Me acuerdo del Liceo Boston, de mi compañera de pupitre en kínder, que se llamaba Josefina Bravo y era la hija de la directora —hoy es la que manda—; de la ladrillera que quedaba al lado, donde nos perdíamos en medio de sustos y fantasmas; del bosque, de los trigales, de las cuevas que había por todo el colegio.

Me acuerdo del cuento de que un tigre se había escapado de la Escuela de Caballería, que quedaba cerca, y no nos dejaban salir de los salones… y hacíamos caso.
Me acuerdo de que cada agosto decían que se iba a acabar el mundo. 
Me acuerdo del bus. Hace poco llevé a mis hijas a que conocieran el colegio y está intacto, es como un museo.
Me acuerdo de Mrs. Gonzales, Miss Alicia, Miss Anita, del padre Valenzuela, de Ricky Ospina, de Mónica Ibáñez, de Beatriz Pineda, de Chiqui, de María Clemencia Rangel, de Hugo Fernández y de Mauricio Rubio.
Me acuerdo del olor a cera de los salones, de los sauces, de los eucaliptos, de un filtro de agua que fue toda una novedad porque nos evitaba tomar agua de la llave; de la bandera y de mi primera medalla con una cinta roja.
 
Me acuerdo de cuando me pasaron al San Bartolomé: el otro colegio era mixto y solo tenía hasta tercero de primaria: tremendo shock, ahora colegio solo de hombres. Mis tres hermanos terminaron en el Cervantes, pero como el cuarto no pagaba, y los curas no iban a aceptar uno gratis, me quedé solo en el San Bartolo. 
 
Me acuerdo del padre Heredia, del hermano Chicho, del padre Granados, del padre González y de ‘Cabecita de Oro’, que era un futbolista que nos daba Educación Física.
Me acuerdo del inolvidable padre Donaldo: éramos su pesadilla y él, la nuestra.
Me acuerdo que siempre me dejaba el bus, a pesar de que el conductor pitaba y hacía tiempito, y de que al final terminaba montado en la 15 en un Olaya-Quiroga, en el que venían Cabeto y Luis Martín desde La Castellana. 
Me acuerdo del Mapleton suelto que nos fumábamos en la 13 con 34, que daba clase; de mirar carros en la vitrina de Gustavo Guillén y de luego echar paso por la subida de la 34.
Me acuerdo de la cafetería de arriba, de la Coca-Cola —había que dejar finca para devolver el envase— con pan francés mientras terminaba la primera clase, que siempre perdíamos por llegar tarde; a la segunda sí entrábamos. 
 
Me acuerdo de siempre haber querido estudiar en el Nueva Granada y de que cuando íbamos allá, a los partidos de básquet, creíamos estar en Nueva York o a las afueras de Los Ángeles.
Me acuerdo de ir al Colombo, en la 19, a tomar cursos de inglés: era la excusa ideal para salir al mediodía y quedarnos en el centro toda la tarde y mirar los teatros prohibidos: ya estaban dando Las colegialas crecen en el Coliseo y Mazurka en la cama en el Radio City.
Me acuerdo de La naranja mecánica con cine foro posterior en el Metro; del Hobby Center; del Cream Shass y de ver aviones en Britania.
Me acuerdo de la casa de Diego Ayala (calle 61 n.º 4-49): tenía árbol de cerezas, había cuarto oscuro para revelar nuestras fotos que nunca salían. En el garaje había una camioneta Ranger que tan solo prendíamos y movíamos diez centímetros y durábamos diez minutos soltando el clutch.
Me acuerdo —felizmente— de tercero, de cuarto, de quinto de bachillerato. Era lo máximo, y era 1973, y empecé a trabajar en emisoras El Dorado. Conocí a Tina y a Claudia Vélez, buseta Niza 4, y luego en la Caracas en el micro rojo número 7.
Me acuerdo de mi primer programa de radio: se llamaba Skylab. Lo hice con Johnie Greiffestein, en una Semana Santa: nos quedamos los siete días en Bogotá para grabar la primera media hora.
Me acuerdo del plan mágico de ir a la emisora en la calle 22, de la gaseosa en el Ley; de las empanadas chinas en el edificio Distral; de La Barra, del Refugio Alpino; del Hotel Dann de la 19; del Continental de la Jiménez; de la pesa toledo en la droguería Nueva York, en la séptima. De pasar por Inravisión, esperar a que terminara buscando la noche en Radio 15 y devolvernos con Otto en el Mustang después de grabar La noche fantástica. Otto siempre tenía Marlboro, poco afán, y brandy y copas en el carro.
Me acuerdo de Caracol de la 19, de Caracol Stereo en la 49, de Radio 15, de Radio Fantasía, de Radio Latina; me acuerdo de caminar con Armando Plata por las distribuidoras de películas de la 24 para averiguar por fotos, música, estrenos; me acuerdo de mi admiración por ‘Pecas’, el señor que movía por detrás el ‘tablero automático’ de Concéntrese; de ir a ver el archivo del ‘Chino’ Vera, y de cómo me comenzó a ir de mal académicamente.
Me acuerdo de unos monitores mayores, Spath y Bejarano, con quienes estudiábamos en las primeras pizzerías de la 15, especialmente en la zona de El lago, donde estaba el Ranch Burger del ‘gringo’: el dueño regalaba Marlboro suelto al comienzo; luego nos pasó a Imperial, al que se le combinaba una menta Charms y se convertía en mentolado. Me acuerdo del Drugstore y de La vinería.
Me acuerdo de la infantería por la 15 para esperar encontrarnos en alguna esquina con la Mona Lara, las Gaitán o las hermanas Mónica y Patricia Ospina: ¿dónde estarán? Para entonces, ya Rafael Mora tenía moto. 
Me acuerdo del Tic Tac que estaba al lado del Parque Nacional, era una buena escala cerca del colegio: llegábamos escapados saltando por un poste que estaba pegado a un muro de 20 metros, en la curva de la quinta con 35; de solo verlo hoy a la distancia me da vértigo. 
 
Me acuerdo de apostar misas con el padre Granados: nosotros a corcharlo usando el libro y él a defenderse con la memoria. 
 
Me acuerdo del padre González, que acaba de llegar de Nueva York: siempre se vestía de sport y era nuestro filósofo de cabecera. Como él, también queríamos cambiar el mundo. Chicho y Granaditos murieron, Heredia y González hoy están llenos de hijos y Donaldo sigue siendo un gran educador. 
Me acuerdo de cuando el padre Donaldo me echó, o nos echó, a mí y a mis amigos; yo ya andaba de mánager de artistas y me la pasaba en lugares de grandes, pero sin tener un peso.
Me acuerdo de que la expulsión fue analizada en la columna de Daniel Samper Pizano, en El Tiempo, y por un panel en la televisión con los padres de los afectados en prime time. Qué oso. 
Me acuerdo del gigante de la educación que nos recibió en su colegio: el José Max León. Le decíamos ‘el Loco’ y recibía alumnos en cualquier época del año. Sus clases eran magistrales. Jamás me perdí una.
Me acuerdo del profesor Borras, de la bella profesora Consuelo, del profesor Márquez, con quien nos divertíamos mucho fuera del colegio, y del profesor Abril. 
Me acuerdo —y ese fue el problema— de la dirección del colegio, calle 81 con carrera 13: una cuadra sitiada por demasiadas tentaciones.
Me acuerdo que el día no nos alcanzaba, que el sol era radiante, que había que llevar bronceador y que recibíamos muchas clases. 
Me acuerdo del primer Whopper, de la terraza, de los bolos del Chicó, del teatro Scala, de la Miniwhich, de J.Ali; del coctel de ostras de Chucho, en la 85; del Beer House; de doña Bárbara; del Unicornio; de La Topsi; de 98 In, del bar de José, de La Funky, del Bocaccio, del Latino Piano Bar, de los bolos de la 24, del grupo de la emisora, de la televisión en el CAN y en la 24, y de muchos técnicos, cantantes, presentadores y productores que eran como una familia más. 
 
Me acuerdo de que Luis Martín y Cabeto ya tenían moto y Luis Fernando Rincón una poderosa camioneta Ford Victoria con capacidad para 23 personas, aunque el manual decía que era para seis.
Me acuerdo de cuando el colegio decidió volverse mixto y solo recibieron niñas: Dolly Henao, Clarita Vanegas, Mayito, María Teresa, Martha Patricia, Marfa y mi inolvidable Patricia, la trabaleta: ¿dónde andará? 
Me acuerdo del incendio del edificio de Avianca; de las primeras emisiones vía satélite; de los Óscar; de Miss Universo; de llevar y despedir a mi padre en el aeropuerto, y de que siempre viajaba con Otto, el Chupo, el Turco y Juan Harvey. En los estudios de emisoras El Dorado pasé horas grabando a Julio Nieto Bernal, deslumbrado con su voz; me acuerdo de Armando, de Jhon Semeraro, de Roberto Daza, de Manolo, de Pérez Neque, de don Eduardo Camargo Gámez. Seguía derecho, sin dormir, oyendo las cintas de un cuarto de pulgada con los programas maravillosos que llegaban de la Deutsche Welle y la RAI.
Me acuerdo que manejábamos el colegio como un punto de encuentro: si con unas grúas movían el edificio Cudecom en la 19, teníamos que ir; si había una carrera en el canódromo, teníamos que ir; si llegaba Santana, había que ir al aeropuerto. Siempre había una excusa. 
 
Me acuerdo de cuando nos tocaba alfabetizar. En las noches compartir con gente de escasos recursos, trabajadores de obras vecinas o empleadas de casas en la zona, que querían comenzar a educarse. Los alumnos nos volvíamos profesores, pero nos conectábamos con la realidad de lo que pasaba en la calle.
 
Me acuerdo de los domingos, de ir a jugar fútbol con mi papá: íbamos a la Nacional, a la avenida Eldorado, al parque de la 87, pero especialmente a los transmisores de las emisoras en el tercer puente. Me acuerdo del jeep Willys del ingeniero Frick, del Land Rover del ingeniero Ríos, de las torres gigantescas, de los tubos pesados, de una casita del operador; me acuerdo de las papas criollas y de un Chevrolet Bel Air, cuyo radio estaba en el dial 850 AM: la emisora, Nuevo Mundo; el programa, La hora del regreso, y la voz, Otto Greiffestein.
 
Me acuerdo de El Coqueto, un periódico que nos inventamos en las noches de alfabetización con el Gordo Cortés y el Abuelo Borras que tuvo mucho éxito dentro y fuera del colegio: me acuerdo de que con el capitán Guyo Rodríguez nos dedicamos a escribir más de lo que debíamos, y de que una mañana de noviembre fuimos expulsados delante de todos nuestros compañeros que estaban a días de graduarse. 
Me acuerdo de que siempre quise ser más grande, y de que, como no podía, me metía con los grandes. Al final del colegio, tenía amigo en la universidad, Gustavo Ortega; tenía pintas, novias lindas, vivía en el Polo, donde las tiendas tenían una magia especial, y en el Icetex, en la 18 con tercera, con Gustavo aplicábamos a cuanta beca existiera: desde Riego en Holanda o Pesca en el Japón, hasta Televisión en España: él ganó la de Madrid y nunca fue, y yo, en cambio, la perdí. Bueno, al final nunca se pierde: dos años después gané la de la RAI en Roma.
Me acuerdo de La Cueva, cerca del Hilton; del Teatro Popular, del Teatro La Mama, pero especialmente del pasaje hippie de la 60, de los afiches del segundo piso con luz negra, de la competencia por la curiosidad.
Me acuerdo de la pesada Álgebra de Baldor, pero me acuerdo también de que cargábamos libros que no tenían que ver con el colegio, y que nos acercaban a la revolución silenciosa que vivía el mundo joven, que no estaba solo en el cine o en la música sino en la lectura. Me acuerdo de ir a la Buchholz y a la Biblioteca Nacional a intercambiar y comprar libros usados en la 19. Me acuerdo de Neruda, de Andrés Caicedo, de Gonzalo Arango. Me acuerdo de Kafka, de La metamorfosis, El proceso y El castillo.
 
Me acuerdo de Humberto Monroy y Génesis; del concierto en Melgar, de las culebras en el río que picaron a Angelita y a Lucas; de los Flippers, de los Speakers, de la banda nueva, de Cat Stevens, de Carole King, de Stevie Wonder, de Led Zeppelin, de los Beatles, de los Stones, pero sobre todo de Harold recién llegado de México y Los Ángeles y de su evolución, en la que me comprometí a fondo. Ya William Vergara era grande y había tenido dos bares, incluido uno encima de una bomba de gasolina, a donde iba con Magda Ramírez y sus Levi’s 501, siempre caminando.
Me acuerdo que mientras mi familia completa volaba a Europa porque mis hermanos eran los primeros del Cervantes, yo tuve que quedarme estudiando las 27 materias que, por ley, hacían parte del pénsum: estudié todo noviembre, todo diciembre y la mitad de enero hasta obtener mi grado de bachiller, firmado por la madre Ochoa, del colegio Instituto Nacional Femenino Lorencita Villegas de Santos. Lo mío exigía más práctica que teoría: me fui a estudiar lo que amaba a los Estados Unidos y Europa. Nunca dejé de hacer radio. Y regresé con la primera unidad móvil color que tuvo Colombia. Sigo sin entender la audacia de mi padre en ser cómplice, patrocinador y maestro de tantas aventuras, incluyendo la de vender la emisora para arrancar una empresa más grande de televisión.
Me acuerdo que en enero de 1978 entré a trabajar en Caracol Radio, RTI Televisión y Producciones JES. A partir de ese momento mi mundo sería otro, los sueños los mismos, y los amigos de siempre quedaron en el corazón. Lo demás ha estado al aire de manera ininterrumpida desde 1973 hasta la fecha y ha sido público gracias a la magia de la radio, que me ha permitido refugiarme en un micrófono para hablar y compartir una que otra luna.

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