Tammy Jung, de Winnetka, California, modelo BBW de 23 años de edad, se ha propuesto comer y comer hasta alcanzar las 300 libras de peso. (100 kilos de pasión)

“Trato de ganar peso lo más que se pueda cada día. Como un montón: si salimos, voy a Chipotle (fast food fusión mexicano) y pido dos burritos; de ahí voy al Kentucky Fried Chicken y pido un cubo entero de pollo con macaroni; de ahí al Burger King. Me como una pizza familiar entera... Y me encanta el macaroni con queso —me podría comer una bañera repleta”.

Una multiplicación de su presencia física en el mundo material. Pasar de una talla 2 a una talla 20.

No hablamos de ganar un kilito por aquí y por allá, sino de ENGORDAR, con mayúsculas, a lo grande, a vista y paciencia de una insólita audiencia global de fanes encandilados con el proceso. Pagando por ver.

No me voy a andar con rodeos: Tammy Jung es la persona más gorda que he conocido. Pero, con todo, cuando la veo acercarse para abrir el gate del condominio, tan típico de los apacibles suburbios del Valle de San Fernando, siento cierto alivio de que sus dimensiones tengan una proporción razonable y no sean un descontrol de michelines cayendo en picada. Un temor irracional a su voluminosidad —me avergüenza decirlo— ha puntuado todas las pausas de mi trayecto a su vecindario, que acaso inconscientemente he dilatado lo más posible, presa del nerviosismo. (El hombre más gordo de Colombia)

“Como constantemente. Todo el día, cada día. Mi obsesión son los chips; me podría comer dos bolsas grandes. Y tengo una manía con los sánduches. Sánduches caseros de papas fritas. El nuevo sánduche frito de Subway (1160 calorías por el Sub de 12 pulgadas); me comí dos un mismo día alguna vez. Y soy una persona muy de quesos y carbohidratos. Pierdo la cuenta de cuántas calorías son en total”.

Tammy me enumera este prodigioso menú en la sedante tranquilidad de una mañana soleada, sentados en una mesa de parque.

No es la mujer más gorda que he visto con mis propios ojos, ni uno de esos casos mórbidos que requieren la demolición de paredes para extraerlos de una habitación. En un país con una problemática de sobrepeso (para ponerlo en términos diplomáticos) de dimensiones endémicas, el listón queda puesto muy alto. Pero la rubiecita y angelical Tammy Jung es única en su género: en poco más de dos años ha pasado de ser la típica adolescente integrada, cheerleader californiana obsesionada con su look, a transformarse —Pigmalión de sí misma— en una joven mujer obesa con aspiraciones de triplicar lo que era su peso original.

Cuando empezó este irreal tramo de su trayecto vital, Tammy tenía 21 años y pesaba aproximadamente unas 100 libras. Hoy bordea las 257.

Para Tammy, engordar es un reto existencial. Las proverbiales tres comidas diarias más ocho meriendas complementarias le quedan cortas para lograrlo. Hasta el pedestre acto de la masticación de alimentos se vuelve una pérdida de tiempo, un obstáculo.

Por eso, ella y su novio-mánager-svengali, Johan Uberman, diseñaron un sistema práctico y escalofriante: el embudo, the funnel. Un cubo conectado a una manguera descarga directo a la boca de Tammy un multiforme batido de pantagruélico contenido calórico (crema chantilly y un envase entero de helado, más caramelo y jarabe de maíz). Glub, glub, glub. Este milkshake diseñado para ganar peso es su ritual de cada noche. La visión de este acto es desarmante (pueden verlo en internet). Casi siniestra. Imposible no pensar en el force feeding propinado a los huelguistas de hambre de Guantánamo. Pero es sobre todo desconcertante que la administración de este tratamiento sea autoinfligida y acompañada de una invencible sonrisa juvenil.

Por supuesto este caótico régimen no ha sido mínimamente consultado con un nutricionista. Pero hay, veremos, un método en su locura.

¿Y QUIÉN ES TAMMY JUNG?

Tammy Jung, dijimos líneas arriba, es una BBW. Las siglas de Big Beautiful Woman, término casi reivindicativo con el que se rescatan la belleza y la relevancia de la mujer bien entrada en carnes. Y no es una modelo de pasarela, sino lo que se conoce más exactamente como una fetish model.

Una modelo fetichista (aunque acaso usted, pícaro lector al tanto de los vaivenes de la industria del espectáculo adulto, no necesite la aclaración) es aquella especializada en contenidos y preferencias sexuales más allá de lo sancionado como “normal”. Para los entusiastas de actividades o partes del cuerpo que reemplazan o desplazan al sujeto del afecto o al acto sexual mismo. Ver a una chica exhalando el humo de un cigarro o haciéndose la muerta o cojeando o insultándolo en una toma pseudosubjetiva POV (point of view) o probándose zapatos. Las posibilidades son infinitas. (Algunos hombres cuando su cita de Tinder tiene unos kilos de más)

La especialidad de Tammy, razón misma de su fama, es ser una mujer obesa. Dos subfetiches asociados al de la obesidad son el de ser una gainer (persona que se propone subir de peso) y el feederism (ver a una persona con sobrepeso ser alimentada). Sus fanes literalmente pagan por verla atiborrarse de comida (o stuffing) o por verla mensualmente subiéndose a la balanza.



Pero lo que me llama la atención es que, para sus aspiraciones personales y profesionales, Tammy de por sí no parece ser particularmente muy gorda. Cuando me recibe a la salida de su departamento y me extiende una grácil manita como saludo, su figura voluptuosa está moderadamente contenida por las imperturbables costuras de un vestido blanco de resonancias marilynescas. El vuelo del vestido que flota en la tímida brisa invernal y los pumps de tacón imposible remiten a la Monroe clásica. El rostro vital es el de la típica jovencita estadounidense. No hay que forzar mucho la imaginación para hallarle un parecido con Britney Spears, aunque extraviada en un rollizo mar de carnes exuberantes.

Ciertamente no es más obesa que muchas de sus colegas en el gremio del modelaje BBW. Es más, con sus 257 libras, Tammy es modesta competencia en la contienda de la gordura extrema para personajes como Rosalie Bradford de Auburndale, Florida, quien antiguamente detentaba el récord mundial para la mujer más gorda del mundo, nada menos que con unas contundentes 1200 libras de peso (el peso promedio para una mujer de su talla sería 139 libras). Tras su muerte en 2006 todavía es titular del récord para la mayor pérdida de peso lograda por una mujer (917 libras, casi unos 420 kilos). O Donna Simpson, actual merecedora de la entrada en el Guinness como la mujer más gorda en haber dado a luz (532 libras o 241 kilos). O la titular del récord actual, que a la muerte de Bradford quedó en manos de Pauline Potter, de Sacramento, California, con un peso de 643 libras (292 kilos). (Las modelos de tallas grandes más hermosas del mundo)

Pero a diferencia de estas luminarias de la gordura, Tammy todavía sigue en pie. Evidentes razones de supervivencia han llevado a los mencionados personajes a desdecirse en sus sonados intentos y optar por bajar de peso y adoptar un régimen saludable y menos estridentemente público, cerrando sus páginas web y retirándose. Antes de morir, la Bradford se deshizo del peso equivalente a tres personas de su misma edad y estatura. Aunque fue demasiado tarde. En principio, tal como la retrataban los primeros reportajes sobre su persona, Tammy parecía destinada a seguir sus pasos al pie de la letra. Mismo modus operandi: engordamiento voluntario, apertura de páginas de soft porn en internet, documentación visual de su progresivo engordamiento, búsqueda de dinero fácil, hambre de fama superficial.

Comparada con estas mujeres —y quizá sea un recuerdo de su pasada actividad deportiva antes de la transformación—, Tammy luce bastante saludable y libre para moverse. De hecho, solo requiere brevemente de mi ayuda en el parque en que se celebra nuestro encuentro debido a que los inclinados zapatos de tacón que trae puestos no se afirman bien en el pasto. Acaban de instalarse en un nuevo departamento y este escenario les parece más apropiado que el desorden natural de una mudanza aún no consumada.

Lo que la distingue de sus pares es sobre todo el hecho de que para ella esta es una meta personal. Parte de un viaje de redescubrimiento. Tammy Jung quiere alcanzar las 300 libras no por batir un récord ni por hacerse famosa ni por dinero. Lo que quiere Tammy Jung es ser gorda porque así es feliz.

Pero ¿quién era Tammy Jung? Retrocedamos en el tiempo y rehagamos los pasos de esta improbable joven rebelde. Hace dos años y medio, 150 libras atrás. Como a muchos adolescentes de su condición, tristemente la vida que le espera es un camino de conformismo, tedio, monotonía, aceptación de patrones de conducta. Es una chica alegre, radiante, altamente sociable, pujante, una rubia de clase media. Lleva una vida sana, es activa practicante de baloncesto y voleibol, y en el no-declarado sistema de castas que rige la vida social juvenil en los Estados Unidos, le ha tocado ocupar uno de los estratos más privilegiados y envidiables: es porrista en su secundaria. Como tal, rigen su vida una permanente vigilancia de su peso y una obsesiva necesidad práctica de conservar la figura para mantener la competitividad. Pero la felicidad real, más allá de las sonrisas forzadas requeridas por el gremio, le era esquiva.



“Me sentía infeliz conmigo misma. Nunca era lo suficientemente buena. Me miraba al espejo y tenía que cambiarme de ropa. Tenía que andar solo de negro. Ahora soy feliz, tengo confianza en mí misma, como nunca antes. Pesaba 100 libras, y si ganaba 10 me odiaba a mí misma. Hasta con 100 no parecía ser lo suficientemente flaca. Siempre quería seguir bajando”.

No fue necesario vivir una epifanía, una caída del caballo que separara su vida en un antes y un después. Simplemente ocurrió que un buen día ya no le preocupaba/obsesionaba más regular su peso. Y sin habérselo propuesto había aumentado así 40 libras.

“Al comienzo subí de peso involuntariamente. Solo dejé de hacer ejercicio y empecé a comer. Así fue como me di cuenta de que quería ser gorda, porque me gustaba comer carbohidratos y queso”.

Y la respuesta visceral a este cambio significativo en su fisonomía, la de una jovencita guapa y popular (en una sociedad tan obsesionada con la belleza física como la de Los Ángeles), fue más bien la de una exultante felicidad. Por primera vez —acaso por primera vez en una buena parte de su vida— siente una desbordante confianza en sí misma y una conciencia de la realidad de su propia belleza, de su ser mujer. La promesa de un mundo libre y desarraigado del totalitarismo de verse “bien”. Una nueva forma de la belleza.

Conoce en una disco a Johan, cuando ha alcanzado las 160 libras. El chico no solo queda prendado sino que la alienta a seguir en su empresa. La invita a tajadas extras de pizza cada vez que hay ocasión. Un día en la playa graban en un video como showcase de su nueva figura y lo cuelgan en YouTube. Desconocidos le prestan su apoyo y la animan a modelar. No solo la hacen sentirse mejor consigo misma, sino que ofrecen pagar por ver. Tammy Jung había nacido.

VIDEO KILLED THE PORNO STAR

Como fetish model, Tammy opera su improbable imperio de la gordura desde el valle de San Fernando en Los Ángeles. Porn Valley, o San Pornando Valley, uno de los indiscutidos epicentros de la pornografía mundial, con una facturación anual de 1000 millones de dólares. Cuna del cine adulto moderno, y en sus tiempos de gloria hasta más rentable que las ligas de básquet y fútbol americano, la industria hoy languidece por la competencia de la piratería y la renuencia del público a pagar por contenido. Hasta el fan más pintado acaba optando por la alternativa de acceder a videos sin pagar en los equivalentes triple X de YouTube o descargándolos ilegalmente. La atención del público se ha volcado a la producción amateur. Una vez identificado y definido su mercado cautivo, Tammy se sumó a las filas de la industria gracias a la plataforma online de pornografía amateur Clips4sale, que ha revolucionado el mercado del video adulto. La página permite a cualquier entusiasta pornógrafo con una cámara y conexión a internet convertirse en un productor aficionado con capacidad de ofrecer videos y fotos dentro de una vasta, espectacular gama de categorías, con posibilidades que cubren desde lo inocuo (reventar globos, fumar, sonarse la nariz, lavar los platos) hasta lo inicuo (y mayormente intraducible: bukkake, adult diaper, ballbusting).

Puro poder Hazlo-Tú-Mismo. La tienda virtual de videos de Tammy ocupa un lugar descollante en el género BBW: consistentemente dentro del top 5, incluso cuando deja de actualizar la página por falta de tiempo. Tammy descubrió que, de manera insólita, no solo extraños en todas partes del mundo estaban pendientes de su epopeya del engorde para manifestar su apoyo, sino que estaban inclusive dispuestos a pagar por asistir al desarrollo del proceso. Y en tiempos en que la piratería de internet ha sacudido las ventas de la industria porno y descarrilado las carreras online de muchas de las pornstars más prominentes del medio, nuestra gordita se las ha ingeniado para posicionarse y liderar. Tanto en su tienda de videos como en su página web personal. www.sexysignaturebbw.com ofrece una suscripción mensual de 20 dólares, en un clima en el que se ha reducido drásticamente el número de fanes decididos a pagar por dicha modalidad. Como están las cosas, el fan que paga es porque realmente así lo desea. Y cada segundo se gastan 3000 dólares en pornografía.



Son sus seguidores quienes han facilitado desde los comienzos de su vida pública este ascenso. Los anima un voyeurismo extremo y a la vez inofensivo. Y sobre todo fiel. Quieren ver a Tammy subiéndose a la balanza para consignar su nuevo peso. Tammy teniendo relaciones con Johan, su novio-mánager. Tammy con disfraz de Mujer Maravilla. Hay para todos los gustos.

Su rápido éxito ha dependido de este acceso horizontal a una plataforma mediática que lleve su mensaje a todas partes. Pero la fidelidad del público tiene doble filo. El fan que apoya puede ser también el fan que exige. Los pedidos de los admiradores a veces son expresión de fantasías insólitas e impensables.

“El pedido más popular es un fetiche de moras, vestida como Violet de Charlie y la fábrica de chocolate. Y recientemente me han pedido que haga de cheerleader, porque saben que lo hacía cuando era más joven. Lo que nunca haría es cosas de ir al baño, en lo que muchos insisten”.

Hoy por hoy, Tammy vive exclusivamente de sus ingresos como modelo y productora de su propio material. Es paradójico, sin embargo, que la totalidad de esos ingresos esté destinada a pagar por los alimentos que necesita en abundancia para alcanzar su meta. El Santo Grial de las 300 libras. Hay días en que puede gastar 200 dólares comprando cosas para comer.

Pero esta posición expectante en el mundillo de las BBW es secundaria en contraste con su mero amor por lo que hace. Su peso actual, el viaje hacia las 300 libras y quizá más allá, la satisfacción antaño esquiva con su propio cuerpo. Ganar dinero haciéndolo es un extra. Y no condicionar su vida en el camino.

Tammy desea así desmarcarse de la imagen frívola y venal, casi trailer trash, que dejaban los primeros reportajes sobre su personaje. La pintaban como una más en el Parnaso lamentable de íconos deleznables de la celebridad televisiva norteamericana, en la misma línea que Honey Booboo, los tipejos de Duck Dynasty o la real housewife de turno. Un síntoma más de la penuria cultural de un imperio en declive. Pero ella no está engordando como si fuera una mercenaria, para ganar más dinero (como enfatizaban algunos titulares, con una lógica que postulaba: a más kilos, más dólares), sino porque la hace sentir bien.



FINAL



Se suele asociar la obesidad con cuadros psicológicos de depresión y problemas de autoimagen. Pero en el caso de Tammy, engordar parece liberar algún tipo insospechado de intoxicante endorfina, un rush de felicidad y satisfacción consigo misma. Viéndola, la verdad es que es difícil asociarla con las alarmistas visiones apocalípticas de una obesidad planetaria con proporciones de epidemia. Brilla en ella un ideal mental del binge eating como acto de pureza última, un zen del rollito y la doble papada. Una utopía de la fritura tóxica reivindicada y del carbohidrato desbocado. Una actitud cifrada en la sonrisa, ganadora y agradable en la tradición all-American de icónicas rubias tontitas del milenio como Britney Spears o Anna Faris, pero reinventada para tallas plus-size.

Quizá no sea merecedora de una entrada en el libro Guinness, pero sí estamos seguros de que es la gorda más feliz del mundo no solo contenta recorriendo un reparador camino de reconversión personal sino compartiéndolo y llevándonos con ella en sus aventuras. Acaso apuntándonos inadvertidamente a la posibilidad de un mundo donde vivamos más contentos con nosotros mismos.

Un ataque a la antipática obsesión de la cultura contemporánea con patrones occidentales de belleza y bienestar: vistosa, glamorosa, perfecta. Acaso sin habérselo propuesto, Tammy lanza la botella al mar de un llamado por la impureza, la imperfección. Acaso sea una más de muchas manifestaciones de un cambio paradigmático que se avecina —pienso en la cantante pop Lorde tuiteando un selfie con la cara embadurnada en crema antiacné—. Está bien tener fallas. Reinventar el cuerpo como zona liberada, espacio de creación heroica, como un patio de juegos para la fantasía, como terapia.

Control es un tema central en la reinvención de Tammy. Control sobre su propio cuerpo, su propio destino, su propia felicidad, su imagen de sí misma. En el acto aparentemente banal y algo grotesco de atiborrarse de comida literalmente todo el día, Tammy enarbola su derecho a la reinvención radical en una sociedad por una parte adicta a las reinvenciones y por otra estrictamente puritana en relación al exceso. Pero la senda del exceso conduce al palacio de la sabiduría, decía Blake, y en los brazos rollizos, en las fofas protuberancias del vientre, en los muslos estriados, en la doble papada y el rostro de reina de promoción casi ahogándose en un mar de mofletes, Tammy ha encontrado una forma única de equilibrio interior. Y de connotaciones revolucionarias. ¿Es Tammy el primer síntoma, la cabeza de playa de una invasión negadora de la nueva moralidad del cuerpo sano y de la corrección y conformismo clasemediero en sociedades afluentes como la de su país? Una bomba de relojería en el corazón del suburbio estadounidense, ese bastión casi totalitariamente indestructible del anestesiado statu quo. Contra la dictadura de la belleza física tradicional y la salud; contra la sanción social sobre nuestros cuerpos y cómo los entendemos.

Antes de despedirnos, propongo incluir a Johan en algunas de las fotos de la sesión y ambos acuerdan que para dicho fin Tammy se cambie a ropa más informal. El tamaño de sus piernas y brazos parece incrementarse al pasar del vestido a leggings y suéter, pero la armonía de ambos más bien sale a relucir de una manera que no había sido obvia antes. Johan ahora luce menos reservado y afectuoso con ella que durante la entrevista misma. A mi pesar, tengo que fungir de instigador de poses románticas; miraditas por aquí, besito por allá. Los ánimos se aligeran. El temor implícito a que los tergiverse como han hecho en otros medios se disipa. Hasta llega el fatídico momento de responder sobre la comida peruana cuando se enteran de mi nacionalidad, con la insólita sorpresa de que incluso el ceviche peruano se ha incorporado con honores a la carta de manjares engordantes de Tammy.

“Siempre me ha encantado la comida, toda mi vida, solo que antes trataba de mantenerme alejada de ella. Pero me encanta tanto ser gorda que ahora trabajo en ello”.

Tammy calcula que llegará a las 300 libras al comienzo del verano.

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