No gané una medalla, pero salvé una vida. Ese es mi mejor consuelo cuando pienso en mi participación en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 como representante de Canadá. No fue fácil tomar esa decisión. Yo iba de tercero y tenía unas muy buenas posibilidades de alcanzar el podio, pero de repente vi a varios metros de donde estaba la cabeza de un náufrago que luchaba por mantenerse a flote. Un poco más allá me di cuenta de que había un barco volcado y de inmediato entendí que se trataba de un competidor de una categoría diferente a la mía, que había salido 15 minutos antes.
Yo participaba en la categoría Finn de navegación y ellos, en la 470, en la que se compite en equipos de dos. La mía, en cambio, era una prueba individual en la que solo participaba un representante de cada país. Aunque las condiciones de la prueba cambian de acuerdo con los Olímpicos, en general consiste en una serie de etapas, que en esa época duraban alrededor de dos horas o dos horas y media. Al final, gana el que menos tiempo se demore en la sumatoria de las etapas. En Seúl yo debía navegar siete días en total.
Las condiciones climáticas ese día estaban realmente complicadas. A una hora de Seúl, sobre la costa, hay una corriente de mar que corre de sur a norte, pero el viento estaba soplando en el sentido contrario, lo que formaba unas olas altísimas que complicaban la navegación. No había buena visibilidad cuando el barco se encontraba en la cima de la ola y hasta los flotadores que delimitaban el trayecto de la carrera se desaparecían entre el agua. Esta etapa requería de más fuerza y concentración que muchas otras.
Por eso, sin pensarlo dos veces, decidí cambiar mi rumbo e ir en busca de ese hombre que lucía agotado y que ante un oleaje bastante fuerte intentaba nadar hacia su bote. No importaba cuánta fuerza empleaba para nadar, simplemente no podía hacerlo lo suficientemente rápido para alcanzar su embarcación. Cuando llegué a él, supe que era un representante del equipo de Singapur, y nos pudimos comunicar en inglés. Lo subí a mi bote, pero como estaba diseñado solo para una persona y no nos podía mantener a los dos por mucho tiempo, lo llevé hasta el barco donde estaba su compañero, también flotando. Por lo menos ahí podían estar juntos hasta que llegaran los equipos de rescate sin que la marea los alejara de un punto visible.
A su coequipero le sangraba la mano, y confirmé que su bote estaba realmente averiado. Me pidieron el favor de que les ayudara a buscar una pieza del navío que se había desprendido. No pensaba en más que ayudarlos; me parecía que era algo que debía hacer. No me lo cuestioné nunca. Yo estaba en esas cuando se acercó mi entrenador, que no sabía qué pasaba y estaba preocupado por mí. Normalmente, los entrenadores no pueden entrar a la pista, pero dadas las condiciones climáticas de ese día se hizo una excepción. Él se quedó con ellos y yo volví a la competencia. No sé cuánto duró el rescate, pero terminé en el puesto 22, muy lejos del vencedor de esa etapa.
Cuando llegué a la meta, nadie se había enterado de lo sucedido. Esa tarde estuve buscando a los jueces con la delegación de Singapur para ver qué tipo de compensación podía haber por el percance. A las once de la noche los encontré y les conté lo que había sucedido, pero me fui a dormir y el tema no había sido resuelto. Esa noche, lo único que sentía era un gran agotamiento. Al día siguiente me levanté cansado, un poco más tarde que de costumbre. Mientras me aproximaba al lugar donde había dejado el barco y me disponía a empezar otra de las etapas de la competencia, vi a mi entrenador correr hacía mí. Me preguntó dónde había estado y en ese segundo, mientras doblábamos la esquina, me encontré con cámaras, micrófonos y periodistas que me preguntaban sobre los sucesos del día anterior.
La carrera debía seguir, así que me monté solo al barco, desde donde no podía comunicarme con nadie. Pensé en lo irónico que era haber dedicado toda mi vida a practicar y a representar a mi país en un deporte que no tenía ningún tipo de cobertura mediática, y de la nada recibir tanta atención por algo que cualquier persona que hubiera estado en mi lugar habría hecho.
Empecé a navegar más o menos a ?los 5 años, un día en que mi hermano mayor no quiso llevarme en su barco, me lo soltó a mí solo y terminé contra un muelle lleno de piedras. El miedo fue suficiente para que mi mamá decidiera meternos a clases a mis hermanos y a mí, pues no había nada que nos frenara las ganas de navegar. Heredé un barco Láser del gobierno canadiense después de los Olímpicos de Montreal, pues en esa época el país anfitrión debía suplir a los navegantes con los barcos, y no sabían qué hacer con los 50 que tenían una vez se acabó el evento. Desde entonces participé en varias competencias nacionales e internacionales. Clasifiqué para representar a mi país en los Olímpicos de Rusia, pero como Canadá boicoteó el evento, no pude ir. Después fui a los Olímpicos de Los Ángeles en el 84 y mi carrera continuó hasta Seúl.
No gané ninguna presea olímpica. Sin embargo, por lo que hice me dieron la medalla Pierre de Coubertin, que de medalla no tiene nada, pues es como un tarro de porcelana, pero representa uno de los honores más grandes que puede ganar un atleta olímpico. El recibimiento en mi país fue caluroso, entré en el hall de la fama de deportistas canadienses y ahora me invitan a eventos deportivos de vez en cuando. Mi vínculo con la navegación sigue hasta hoy, pues dedico mis días a entrenar a un representante de Guatemala en la categoría Láser de navegación.
La verdad, lo único que ha cambiado en mi vida desde lo sucedido en los Juegos de Seúl es que de vez en cuando suena el teléfono y al otro lado de la línea hay un periodista que me pide el favor de que le cuente qué pasó el día que me desvié de la regata.

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