Después de marcar una docena de veces, sin éxito, a un celular que en teoría era de Amir Farroukh, finalmente recibí de vuelta una llamada: era la voz de una mujer que hablaba entre susurros, como si estuviera en un escondite subterráneo, para decirme que le daría mi razón. El tono de su voz me hacía recordar aquella conversación entre Alí y su hermana Zahra al comienzo de Los niños del cielo, cuando la pequeña dice en voz baja para que su padre no los oiga:

—Alí… ¿Qué voy a hacer mañana? No puedo ir al colegio sin zapatos.

A esas alturas todo lo que rodeaba la búsqueda de Farroukh, o Alí, se estaba convirtiendo en un episodio surrealista incluso para Irán, donde cada cual protege su privacidad (al igual que el pellejo) y donde es común que se desconfíe de una llamada de un número desconocido. Una de las personas que por semanas me habían ayudado a buscar a aquel niño de la película me advirtió que su vida no había tomado el mejor rumbo.

“Creo que es mejor que se quede con la imagen de Alí”, me dijo este hombre cercano a los colaboradores de Majid Majidi, el director de la película y quien descubrió al niño, 17 años atrás, en un colegio en el sur de Teherán.

Justo en el momento en que Majidi entró al aula en busca de candidatos para su película, Farroukh estaba llorando porque el profesor de dibujo lo regañaba por no haber hecho las tareas. Le pidió de inmediato que saliera y que contestara unas preguntas frente a la cámara. No había duda: él era el protagonista. Después de haber intentado con casi 3000 niños, Majidi por fin había encontrado a Alí, el niño pobre de una familia religiosa que debía buscar desesperadamente la manera de recuperar los zapatos de su hermana menor, que él mismo había perdido. La misión era doblemente dura porque sus padres no podían enterarse, no querían añadir una preocupación más a la pobreza que los rodeaba y evitar, de paso, un castigo. Con el tiempo, Los niños del cielo pasaría a convertirse en la película más famosa de este director de la nueva generación de cineastas iraníes. No en vano fue nominada al Premio Óscar a mejor película extranjera en 1998. La tendencia, para entonces, era trabajar en temas simples con niños y otros actores sin experiencia. Como este caso.

Finalmente, logro contactarlo. Sí era su celular, para fortuna de esta búsqueda que parecía no tener luces.

“Yo nunca me he desaparecido”, asegura Farroukh en una oficina estrecha donde apenas caben dos escritorios y un par de sillas. Afuera, decenas de hombres con camisas y pantalones gastados y sucios con manchas de grasa mueven las barras de hierro que se venden en este local. Alí —o Farroukh— trabaja en uno de los tantos galpones de este bazar inmenso y caótico dedicado a los productos de metal en el sur de Teherán.

Fue fácil reconocerlo. A las diez de la mañana, como había acordado, esperaba a la entrada del galpón con unos jeans desteñidos, una camiseta gris de manga larga ajustada y unos tenis blancos como los que comparte con su hermana en la película, solo que estos son marca Nike. En el sur de Teherán, me explicó después, la gente se preocupa mucho por tener zapatos buenos. Él tiene cinco pares. Todas estas confesiones las hace con una sonrisa nerviosa que deja en evidencia una dentadura gastada de tanto bruxar y fumar.

A pesar de que está lejos de ser ese niño escuálido y frágil de 9 años que aparece en pantalla —las largas sesiones de gimnasio lo han vuelto fuerte—, sus ojos terminan por delatarlo. Tienen la expresividad con la que cautivó a Majidi y a todo el equipo de la película, que no olvidan cómo ese niño les hizo la vida más divertida, y a veces más dura, durante los cuatro meses de rodaje. Era inteligente y bastante despierto y recursivo ante las cámaras, pero al mismo tiempo bastante hiperactivo y hablador. Lo sigue siendo.

“Era mi novia”, aclara Farroukh antes de empezar a contar su historia.

La mujer que había contestado al teléfono misteriosamente era su nueva pareja, quien, por lo que da a entender, no le ha contado a su familia que sale con un chico divorciado hace pocos meses y a quien el matrimonio le duró solo tres. Me dice que la familia de su exmujer quería ponerle problemas y eso dañó todo. Dice que querían mucho dinero, y luego querían cambiarle su actitud: que por qué fumaba, que por qué se vestía informal, que por qué se divertía en exceso. No aguantó más y se divorció de la chica que me muestra en una fotografía: ella aparece cubierta con el chador negro que llevan las mujeres tradicionales iraníes. La foto la guarda aún en la billetera.

“Las relaciones en Irán no son como en Occidente”, dice Farroukh riéndose de nuevo. Su risa es permanente durante nuestra conversación, interrumpida adrede por sus compañeros de trabajo. Era obvio que ese universo masculino que lo rodeaba estaba disfrutando de los minutos de fama de Farroukh, que después de años de silencio sentía que ya era hora de que alguien se acordara de él. Me dice que esta es la primera entrevista que le hacen en su vida adulta.

“Ustedes tienen suerte, yo nunca pude encontrarlo”, me dijo en un encuentro posterior el realizador de documentales iraní Mohammad Reza Azadgar, quien hace cuatro años hizo un especial dedicado a Los niños del cielo.

Lo buscó allí donde le dijeron, sin éxito. Incluso el actor Reza Najji, que hace de padre en la película y que siempre ha tratado de mantener contacto con Farroukh, aseguró entonces frente a las cámaras que el pequeño actor estaba desaparecido. Días después de emitido el documental, Azadgar recibió una llamada de Alí en la que le decía que estaba vivo. Fue entonces cuando lo invitaron para que participara en un homenaje que le iban a hacer a Majidi en Teherán en esos días.

“Fue emocionante la reacción de Majidi, su cara de sorpresa, al verlo en el teatro después de casi diez años. Se le aguaron los ojos”, cuenta Azadgar en el frío salón de la casa que tiene como oficina en el centro de Teherán.

Los recuerdos de Alí, sin embargo, no van por el mismo lado. No puede ocultar cierto rencor hacia Majidi y a lo que ha sido su vida en los años posteriores a la película. Para empezar, se queja de que todavía le duelen las rodillas de tanto correr. No olvida que le hicieron repetir varias veces la carrera en la que participa con la ilusión de quedar en el tercer puesto para poder ganar unos tenis para Zarah. El esfuerzo era tanto que cada tarde durante la filmación buscaba a alguno de los miembros del equipo de producción para que le hicieran masajes y curaciones.

También se queja de que nunca lo llevaron a reclamar ningún premio ni a ningún festival, incluido el Óscar. Era la primera vez que una producción iraní era nominada en la categoría de mejor película extranjera.

“Pero regresó con la manos vacías y eso me hizo feliz”, dice refiriéndose a Majidi.

“El problema de trabajar con niños es que después de terminada la película se sienten abandonados. Un poco huérfanos”, me explicó Raza Najji. Esto es común en el cine iraní, que se ha acostumbrado a trabajar con críos sin ninguna relación con el mundo artístico. Najji, que debutó en el cine en Los niños del cielo y que posteriormente se convirtió en uno de los pocos que han ganado Oso de Plata a mejor actor en Berlín, pone como ejemplo a otros directores, como Abbas Kiarostami o Jafar Panahi, que también han optado por lo mismo.

Farroukh le atribuye a la película “mal ojo”. Su padre, que para entonces tenía negocios de propiedad raíz, tuvo problemas económicos inmediatamente después de terminado el rodaje y toda la familia tuvo que trasladarse a un pueblo de provincia. Pasaron dos años para que su padre se recuperara y pudiera regresar a Teherán; a otro barrio, pero a Teherán finalmente, donde las niñas lo reconocían gracias a que los afiches de Los niños del cielo todavía circulaban por la ciudad. “Uffffffffff, me acosaban. No me dejaban tranquilo”, dice.

Pero era pequeño y no les prestaba atención, como lo hubiera hecho si su éxito hubiera llegado a los 26 que tiene ahora. También le hubiera prestado más atención al dinero. Se queja de que nunca recibió nada adicional por las ganancias que tuvo la película, algo que no estaba firmado en el contrato. Se tuvo que conformar con los 100.000 tomanes de entonces, que equivalían a 100 dólares.

“Lo que pasó con esos niños fue que oyeron hablar mucho de las ganancias de la película y con seguridad la gente a su alrededor comentaba cosas”, dice Azadgar mientras muestra imágenes de su documental en un ordenador portátil. Opina que el productor pudo haberles dado algo adicional cuando vendió los derechos al extranjero.

Otro desengaño de Farroukh fue su carrera en el cine. Por algún tiempo quiso seguir, alcanzó a actuar en dos series de televisión, pero se desanimó rápido cuando después de terminada su formación técnica como mecánico intentó entrar a la escuela de actores de la Radio Televisión iraní. Le quedó faltando medio punto para pasar el examen. Entonces le dijeron que si llevaba una carta de Majidi, le ayudaban. Dice que lo buscó, pero estaba de viaje. Esa, al menos, es su versión.

“Siempre hay gente por ahí diciendo que si les doy dinero me ayudan a buscar una película, pero son estafadores”, se queja Farroukh. De política prefiere no hablar, me advierte.

Por esta razón ha decidido enfocar su vida por otros rumbos. Por un lado ha seguido el negocio de su padre. Tiene proyectos de propiedad raíz con su hermano menor —son cinco en total—. Por otro lado, administra junto con su mejor amigo, “más que un hermano”, este negocio en el bazar de metales desde hace seis años. Pero como muchos iraníes de su edad, se quiere ir del país, quiere intentarlo por Dubái, donde vive uno de sus tíos.

“Era muy necio. A veces me volvía loca”, reconoce Bahare Seddigi, su hermana en la película, frente a la cámara de Azadgar para el documental que llamó Los colores del cielo. Su cabeza está cubierta con un largo pañuelo claro y sostiene en sus manos las gafas de ver. Era obvio que evitaba dejarlas en evidencia. Su mirada, al igual que pasa con Alí, sigue siendo igual de potente. Tiene la misma melancolía y determinación que cuando tenía 9 años y hacía las veces de Zahra, la niña a la que su hermano le había perdido los zapatos.

También sigue siendo, igual que entonces, muy reservada y apegada a su madre. Si Azadgar no hubiera convencido primero a su madre para que Bahare participara en el documental, nunca hubiera aceptado. Nunca más quiso actuar en una película y se ha mantenido alejada del mundo del cine. Tampoco quiso estudiar teatro, como le insinuó su familia cuando acabó el bachillerato. Insistió en que lo haría una vez terminara su carrera de Ingeniería. Pero nadie sabe si lo hizo. Se le ha perdido el rastro. No vive en la misma casa, sus vecinos no saben dónde está y en la universidad desconocen su paradero. Cuando Azadgar la visitó hace cinco años, quedó con la impresión de que era una familia que trataba de sobrevivir sin la presencia de un padre que nadie sabía si las había abandonado o había muerto.

“No tengo ningún recuerdo en especial”, contesta Bahare frente a la cámara cuando Azadgar le pregunta por el rodaje. Segundos después cambia de opinión y se refiere a un episodio que le molestó mucho. La pequeña se dio cuenta de que su madre desaparecía del set cada vez que Majidi quería que llorara. No tardó mucho en darse cuenta de que esa era la estrategia para ponerla al límite.

“Le dije entonces que me pidiera que llorara y yo lloraba por él. Pero que no hiciera eso”, cuenta.

Con el pequeño Alí, la estrategia funcionaba diferente. Los asistentes de Majidi gritaban y decían que nada estaba saliendo bien. Al verse rodeado de caos, empezaba a llorar. La escena que Alí no olvida, sin embargo, es cuando está sentado en la pileta de la entrada de su casa con los pies adentro del agua. La idea era que los pescados de colores se le acercaran para acariciarlo. Pero tuvieron que recurrir a miles de trucos para que esto pasara, entre ellos, pegar comida en sus pies, que habían quedado lesionados después de tanto correr para traerle de vuelta los zapatos a Zarah.

“Cada vez que veo un niño pobre, me acuerdo de Alí y trato de ayudarle”. Dice que no ha vuelto a saber nada de Bahare. En una ciudad de 14 millones de habitantes no es difícil desaparecer.

“Yo la quería como a una hermana de verdad, éramos buenos amigos”, me dice mientras posa para las fotos como si fuera algo que hace diariamente y dando fin a la entrevista. No podía ocultar cierta felicidad. Después de 16 años a alguien le interesaba saber qué había pasado con la vida de un niño que interpretó, sin saberlo, la de tantos niños del mundo.

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