Kapax suele desayunar huevos duros, caldo de pescado y jugo de guayaba o de papaya, pero no encuentra nada de eso en la carta del café-restaurante Bagatelle. Por más que busque, no encontrará una gamitana o un pirarucú, sus pescados favoritos. Al fin, con cierto alivio, ordena un Cald de costill, que no es más que una forma vergonzante y estúpida de llamar al caldo de costilla para que haga juego con los demás platos. "No, señor, ese solo lo servimos el sábado y el domingo", le replica una joven mesera. Kapax debe sumergirse de nuevo en la carta hasta que logra pescar el Au saumon fumee (debería ser fumé, porque es masculino, pero incluso si fuera femenino le faltaría una tilde: fumée), el cual señala sin atreverse a pronunciar: "Tradicionales huevos benedictinos pochees, sobre tostadas de pan integral con queso crema, salmón ahumado y salsa de alcaparras". También pide un jugo de mora. Es difícil entender lo que Kapax dice, a veces habla como si fuera un serbocroata con labio leporino que aprendió español en Punta Gallinas. "No, señor, lo siento —interrumpe la mesera—, no tenemos jugo de mora". Kapax, entonces, se resigna a uno de melón.

Llega el desayuno. Kapax lo espulga con sus manos nudosas, de uñas largas y duras como de reptil; luego de un par de bocados, lo hace a un lado. "¿No le gustó?", pregunto, "No, no, ¡Dios santísimo!", ríe, y deja ver una prótesis que se delata por la blancura de los dientes. Mientras ataca la canasta de pan para no irse con el estómago vacío, procura reconocer las plantas del patio interior de Bagatelle: "Esa parece una mata que allá le dicen 'chambira', en Leticia hay una parecida a esa de allá, pero las flores no son blancas sino rosadas y se llama 'caracucho'". Un comensal lo reconoce. Kapax, diligente, se levanta a hablar con él. Regresa de buen humor: "Me decía que todavía estoy alentado —flexiona el bíceps, orgulloso—, ¡todavía parto panela!", y ríe una vez más.

Ahora vamos por la carrera quinta, rumbo al centro de la ciudad. Kapax, pensativo, mientras se sube el cierre de la chaqueta, dice: "Acá en Bogotá yo habría sido embolador o celador". Seguro que sí, pues esta ciudad no tiene ríos en los que hubiera podido nadar un émulo de Tarzán casi analfabeto, ni le hubiera servido el cuchillo más que para defenderse de algún atracador. En un semáforo cerca de las Torres del Parque hay un tipo recolectando firmas para la iniciativa de darle cadena perpetua a violadores y asesinos de niños. Kapax está de acuerdo. A veces habla como un político y repite los mismos parlamentos gastados que uno suele oír, y este caso es uno de ellos: "Es que los niños son el futuro de Colombia, los niños son lo más sagrado", etcétera. Llegamos a La Candelaria y caminamos por la calle 11 hacia la Casa de Moneda. Kapax es consciente del papel que debe desempeñar, el que todos esperan de él: el del buen salvaje, por eso cada tanto deja caer una frase como "Acá no se respira la tierra, esto es puro cemento", luego entra a la iglesia de La Candelaria y le reza a la virgen antes de que entremos a la Donación Botero. Según él, nunca antes había visitado una exposición de arte. Esta vez le creo.

Kapax deambula por la sala, parándose frente a las obras y emitiendo juicios, casi todos intrascendentes, alguno que otro pintoresco. Su interés va decreciendo, parece a punto de aburrirse, hasta que se topa con El puerto de Trouville (1884), de Eugène Boudin: "¡Primer cuadro que veo con agua, ve!". Más adelante se detiene y pregunta, aludiendo a los cuadros y esculturas que ha visto hasta ese momento: "¿Por qué se maneja tanto el tema de la mujer desnuda acá, ah?". Frente a El pequeño valle (1871), de Corot, "El campesino con el bosque", y luego, como pensando que es el momento de deslizar una de sus frases "si no hay campo, no hay ciudad". Se concentra y trata, en serio, de analizar qué tipo de serpiente es la que cuelga de un árbol en La familia (1989), de Botero: "Esa puede ser, o una calangucha, que no tiene veneno, o si es venenosa es una cazadora". En La guerrilla de Eliseo (1988), también de Botero, no ubica el tipo de serpiente que también pende de un árbol, pero es de un color diferente, menos rojizo que la anterior. Frente a las obras no figurativas se queda perplejo. Dubuffet, De Kooning, Calder… Ninguno logra conmoverlo. Busca algún vegetal que justifique el título Hortalizas frescas (1962), del expresionista abstracto Asger Jorn; frente a Explosión en una catedral (1960), de Max Ernst, trata de encontrar la explosión y la catedral. La escultura más bonita, para él, es El sueño (1996), de Botero, que representa a una mujer desnuda, acostada boca arriba, con un pájaro sobre su vientre. La más fea es Éxodo I (s.f.), del escultor egipcio Yves Dana, que, según Kapax, "parece un timón de lancha". La pintura más fea, según él, es Estructura con esquema de objetos (1944), de Joaquín Torres García, una pintura abstracta y compartimentada que tiene un eco de Mondrian. La más bonita, obviamente, está entre las que tienen tema fluvial o marítimo, y es Navegación en el viejo puerto (1927), del pintor francés Albert Marquet. Kapax da su veredicto mientras afirma: "Lo que yo soy ahora es gracias al río Magdalena". Luego, sentencioso y fiel a su personaje, dice que "hay que cuidar los ríos".

En efecto, Alberto Rojas Lesmes había crecido viendo las películas de Tarzán en el teatro Solarte Obando de su tierra natal y se había hecho una reputación imitándolo. En Leticia lo conocían como 'el Tarzán del Amazonas'. Su sueño era hacer una hazaña que lo pusiera a la altura de su ídolo y esta era atravesar a nado el río Magdalena. Después de buscar apoyo durante dos años, el locutor Armando Plata Camacho le hizo firmar un contrato leonino, lo rebautizó Capax (con c) y organizó este evento como una cruzada para salvar el río del olvido y la contaminación. Capax partió de Neiva el 29 de junio de 1976, día en que cumplía 29 años. Nadó casi sin descanso durante 39 días, ocho horas diarias, para un total aproximado de 196 horas y más de un millón de brazadas. En todos los lugares adonde llegó, besó la tierra, le prodigaron homenajes, bautizaron niños con su recién adquirido nombre y lo recibieron como el héroe que había puesto en el mapa lugares inhóspitos de una Colombia olvidada que sobrevivía sin energía eléctrica, agua potable, alcantarillado, educación ni servicios de salud en los márgenes del Magdalena. A las 12:20 p.m. del 7 de agosto de 1976 cruzó el Puente Pumarejo, en Barranquilla, escoltado por 800 embarcaciones. Trepó al puente por una escalera de lazo, con su cuchillo entre los dientes, frente a una multitud de más de 30.000 personas, los micrófonos de una docena de emisoras y las cámaras de la televisión nacional. "Lo logré… Lo logré… Aquí estoy en esta tierra bendita", fueron sus primeras palabras. Luego viajó a Bogotá y almorzó con el presidente López Michelsen, después fue a Puerto Leguízamo para arreglar la tumba de su madre y, por último, a Leticia. Se tuvo que cambiar el nombre de Capax por Kapax, con k, pues Plata Camacho lo había registrado como suyo, participó en seis películas, protagonizó una fotonovela que tuvo 46 entregas y continuó derivando su sustento como guía turístico. Actualmente trabaja para el hotel Decamerón de Leticia. Es un emblema viviente que algunos políticos locales tratan de aprovechar en tiempo de elecciones. En 2002, durante un consejo comunal, Uribe lo nombró "Embajador del turismo y del medio ambiente", pero fue un nombramiento espurio, pues ese cargo jamás ha existido. El 20 de julio pasado sus escoltas no le permitieron verse con él, ni con Lula ni con Alan García, quienes lo acompañaban en la celebración del Día de Independencia. Kapax se había gastado más de un millón de pesos en hacer tres delfines en palosangre, de 40 centímetros, que le entregaría a cada presidente para comprometerlos a luchar por el río Amazonas. Tampoco le permitieron encontrarse con Carlos Vives y Shakira. Se deprimió tanto, que se le bajó la presión y terminó internado en una clínica. "Ha sido el peor día de mi vida", dice, con una tristeza intacta, inmune al paso de los días.

A la salida del museo nos espera esa llovizna bogotana que siempre está cayendo en algún lado de la ciudad desde que llegó Gonzalo Jiménez de Quesada, que no moja pero penetra la piel y enfría los huesos. Bajamos por la calle 11 hacia la Plaza de Bolívar. Una vendedora de maíz para palomas dice "¡Ay, él es Kapax!... Yo lo admiro a usted desde chiquitica". Pronto se acercan un par de fotógrafos para presentarle sus respetos y un mendigo que primero lo adula y luego le pide plata. Caminamos por la carrera séptima. En cada cuadra lo paran al menos una vez, a decirle que lo conocieron en Leticia cuando fueron de vacaciones, que lo admiran, a hacerle algún comentario como "Kapas, debías haberte traído una pielecita para el frío, mano". Continuamos hacia el norte. Frente al Only, almacén repleto de artículos en oferta, hay un vendedor tirando muñequitos de goma que descienden lentamente, pegándose y despegándose de manitas y pies. "¡Escaladores a mil, escaladores a mil!", vocea el vendedor. Kapax ve la oportunidad de poner cara de selvático anonadado para que nuestro fotógrafo le tome un par de fotos. Lo mismo hace frente a una efigie egipcia de ojos luminosos que decora el casino Faraón Dorado, y hace otro tanto frente a una estatua humana. Doblamos hacia el oriente por la avenida Jiménez, Kapax se interna entre las casetas que invaden la Plazoleta del Rosario, curiosea, atiende gente que lo reconoce. Continuamos hacia el parque de Los Periodistas. Aparece un tipo misterioso; es imposible determinar si es o no indigente, mira con ojos desorbitados y le pregunta a Kapax si se acuerda de él, que le trajo de Italia un cuchillo "antiescualo" para enfrentarse con tiburones. Kapax lo esquiva con una frase cordial. Nos detenemos en el CAI que está junto a la Plazoleta Nueva Granada. Allí le prestan el baño para cambiarse. Sale hecho un Tarzán viejo, en pantaloneta de bluyín y chanclas, con su cuchillo al cinto. Sus piernas son quizá demasiado flacas para el resto de su cuerpo, no pensaría uno que con ellas nadó 1.669 kilómetros, sus pies están llenos de talco y tienen unos dedos muy torcidos, como si acostumbrara patear piedras descalzo. Se para en uno de los bordes del riachuelo sobre el que flotan envolturas, bolsas plásticas y papeles, y adopta su mejor pose de póster: aguza la mirada y la fija en lontananza, sostiene el cuchillo como a punto de sacarlo para pelear con un cocodrilo o un escualo. Se la conoce de memoria. La viene haciendo desde 1976, cuando dejó de ser Alberto Rojas Lesmes para convertirse en Capax. Alrededor se va formando un corro de personas que miran a cierta distancia, curiosos, cómo este Cocodrilo Dundee envejecido procura que el frío no destroce su actitud. Hay cierta majestad en él, aun a pesar de lo ridículo que puede verse un señor de 62 años en esa indumentaria, en pleno centro de Bogotá. Nadie se burla, excepto un grupillo de adolescentes imbéciles uniformados con camisetas verdes que dicen "Xeminis, Cultivando Ideas, Cosechando Líderes", todos muy playcitos, sus bluyines caídos, sus pelos alborotados, su suficiencia tontarrona. Kapax no se entera o simula no enterarse, mientras los Xéminis, que según internet son doce estudiantes de Derecho y Ciencia Política de la Universidad del Rosario que se les ocurrió formar un grupo para promover el liderazgo, la participación y otras pendejadas de futuros aspirantes al Concejo o Congreso, hacen caras, lo señalan y continúan su camino en medio de risas. Suficiente frío y sorna por el momento, Kapax se vuelve a vestir de civil y nos vamos a Republik, en el Centro Internacional, para almorzar.

"¿Por aquí no habrá ajiaco?", pregunta Kapax frente a una carta rebosante de nigiris, sushis y sashimis. Después de probar un par de bocados y responder cortésmente que están ricos, Kapax escapa hacia un arroz con vegetales, carnes y camarones. Llega un momento en que, con el tenedor suspendido cerca de su boca, reflexiona en silencio. Sale de su pequeño trance con la siguiente conclusión: "Acá en Bogotá, además de embolador o celador, también habría podido ser mesero". A la salida del restaurante está lloviendo con fuerza, pero cuando llegamos a Salitre Mágico, parque de diversiones situado en el occidente de la ciudad, nos encontramos con la misma garúa tenue y helada que había en la mañana. Kapax mira con miedo las dos montañas rusas llenas de bucles, el inmenso frisbi con sillas llamado Centrox, el barco pirata y el Apocalypse, una estructura giratoria donde la gente se zangolotea y queda de cabeza durante algunos segundos. Después de arduas negociaciones, acepta montarse al Musik Center, veinte góndolas que conforman un carrusel circular, el cual gira a alta velocidad sobre una superficie ondulada. De nada le sirve la exposición prolongada a todos los peligros del río y la selva. Su boca está engarrotada en una sonrisa de pánico, las manos firmes en la baranda mientras el aparato gira cada vez más rápido, amenizado por una música tecno horrorosa y un animador de feria. "Iba agarrado como un mico, me daba miedo que se reventara esa vaina y saliera volando", dice, cuando ya estamos en tierra. Iguales terrores le despierta la inmensa e inofensiva rueda panorámica de 46 metros de altura en la que nos montamos a continuación. Kapax es más un héroe acuático que aéreo, un Tarzán al que no le hacen gracia las lianas. Su temor es el mismo que le obligó, el 12 de agosto de 1976, a aplazar el vuelo que lo traería a encontrarse con el presidente López, pues no quería viajar de noche; es el mismo miedo que le hizo tomarse un par de tranquilizantes antes de montarse al avión que esta vez lo trajo a Bogotá.

Ya es de noche. Kapax, respuesto del susto, ahora vaga por los pasillos del Centro Comercial El Retiro, el más exclusivo de la ciudad. No hace falta vivir en la selva para abrumarse frente a los Hublots, los Breitlings y los Swarovskis de 30 millones de pesos. Kapax los mira, los sostiene en sus manos como si fueran elementos extraterrestres "Huy, ¿cuántos años tiene uno qué trabajar para comprarse un reloj de estos?", pregunta. Luego sale a caminar por los lustrosos pasillos del centro comercial para entrar en joyerías, almacenes de ropa y accesorios igualmente caros; se detiene en un almacén de sillas masajeadoras, se sienta en una, pregunta precios que, para su sorpresa, son terrenales; se va, antojado, a deambular de nuevo. El recelo y la aprensión de los guardianes de Salvarte, el almacén de los hijos del Presidente, nos convencen de hacerle honor al nombre del centro comercial y retirarnos de inmediato antes de que empiecen a poner problemas por la cámara fotográfica, a pedir autorizaciones y requisitos. A la salida pasamos por un andén repleto de artesanías, "¡Bueeena, Kapax!, los hippies no lo olvidamos", le dice uno de ellos. La última escala es el almacén de Harley Davidson, donde Kapax se monta en un par de motos y responde preguntas de los dueños y trabajadores del local.

Ya son casi las once de la noche. Kapax, por fin, pudo hartarse de ajiaco en la plazoleta de comidas de un centro comercial con menos pedigrí y ahora deambula por el piso 41 del antiguo Hilton, el Cha-Cha, epicentro de la rumba capitalina donde los beats retumban con toda la fuerza de sus decibeles. Se abre paso en medio del gentío que no parece reconocerlo, se asoma al gran ventanal donde Bogotá se extiende hasta brumosos confines occidentales. "¿Cuánta energía se necesita para encender todas estas luces?", se pregunta, y luego, frente a la inmensidad multicolor que titila a sus pies, "es como una laguna de luz… Muy bonito. Muy bonito". Su reflejo, fantasmal, lo mira desde el otro lado del vidrio. Se me ocurre que esa es la imagen de otro Kapax, o Capax, o Alberto Rojas Lesmes, uno que no vive en Leticia sino en Bogotá y probablemente sea embolador, o celador, o mesero, y que no tiene la mirada de sabio, de héroe viejo que tiene el verdadero.

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