Me llena de orgullo, aunque no me gusta andar exhibiéndolo como un trofeo, porque soy de perfil bajo, un poco vergonzoso y tímido también.

Fue en un encuentro de Vélez Sarsfield contra Argentinos Juniors, en 1980, que ganamos los de Vélez 1 a 0 en nuestra cancha, en Liniers. Aunque soy cuatro años mayor que Diego, los dos habíamos debutado en la Primera División en 1976. Pasa que él era un crack, por eso arrancó en Primera con 15 años, precozmente, y a mí me costó un poco más, porque en general no les confiaban el arco a los jóvenes. El Maradona de esos años era deslumbrante, recién empezaba y volvía locos a todos. Era pura frescura.

Además del año del debut, nos unía otra cosa: el apodo. A mí también me decían Pelusa. Esa noche, el Pelusa grande le ganó al Pe2lusa chico. En realidad, no me voy a hacer el modesto, porque atajé unos cuantos penales en mi carrera, pero vamos a decir la verdad: lo de esa noche fue un accidente del fútbol.

Siempre digo que una definición por penales no es una lotería. Hay un 40 % de mérito de los ejecutantes, otro 40 % de virtud los arqueros y solo 20 % de suerte. Yo tenía una estrategia: tratar de llevar al ejecutante hacia el rincón que yo quería. En general, los arqueros se hamacaban para un lado y salían volando para el otro. Yo usaba la contratáctica: me hamacaba para un lado y me tiraba para ese mismo lado. Y cuando podía le hablaba un poquito al ejecutante para ponerlo nervioso: “Patealo tranquilo que hay 30.000 personas en la cancha, y si lo errás no pasa nada”, recuerdo que le dije una vez a Carlos Babington, en el 79, en el último minuto de un partido contra Huracán, que gracias a su yerro nos permitió pasar a las finales.

Esa noche inolvidable de 1980, el día soñado por cualquier arquero, yo no tenía ningún dato previo de para dónde patearía Diego. No retengo demasiados detalles, sí recuerdo que fue uno en el primer tiempo y otro en el segundo, y que uno lo rechacé con las piernas y otro con las manos para mandarlo al córner. Y no me olvido que al parar el segundo, desde la tribuna de Vélez surgió el cantito que repetirían durante todo el año: “¡Aplaudaló, aplaudaló, Pelusa es el arquero del Mundial 82!”. Al final no se dio, porque en 1981 me compró el América de Cali, y entonces no era usual convocar futbolistas del campeonato de Colombia (en ese país, al que fui por un año y me quedé diez, me cambiaron el apodo: no me decían Pelusa sino Gato, por mis ojos y porque era un poco felino también).

Un tiempo después, cuando nos encontramos en algún entrenamiento de la selección argentina, ya en la era de Bilardo, Diego me dijo: “¿Te acordás de que me atajaste dos penales en un mismo partido?”. La respuesta la tengo aún grabada en la memoria: “Claro que me acuerdo, vos quizá te olvidás, yo no lo haré nunca en la vida”. Esos dos penales son los que en un tiempo le contaré, antes que nada, a mi nieto Valen, que hoy tiene 1 año. Son los penales soñados, los más importantes.

Para cerrar, quiero contradecir ese dicho de Maradona de que el arquero es el bobo del equipo. Para mí, es el jugador más importante de todos. Eso me lo enseñó el técnico Gabriel Ochoa Uribe en Colombia: “Si tenés un buen arquero y un buen equipo, tenés un gran equipo. Ahora, si tenés un buen equipo con un mal arquero, tenés un mal equipo, porque todo lo bueno que pueda hacer el equipo lo tira a la basura el arquero”.

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