Lloré varias veces en mi vida por el fútbol. Algunas, por dentro; otras, por fuera. La última fue durante la Copa Mundial de Brasil, claro. Aquí, en la Argentina, la excitación era enorme por tener al ‘Lío’ Messi (sinónimo de su destino), nuestro ídolo y probablemente el primer argentino humilde que supimos exportar. Aunque algunos pondrían al Che, a Gardel o al papa Francisco en ese podio.

La cuestión es que comenzó el Mundial con el nerviosismo lógico de todos… y de pronto España perdía 5 a 1 con Holanda: sabor a revancha para unos y, para muchos otros, a sangre de último campeón.

Con la rivalidad clásica de vecinos que tenemos con Brasil, uno percibía la ambivalencia del brasileño medio, que, por su pasión futbolera, obviamente admiraba a Messi, pero, a la vez, no apreciaba que a un histórico rival le fuera demasiado bien. Cosas del folklore. Y lo que pasa en la cancha queda en la cancha, ¿no? Claro que no.

Y, de pronto, empezó a sonar un cantito, una cancioncita de cancha, el luego famoso “Brasil, decime qué se siente”… Uf, al principio nos causó gracia, pero al ratito supimos que la melodía estaba sacada de un tema de Creedence, Bad Moon Rising, o sea: Mala luna creciente. Craso error, muchachos, mal karma. La letra original habla de “malas señales”. Y la letra inventada por nuestros hinchas tiene dos fallas fundamentales. La primera, la negación: decirle “tener en casa a tu Papá” al mismísimo pentacampeón mundial… Y encima, la nostalgia desmedida y tanguera de —es cierto— un triunfazo a Brasil por 1 a 0 en los octavos de final de Italia 90; un partido que los memoriosos bien saben que podríamos haber perdido tranquilamente 1 a 5.

Ahora, dicho esto y con “el periódico del lunes” en la mano, de haber ganado Argentina el Mundial pasado, yo personalmente estaría cantando esa maldita canción hasta el 2018. Cosas del folklore... Pero sí, me hizo llorar porque Argentina, como pueblo futbolero, tuvo el chance de generar empatía y de caerle en gracia al pueblo futbolero de Brasil. Y lo desperdició por ese maldito, negador y nostálgico cantito.

Y lloré. Y lloré por dentro con el 1 a 7 de Brasil a Alemania, no me regodeé pequeñamente como otros. Y hasta entendí su orgullo de decirse, no sin dolor: “Si Alemania nos ganó así, sin ninguna piedad y muy alemanamente, entonces que sean los mejores, que ganen todo. Y que esos argentinos insoportables se vayan ‘embora’”… que se abran, como dirían en Colombia.

Sí, lloré por el fútbol y por la estupidez humana, fue en la final del Mundial pasado.

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