Y eso que estaba en el banco de suplentes. Es que jugar en La Paz, Bolivia, es casi una proeza. Bueno, jugar es un decir, porque a veces uno no alcanza ni a patear un balón.

Mi primera experiencia fue en 1985, en una Copa Libertadores. Estaba en el América de Cali. Teníamos un equipazo: Gareca, Bataglia, Willington… Sabíamos que podíamos ganarle al Bolívar, aunque allá, en el estadio Hernando Siles, la cosa siempre es dura.

Y es dura desde el viaje. Primero volamos a Santa Cruz de La Sierra —a menos de 500 metros sobre el nivel del mar—, y el día del partido subimos a La Paz. Desde que me bajé del avión sentí dolor de cabeza, pero nada grave. Igual, estaba tranquilo porque el técnico, Gabriel Ochoa, ya me había dicho que iba de suplente.

Estaba sentado en el banco cuando me dio la pálida. Y, preciso, estaba muy mal en el momento en que a Cabañas se le acabó el aire y Ochoa me dijo que entrara. Solo tuve que mirarlo de reojo para que se diera cuenta de que no podía ni moverme. No solo perdí la oportunidad de jugar, sino que nos ganaron 2-0.

Pensaba que mi revancha sería contra The Strongest en el mismo estadio, también por la Libertadores. La diferencia es que iba de titular. El resto, igual: Santa Cruz, vuelo el día del partido, dolor de cabeza… hasta que, justo antes de salir al estadio, se me bajaron las pulsaciones, se me fue el mundo, me caí. Me puse tan mal que un médico me llevó al cuarto y me puso oxígeno. Y a los cinco minutos veo que van entrando Bataglia y el Pony Maturana en las mismas. Quería reírme, pero ni fuerzas tenía. Nos tocó oír el partido por radio, quedó 1-1.

La Paz se convirtió en mi karma. Oía el nombre y ahí mismo me acordaba de las balas de oxígeno y de los compañeros ahogados. Afortunadamente, todo mejoró para mí cuando un médico descubrió que tenía la hemoglobina baja y me empezó a dar hierro.

Gracias a eso, la tercera fue la vencida: en 1993, con Maturana de técnico, contra Bolívar, en un gran equipo que compartía con Leonel, Rincón, Bermúdez y otros jugadorazos. Estaba muerto del susto. Pero pasé por Santa Cruz y nada; me bajé del avión y nada; cogí el bus y nada… hasta que me eché el primer pique y se me fueron las luces. “Aggg, qué pereza —pensé—. ¿Otra vez lo mismo?”. Por fortuna, no: jugué los 90 minutos, y bien. Eso sí, no hacía recorridos innecesarios, aseguraba la pelota —que es rapidísima y muy difícil de parar— y aprovechaba cada saque de banda para tomar bocanadas inmensas. En algún momento alcancé a sentir mareo y el campo se me hizo inmenso… pero fue pasajero. Finalmente lo logré. Eso sí, terminé muerto, me dolía todo.

Ahora que trabajo en un cuerpo técnico, les digo a los muchachos que para jugar en La Paz hay que tener un plus: hay que hacer un esfuerzo mental extra, meterle más corazón, más huevos. Yo, que la vi grave allá, lo sé mejor que nadie.

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