Nosotros somos como automóviles: no andamos si no tenemos gasolina. Esa gasolina es la comida, y a mí se me acabó después de 112 kilómetros de carrera. Sí, me faltaban todavía más de 50 kilómetros por correr, con tres subidas mortales, y estaba en una pálida brutal: el cuerpo no me respondía, luchaba para no caerme, sentía que me iba a morir.

Ese tipo de cosas pasan en las carreras de trail running, esas que se corren por lomas, por cuchillas de cerros altísimos, por trochas. Yo estaba en mitad de la Ultramaratón del Mont Blanc 2016, la competencia más prestigiosa del mundo, que en sus 170 kilómetros atraviesa los Alpes y le da la vuelta al imponente Mont Blanc, el pico montañoso más alto de Europa.

Para que se den una idea, llegar a esa carrera es para nosotros, los corredores de montaña, algo así como jugar el mundial para un futbolista o correr el Tour de Francia para un ciclista. Se imaginarán, entonces, lo que significa ya estar ahí, cumpliendo el sueño, entregándote al máximo, y pensar que estás a punto de retirarte…

Pero no, ¡no podía retirarme! Me tocó reaccionar: oré, le pedí a Dios que me diera más fuerzas; pensé en mi familia, en mi esposa, en la gente que estaba pendiente de mí en Colombia. “No, Julián, por nada del mundo te vas a rendir ?me dije?: tenés que llegar hasta el próximo punto de hidratación y alimentación, así sea arrastrándote”. Y pasito a pasito, lento, lento, con la poca destreza de un viejito que apenas puede moverse, a punta de fuerza mental, avancé 14 kilómetros más y llegué al kilómetro 124, donde me esperaba la comida. Pero allá me derrumbé, me puse a llorar: estaba seguro de que era el final…

La carrera había empezado bien. Salimos el viernes 26 de agosto a las 6:00 de la tarde de un pequeño pueblo francés perdido entre montañas llamado Chamonix. La partida fue espectacular: empezamos a correr entre casitas alpinas de madera, de esas que se ven en las películas, con música a todo volumen y gente animando a lado y lado.

Grité: “¡Vamos!”, y salí al ritmo de los otros competidores. La verdad, no tenía presupuestado ir tan rápido. Esas carreras de más de un día suelen empezar lentas, por obvias razones, pero acá todos arrancaron como si fueran a correr 5 kilómetros y no 170. Y yo no pensaba quedarme atrás: si no aprovechaba para arriesgar ahí, quién sabe cuándo podría.

Así pasé el primer tramo: dándole duro a esas subidas y a esas bajadas, pero también disfrutando del paisaje de montes rocosos y puntiagudos con picos nevados. Durante los primeros 20 kilómetros consolidamos un grupito con otros corredores, pero todos hablaban en lenguas diferentes, así que lo único que hacíamos era correr y acompañarnos en silencio, nada de charla.

Había cinco puntos de asistencia, en los que vos podías comer, entrar al baño, recargarte de todo ?agua, geles energéticos, barras o polvos de proteína, pastillas de sal para no deshidratarte...? y hasta dormir si ya no podías más del cansancio. Llegué entero y con buenas sensaciones a los primeros dos puntos, en los kilómetros 30 y 80, y no me demoré mucho para volver a salir. Estaba cansado, lógico, porque el ritmo había sido durísimo, pero las piernas todavía no me dolían, me había hidratado bien y la comida había sido suficiente ?además de los geles y las barras, tomaba caldo y comía naranja en los lugares de descanso.

Lo único malo hasta ahí fue que en el primer punto me demoré un par de minutos valiosos en encontrar a mi esposa, que era mi asistente de carrera y tenía toda mi comida y mis bebidas. Resulta que los de la organización, que llevaban el control de los tiempos de paso, calcularon que yo me demoraría más en llegar hasta allá y no dejaron ingresar a mi señora a tiempo para brindarme la asistencia.

Pero ese fue un inconveniente menor. Y más si tenés en cuenta que de ahí en adelante mucha gente empezó a retirarse o estaba en pésimas condiciones físicas: pasabas a corredores tirados a los lados de los senderos, a otros que no podían caminar por los calambres y hasta veías a algunos que ni se podían parar. Incluso me crucé con un asiático que venía desorientado, loco, a punto de perder la conciencia, caminando en la dirección opuesta y gritando algo que yo claramente no entendía. Lo único que pude hacer por él fue señalarle el siguiente punto, que estaba a menos de 500 metros, y hacerle señas para que me siguiera, pero ni eso entendía el pobre.

Ya era de noche ?estábamos en verano, oscurecía como a las 8:30? y los caminos de la montaña se veían llenos de las linternas, de esas como de minero, que cada uno llevaba en la frente. Parecían estrellas. Las luces eran potentes y alcanzaban a iluminar las siluetas de las montañas nevadas, porque allá podés ver nieve desde los 2400 metros sobre el nivel del mar, y ya habíamos sobrepasado los 2500. En Colombia es diferente, claro: nosotros estamos acostumbrados a ver nieve desde los 4800 metros sobre el nivel del mar; si fuera como en Europa, hasta los cerros de Bogotá estarían nevados. Pero esa es otra historia.

Pese a la nieve, no sentía frío. En ningún momento me puse la chaqueta rompevientos, el pantalón impermeable, los guantes ni el saco térmico que todos los corredores debíamos llevar obligatoriamente para combatir una posible hipotermia.

Después del segundo punto, empecé a pasar a algunos de los corredores “élite”, de esos que solo había visto en internet, los mejores del mundo. Yo, que estaba en una categoría debajo de ellos, la de los deportistas aficionados ?por así decirlo?, me sentía pleno, feliz. Pensaba en una frase que había leído en internet: “Entrena tan duro hasta que tus ídolos se conviertan en tus rivales”.

Con lo que no contaba en ese momento era con que en el punto del kilómetro 80 había cometido el error más grande de la ultramaratón: no había recargado suficiente comida para los 44 kilómetros que me separaban del siguiente punto de asistencia; como me había sentido tan bien hasta ese momento, pensé que necesitaría un 30 % menos de lo que había calculado que debía llevar.

Yo tenía un plan de carrera, que había elaborado minuciosamente durante tres semanas; sabía qué debía comer en cada fase de la competencia, cómo hidratarme, cuánto tiempo debía hacer más o menos por kilómetro, en qué pedazos podía apretar y en cuáles debía subir casi caminando, apoyado en los bastones especiales de trekking… Pero al no cumplir con lo planeado, me quedé sin gasolina. Me dolía cada uno de los músculos del cuerpo, las piernas me ardían, cada paso me pesaba mil kilos. Era la primera vez que sufría dentro de la carrera. Con todo y eso, logré subir a buen ritmo las cuestas con pendientes de más del 20 o el 30 % que había en muchos de los tramos del recorrido; eran mucho más inclinadas que cualquiera del Tour de Francia, para que se hagan una idea.

En una de las bajadas, sin embargo, me llené de impotencia, de rabia, de angustia. Se me juntaron el dolor, el cansancio, la felicidad de haber llegado hasta ahí y la desesperación de no poder hablar con nadie. Para completar, ahí fue que quise sacar comida y me di cuenta de que se me había acabado. Entonces llegó la sensación de muerte que describo al principio. Y sentí que hasta ahí llegaba. Y entré casi que gateando al punto de apoyo del kilómetro 124. Estaba completamente destrozado, pensando en el retiro, llorando como un bebé. Me faltaban casi 50 kilómetros y más de 3200 metros de pura subida. No iba a ser capaz…

?¿Estás lesionado o qué? ?me preguntó en tono de sermón mi esposa, quien también hace ultramaratones?. Si no, me hacés el favor y seguís adelante, porque mucha gente te está apoyando, hay muchas personas en Colombia pendientes de ti. Tenés que llegar a la meta así sea arrastrándote, ¿o es que acaso eso no es lo que me pedís a mí cuando salimos a entrenar juntos? ?Solo le faltó decirme que si no terminaba la carrera nos divorciábamos.

Entre las palabras de mi esposa, la alimentación y el pinchamiento de las ampollas que ya tenía en los pies, pasé 50 minutos. Estuve tirado, recuperándome, hasta que tuve las fuerzas necesarias para levantarme. Ahí me enfoqué en lo que faltaba, recargué comida ?no iba a cometer el mismo error?, y antes de salir pasó algo milagroso: solo por curiosidad, pregunté en qué puesto iba y me dijeron que estaba de 40 entre más de 2500 participantes… No lo podía creer, ¡era mucho mejor de lo que esperaba! Eso me dio aún más berraquera para seguir.

De ahí en adelante, todo se recompuso. Volví a sentir las piernas, mi ritmo era cada vez más parejo, otra vez empecé a dejar rivales en el camino y a disfrutar del paisaje alpino.

Llevaba algo así como 23 horas de carrera, cuando volvió el sufrimiento. Esta vez no di más y me senté en el pasto a descansar. Llevaba apenas unos segundos ahí en la manga cuando vi a otro corredor que se acostó, se dio por vencido. Eso me hizo pensar “no me va a pasar lo mismo”.

Y me paré, no sé cómo. Y seguí adelante. Y se me olvidaron los dolores, las ampollas, los calambres, el sueño. Y pasé por riachuelos y por terrenos rocosos. Y atravesé un aguacero digno de película de terror. Y pasé a un corredor, a otro y a otro más. Y los últimos 10 kilómetros los corrí como si fueran los primeros…

Cuando crucé la meta, después de 27 horas y 8 minutos, salté, grité, abracé a mi esposa, lloré otra vez. No lo podía creer. Lo había logrado. Y mucho mejor de lo que esperaba, pues llegué de 35 y fui el mejor latinoamericano de la prueba. Quedé por delante de cientos de corredores y dejé atrás a algunos de los mejores del mundo.

Todo cobró sentido en ese momento: los entrenamientos de lunes a domingo durante más de ocho meses; las levantadas a las 3:00 de la mañana para salir a correr y poder llegar muy puntual al puesto que tenía de contador a las 7:30 de la mañana; las trasnochadas haciendo sesiones de fuerza; la lucha para conseguir el dinero del viaje; la paciencia de mi esposa para que lográramos este sueño juntos…

Después de la experiencia de la Ultramaratón del Mont Blanc, siento que nada es imposible mientras uno trabaje duro, así suene a frase de cajón. Si hace tres años me hubieran dicho que yo iba a correr una carrera de 170 kilómetros y que iba a quedar de 35 del mundo, habría pensado que se estaban burlando de mí. Pero ahora estoy convencido de que cualquiera puede lograr cosas grandes. Si no, que vean esta experiencia, de un hombre que pensó en algún punto que se estaba muriendo, pero revivió para cumplir su sueño: completar la ultramaratón de montaña más importante del mundo.

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