A Klaus Sames lo tiene sin cuidado que lo llamen loco. O de pronto ya se acostumbró. Lo importante es que hablen de él, bien o mal, pero que hablen. Apenas he entrado a su apartamento en Senden, una pequeñísima ciudad en el sur de Alemania, cuando ya está abriendo un fólder perfectamente organizado con recortes y notas impresas de periódicos y revistas. “Profesor chiflado quiere llevar a cabo un plan macabro”, titula el tabloide news.de. “Científico alemán se congelará para resucitar en 150 años”, reza la sección Mundo Raro del Excélsior de México. (Los cinco funerales más extraños de la historia)

“Esta foto me gusta mucho porque me veo como un químico respetado”, comenta entre risas, mientras señala una imagen en la que aparece vestido con bata y guantes de laboratorio: “Además me parezco a Gandalf”. Sames quiere ser inmortal, igual que el personaje de El señor de los anillos. Está convencido de que algún día los humanos encontraremos el elíxir de la vida, ese anhelo tan antiguo como la humanidad, aunque todavía no sabemos cómo. A los 76 años, se niega a creer que se le está agotando el tiempo y por eso cuando muera, en lugar de un cajón bajo tierra, prefiere que lo conserven congelado en un enorme tanque de nitrógeno líquido. Suena ridículo, pero no es el único que ya pagó por ello.


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En el mundo hay cerca de 2500 entusiastas de la criónica, un movimiento creado por el estadounidense Robert Ettinger a mediados de los años sesenta. Herido por un mortero alemán durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo que pasar cuatro años en un hospital esperando que le salvaran las piernas. Los médicos insistían en que era necesario amputárselas, pero él, terco, no lo permitió. Eso sí, aceptó ser conejillo de Indias de experimentos revolucionarios para volver a caminar y al final se salió con la suya. Convencido de que su historia era un milagro de la ciencia, a Ettinger se le ocurrió una gran idea: refrigerar cadáveres con la esperanza de revivirlos en el futuro, cuando la medicina sea capaz de curar cualquier enfermedad y detener el envejecimiento.

“Va a suceder tarde o temprano —me explica por teléfono su hijo, David—. No puedo decirle exactamente cuándo, si dentro de 100 o 200 años. Tampoco hay garantía de que funcione, pero mi papá decía que si hay algo peor que congelarse, es no hacerlo”. Robert falleció en 2011 y desde entonces yace en uno de los tanques de acero de su organización, el Cryonics Institute, a las afueras de Detroit. Allí reposarán también Sames y otros 580 “crionistas” que ya pagaron los 28.000 dólares (unos 70 millones de pesos) que se les cobra por refrigerarlos.

El instituto de los Ettinger ofrece la tarifa más económica del mercado. Su competencia directa, Alcor, en Arizona, pide unos 200.000 dólares (más de 500 millones), un lujo que solo pueden darse millonarios como el beisbolista Ted ‘The Kid’ Williams, uno de los mejores bateadores de la historia, congelado allí desde 2002. Solo existe una compañía similar en Europa, la moscovita KrioRus, que cobra 36.000 dólares (aproximadamente 90 millones) por cuerpo.

Las tres empresas prometen lo mismo: conservar cadáveres a 196 grados bajo cero y asegurarse de mantenerlos así el tiempo que sea necesario. Entre todas suman 318 pacientes —como les dicen a los muertos— en criosuspensión. También hay perros, gatos, un hámster y un papagayo. Quien no pueda pagar el paquete completo, tiene la opción de congelar únicamente su cabeza. Después de todo, ahí es donde está la memoria, lo que somos. El cuerpo es lo de menos, más adelante podrá clonarse o reemplazarse por el de un robot. En Alcor, este servicio cuesta 80.000 dólares (200 millones), y en KrioRus, 12.000 (30 millones). El Cryonics Institute no lo ofrece porque considera que su tarifa ya es suficientemente baja y, además, según su página web, las cabezas cercenadas le quitan credibilidad al negocio: “Solo dan pie a que periodistas y escritores de terror se entretengan y presenten a la criónica como algo grotesco y absurdo”.



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“Yo no soy un hombre rico, así que tan pronto pude, pagué todo de una sola vez”, aclara Sames, sentado sobre un cojín desgastado que hace las veces de sillón. Aquí, en el estudio de su casa, pasa la mayor parte del tiempo. Le gusta trabajar rodeado de sus libros de biología, sus pájaros disecados y sus vitrinas repletas de fósiles del Jurásico, meteoritos, caracoles y cráneos humanos. Se pone de pie para enseñármelos y, de paso, contarme la historia de la evolución humana. Lo escucho, pero en realidad quiero ver el contrato del Cryonics Institute. Cuando se lo pido, al principio lo duda, dice que no se acuerda dónde está, pero luego accede. (¿Por qué se suicidan? Tres rockeros colombianos se confiesan)

Enero 29 de 1996: ese día firmó la posibilidad de vivir para siempre. ¿Y para qué?, ¿no le bastan 76 años?, ¿no está cansado ya?, ¿para qué ocupar el lugar de Sísifo en la montaña?, ¿para qué empujar la misma piedra hasta la cima y verla caer una y otra vez durante toda la eternidad?

“¿Por qué no? —responde—. Creo que el sentido de la vida es vivir. Eso es patológico: si uno está enfermo, es fácil perder la alegría, las ganas de seguir. Pero no es mi caso. A mí la vida me divierte”. Así de sencillo. Cuando se trata de preguntas filosóficas, Sames no se complica. Es como si ya hubiera superado ese capítulo. Seguramente sucedió cuando, durante el cuarto semestre de sus estudios en Teología, se dio cuenta de que el cielo, ese del que tanto le había hablado su papá, un pastor protestante, no existe. Dejó de creer y a los 21 años se cambió a Medicina. Por eso, ahora solo lo emocionan las preguntas sobre anatomía y, claro, sobre el “arte” de congelar seres humanos.


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Aún nadie sabe cómo despertar a los muertos, pero sí cómo mantenerlos “dormidos”. Y Sames es el experto. Hoy está sano, solo lo molestan un par de alergias, pero si algún día sufre un accidente o simplemente le llega la hora mientras toma la siesta, el plan es este: como vive solo, un reloj de pulso enviará una señal a un embalsamador que está en Ulm, la ciudad donde nació Albert Einstein, situada a solo 12 kilómetros de Senden. Su ayudante tomará un carro de inmediato y tardará 14 minutos en llegar allí, sin contar la pausa que tendrá que hacer en una estación Esso, abierta 24 horas todo el año, para comprar hielo. Sesenta kilos. Esa es la medida exacta para recubrir los 1,73 metros de estatura de Sames. Después de que un médico declare oficialmente su muerte, el embalsamador podrá empezar a congelarlo.

Todo tiene que ser muy rápido para evitar que las células se deterioren. Una vez cubierto de hielo, una máquina mantendrá su corazón bombeando, haciendo presión sobre el esternón. Así es más fácil enfriar el cuerpo. Luego, toca abrirle el tórax, instalar una manguera en la aorta y reemplazar la sangre y demás líquidos del organismo por químicos anticongelantes, que básicamente impiden que se formen cristales de hielo, diminutos alfileres capaces de atravesar los tejidos. El problema es que estas sustancias son tóxicas y pueden dañar los órganos. Por eso —me explica Sames con paciencia— el intercambio entre la sangre y los anticongelantes debe hacerse con muchísimo cuidado. Eso es a lo que se dedica hoy, a calcular, a perfeccionar cada detalle de su “funeral”.

Cualquier escritor de terror tendría un banquete con semejante descripción. Pero “lo grotesco y lo absurdo” todavía no terminan. Cuando el difunto está casi listo para soportar la eternidad, es enviado a Estados Unidos, donde concluirá el proceso de enfriamiento al pasar cinco días en una nevera gigante. Y ahí es cuando viene la mejor parte, la más cinematográfica, al menos: envuelto en una manta especial, suspenderán a Sames de pies a cabeza en un tanque de nitrógeno líquido, como si fuera un capullo. “Prefiero eso que estar enterrado. Eso sí me parece horrible. Además, es más higiénico y bonito porque no hay bacterias”. Para bajarle el tono sensacionalista —“ese que les gusta tanto a ustedes, los periodistas”—, me advierte que colgarlo al revés tiene todo el sentido científico del mundo: en el instituto siempre hay una persona monitoreando las reservas del gas, pero en caso de que algo falle, es preferible que empiecen a descongelarse primero los pies, no la cabeza. (Visita al forense más famoso del mundo)

Eso no es lo único que puede salir mal. “Hay varios escenarios —dice—: que se desate una guerra, que el instituto caiga en bancarrota, que fanáticos religiosos ataquen las instalaciones. Nosotros no tenemos soldados que nos protejan, pero sí gente que va a hacer lo imposible por salvarnos”. Si algo así llega a pasar, existen también otras salidas. La ideal es que lo trasladen a un instituto amigo. La otra, aún menos probable, que un familiar compre un tanque de nitrógeno y lo instale en el garaje o en el patio de la casa. Si nada de eso funciona, toca aceptar lo inevitable: ser cremado, sepultado o disecado. Sames ya marcó en el contrato este último ítem, la plastinación. Tanto para nada, para terminar como una escultura de la exposición de cadáveres y de órganos disecados Bodies.


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La mayoría de científicos desprecia la criónica y, por eso, Sames es una excepción a la regla, un médico convencido de que la vida no acaba cuando acaba. Para demostrar que está en lo cierto, él y el otro puñado de creyentes se han encargado de elaborar protocolos de perfusión y vitrificación, además de manuales de términos comunes, mitos y verdades y preguntas frecuentes. Porque este viejo fanático de vivir también se dedica a las relaciones públicas desde que se pensionó en 2004, tras décadas entregado al estudio de la gerontología en diferentes universidades alemanas.

Y es precisamente al recordar su pasado que empieza a sacar álbumes de fotos. Fotos de cuando era un bebé. Fotos de cuando era un adolescente. Fotos de cuando era un universitario. Fotos de cuando era un profesor. Fotos que resumen una existencia a la que no quiere renunciar, a pesar de que nada tiene de extraordinaria. Es una vida más: la de un hombre que estudió, trabajó, se casó, tuvo una hija, se separó y ahora espera la muerte, o la vida eterna, que para él son lo mismo. Hoy, con la barba blanca y los ojos cansados, no quiere dejarse sacar más fotos, dice que parece un búho. “La gente envejece rápido —sentencia, y cierra el álbum de un golpe—. Lo raro es que cuando uno ya está viejo le parece que todo pasó ayer. Pero a mí no me gusta la nostalgia”. Nada de melancolía: a Sames le gusta la ciencia. Punto. Y confía en avances como la nanotecnología: “Imagínese pequeños robots recorriendo lentamente su cuerpo y reconstruyendo las células dañadas”, dice apasionado.

Mientras esa imagen de los minirrobots deja de ser una escena de ciencia ficción, Sames se mantiene ocupado organizando encuentros con la comunidad alemana de criónica, que fundó poco después de pensionarse. Al principio tenía apenas tres miembros, hoy la componen casi 60 personas. Además, pule los detalles de su final, porque todavía no tiene el dichoso reloj inteligente ni sabe si hay alguna aerolínea dispuesta a transportarlo congelado hasta Detroit. Calcula, eso sí, que el pasaje aéreo le costará unos 15.000 dólares (casi 40 millones de pesos). “Generalmente me levanto tarde y me paso unas siete horas frente al computador. Es bastante trabajo, aunque no lo crea”.

Pero también hace pausas para caminar y esta vez me deja acompañarlo por las calles de Senden. No hay mucho que decir de esta población bávara de 21.000 habitantes, donde Sames compró un apartamento en 2008 porque le pareció que podía pasar sus últimos años en calma. “Aparte, es una ciudad plana y se alcanza a ver la línea de Los Alpes”. Hoy las nubes la esconden.

Mientras recorremos un parque empapado por la lluvia, me dice que va unas cuatro veces al año a caminar a las montañas, siempre en verano. Aprovecho para contarle que en Colombia no hay estaciones, que podemos hacer senderismo todo el año. Me contesta que nunca ha estado en Latinoamérica. “En realidad no he sido una persona que viaje mucho, solo a congresos”, agrega. Entonces, si no le interesa conocer el mundo, qué quiere hacer cuando lo revivan: “Seguir estudiando la criónica… lo importante es volver a tener un buen cerebro para saberlo todo otra vez”, responde sin titubear.

Lo tiene tan claro que quedo desarmada. ¿Despertar para seguir haciendo lo mismo? Además, sin descendientes, ni siquiera tataranietos, porque su hija no quiso tener niños. “Somos una familia grande, cinco hermanos, así que seguro encontraré a alguien”, se consuela. Me cuesta creerle, pero sí, eso es lo que quiere, empujar, en solitario, la misma piedra. 

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres —escribió Borges—. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último”. Entre los inmortales, en cambio, “nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial no rigen”. Quizá por eso la existencia de Sames transcurre así, tan serena, sin sobresaltos: para qué apurarse, para qué estresarse, si sabe que va vivir para siempre.

Nos despedimos y lo veo desde el bus caminar de regreso a su casa, hacia el mismo estudio, hacia el mismo cojín, hacia la misma biblioteca. Entonces me termino de convencer de que está loco por insistir en lo irremediable. Ya le veo, sin embargo, aires de inmortal, debe ser por su confianza ciega en que cada paso que da no es el último.

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