual llegué gracias al exnovio de mi hermana, de quien me hice gran amigo. A él le debo haber conocido la música de Silvio Rodríguez, de Vicente Feliu, de Pablo Milanés, de Francis Cabrel, de Serrat. Y recuerdo especialmente una canción que se llama En estos días, que hace parte del disco Mujeres, de Silvio: esa es, en mi opinión, una de las más bellas canciones de su repertorio.

Otras que también recuerdo de mi comunión con la trova y toda esa onda son Playa Girón, La maza, Río.

Brinco unos años hacia adelante, cuando comencé a salir con mujeres. Descubrí, en simultánea, muchos tipos de música; música que me llegaba de todos los flancos y que recibía con la creencia que siempre he tenido de que lo importante de la música no son los géneros, sino la calidad: hay música buena, regular o mala, más allá del género a la que pertenezca. Y yo siempre he perseguido la buena música, la que mueva, sea la que sea, por eso es relativo.

Si oigo la salsa del Joe (y canciones como La noche o La rebelión) o Could You Be Loved de Bob Marley, me transporto a toda esa época de mi primera adolescencia, los 13, los 14 años, en que la música comienza ser la banda sonora de los sentimientos. Y cuando tocaba bailar, cosa que en un comienzo no me era tan llamativa, acudía al merengue y al Beatle de toda esa era, el gran Juan Luis Guerra, cuyas canciones como La bilirrubina o Burbujas de amor fueron toda una época feliz.
Por esa edad me sumergí del todo en el metal. Y eso fue toda una actitud, porque me permitió romper con varios formalismos. Por ejemplo: casi nunca iba a fiestas de 15. Prefería irme a tomar vino o Tres Esquinas y a escuchar el Reign in Blood, de Slayer; también andar con amigos, guitarra en mano, y dedicarme a la bohemia en algún rincón del parque Envigado. Entonces, con algunos amigos, en pleno tercero de bachillerato, mientras parchaba con otros músicos del colegio durante los descansos, escuchaba sus charlas sobre bandas que en mi vida había oído mentar: Iron Maiden, Judas y, claro, Metallica, que fue y sigue siendo la banda que me marcó de manera definitiva y plena, y que se quedó para siempre en lo que soy. Toda Metallica: desde el Kill Them All hasta el Death Magnetic, pasando por todos y cada uno de sus álbumes.

Relaciono los ochenta con el punk, la salsa, con The Cure. También con canciones como Bonita, de Diomedes, y otros vallenatos. Pero sobre todo con el metal, que se convirtió en una manera de refugiarnos  y escapar de aquella Medellín convulsionada, herida, a la cual sobrevivíamos gracias a Kraken, Ekrion, Amén y otras bandas a las que todavía  recuerdo con nostalgia y agradecimiento.
Ya por esa época atravesaba la adolescencia con una mochila, un walkman y un montón de CD, entre los que estaban Master Of Puppets y Dark Side of The Moon, pero también algo de electrónica. Toda esa música, que circulaba por dentro de mi sistema sanguíneo, hizo que quisiera ser músico: que creyera que podía aportar mi CD a la mochila con CD de otras personas que andaban por el mundo como yo.

Los discos que más escuché en ese momento: Vagabundo, de Draco; las clásicas de Buena Vista Social Club y Laberinto, y Bajo el Signo de Caín, de Miguel Bosé.

Después comenzó a volverse realidad mi sueño de ser músico. Todo se fue mezclando. Comenzaban los años noventa. Salpican la memoria que tengo de esa época canciones como las de Ekhymosis, mi banda.

Entonces todo comenzó a suceder muy rápido. Me lancé de solista y la banda sonora de mi vida la compuse yo, y refleja mi estado anímico. Todo está conectado: Un día normal, con el amor; Mi sangre, con la euforia; P.A.R.C.E., con el cansancio. Y mi Unplugged, con el comienzo de algo maravilloso. A Karen la relaciono con la canción Es por ti. Y cada uno de mis hijos tiene un telón musical de fondo: Luna nació con Un día normal; Paloma, con Mi sangre, y Dante, que es el presente y el futuro de lo que soy, quizá con todo mi último trabajo, que también es una síntesis de mi pasado.

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