Kaká con su tutú sería el mejor ejemplo, pero también están Ronaldinho con su mirada mariguana happy, Ronaldo y sus dientitos de castor buenazo, Pelé, que se pasó la vida poniendo cara de no soy pederasta. Pepe, en cambio, tiene cara de bestia.

No es fácil decidirse a tener cara de bestia. Es, está claro, una elección: Pepe afeitado y distendido parece un chico bueno; Pepe en la cancha, soplándole la nuca a un delantero, la barba de tres días, la mueca torva, es un facineroso de cuidado. Y tiene mérito: en un negocio donde una cara amable puede valer millones, elegirse esa cara es toda una declaración de principios.

Más mérito: no es fácil que tus principios sean decir que no tienes principios. Aunque no sea cierto. O incluso si sí.

El tal Pepe es —muchos lo saben— un defensor central del Real Madrid y de la selección de Portugal: uno de los defensores más cotizados, más respetados, más puteados del mundo. Pero muy engañoso. Para empezar, uno espera que detrás de un Pepe haya un José: pamplinas, tonterías. El tal Pepe se llama Képler Laveran Lima Ferreira; no era fácil empezar así.

Tampoco era fácil empezar en Maceió —en el quinto carajo brasileño— en equipos de cuarta, y salir con 20 años a buscarse la vida en equipos de segunda en Portugal porque en tu país no te hacían caso. Pero Pepe le puso lo suyo, y en pocos años estaba en un equipo serio y, al final, lo compró el Real Madrid. Lo pagó, dicen, 30 millones de euros: muy pocos defensores costaron tanta plata, y en el mundo del fútbol el valor se cuenta en una unidad única.

Fue allí, en el Madrid —el equipo más difícil del mundo, en el que un jugador nuevo tiene cinco o seis partidos para demostrar si vale lo que lo pagaron y, si no, lo hacen carne picada—, donde Pepe Képler empezó su auténtica carrera. Fue entonces, también, cuando decidió salir del armario, dejarse de pavadas: no ser más brasileño, cagarse en la patria. Me gusta que esas minucias nunca lo hayan confundido: cuando le convino —cuando vio que ya tenía 24 y su país de origen no le daba ni la hora— pasó de iluso a luso para jugar en una selección y cotizarse un poco más.

Pepe ya era, entonces, un defensor alto, atlético, con cierta técnica, muy buena ubicación, potencia física, pero de esos hay muchos en las góndolas de los supermercados; tenía que mostrar algo más, algo distinto, y fue la fuerza despiadada.

La fuerza bruta, la fuerza sin caretas: la verdad de toda esa mentira. Todos querrían, en algún momento, partir por el medio a sus rivales, aplicarles la solución final estilo Auschwitz así no joden más; casi nadie se atreve. Pepe es capaz de pisar a un contrario en el suelo: ¿cuántos querrían hacerlo, cuántos se dan el lujo? Pepe es capaz de subir a jugar de cinco y romper piernas en la mitad igual que si estuviera en el fondo: ¿cuántos pueden? Pepe es capaz de putear a un árbitro en varias lenguas: ¿cuántos, señora, cuántos? 

Y es bueno con las lenguas. Tanto como para que hace poco lo echaran porque le dijo al árbitro “Vaya atraco, hijo de puta”. Se necesitan años y años de academias marginales para llegar a esa síntesis del pensamiento de Castilla. Y es más que bueno con las patadas criminales. Por eso, entre otras cosas, lo quieren los irredentos del Santiago Bernabéu, que suelen alentarlo al grito pentasílabo de “Pepe, mátalos”. Dicen las malas lenguas que alguna noche de copas —sí, de copas, de espadas— Pepe confesó que lo entristece que le pidan algo que no sabe si podrá cumplir.

Los argentinos decimos estar al pepe cuando no queremos decir estar al pedo: haciendo huevo o hueva o nada o dulce molicie farniente el ocio ni siquiera creativo. Pepe es Pepe, no está nunca al. Pepe trabaja, Pepe pone, Pepe saca, Pepe se sacrifica por la causa, Pepe se hace expulsar por la causa. Pepe nos deja pensando en esa causa.

Tiene una. Con el tiempo, Pepe Képler se transformó en la mejor síntesis de su equipo, de esa acumulación de carne cara dirigida por un señor que no esconde que le importa ganar y nada más. El Madrid siempre se gastó millones y millones en jugadores pero, últimamente, no esconde que no quiere que jueguen bonito; solo quiere que ganen. Es lo que hacemos tantos pero calladitos; Mourinho no. Mourinho es la mejor representación de lo que somos y no queremos decir. Pepe es la mejor representación de Mourinho. Pepe somos todos, solo que lo disimulamos.

Pepe se caga en el fair play o lo que sea que eso sea. Pepe se caga en las patrias o lo que sea que eso pretenda ser. Pepe se caga en los eufemismos de la corrección política: pega, grita, molesta, prepotea. Pepe es verdadero. Hay quienes dicen que la mierda también. Entonces discutamos si la verdad importa —pero ese es otro artículo.

Pepe hace lo que todos, solo que lo hace en serio. Lo hace desnudo, descarnado, sin disimular. Pepe es nosotros si nos sacáramos las máscaras. Pepe es tan feo o tan espléndido como usted, esta mañana, legañoso en el espejo de su baño. O como si a este artículo le sacaran sus pobres giros, sus adjetivos rebuscados, sus verbitos, ¿qué le quedaría? Un tonto que dice viva el Pepe y poco más. Solo que yo todavía no me atrevo, y Pepe sí.

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