Traía las fosas nasales y la garganta tupidas por el polvo pegajoso de la carretera cuando llegó por fin a aquel pueblo que ahora abrasaba como un torrente de vitalidad el fuego del mediodía. Dos años por lo menos sin venir y el hacerlo ahora, cuando su hermana no podría ya agradecérselo, lo hacían sentirse decididamente culpable. Y, sin embargo, los matarratones, palmeras y tamarindos que bordeaban las calles parecían darle la bienvenida con el saludable empinamiento que la canícula -esa misma que a él daba la impresión de querer agostarlo- les dispensaba.
Enrumbó el campero por una calzada rectilínea y sofocante que, al cabo de dos o tres cuadras de resol encarnizado, lo condujo al frente de la Clínica de Maternidad Santa Rita. En ella, pensó, su hermana había sobrellevado por años un quehacer apostólico que llegó a convertirla en una especie de calificada intercesora ante el Cielo para los devotos moradores de Armero. En otros tiempos, acostumbraba visitarla de mes en mes, lo cual la consolaba ciertamente de la lejanía en que debía desempeñarse, pero a partir del momento en que dejó Ibagué para radicarse en Bogotá las horas tediosas de la carretera lo desanimaban. Ahora, su hermana había muerto en circunstancias que él llamaría repulsivas y, por cierto, absurdas para una esposa de Jesús.
Subió los cuatro escalones de la entrada y, en la recepción, se despejó la nariz con el pañuelo de hilo que su nerviosismo habitual le había impedido extraer del bolsillo trasero mientras conducía. Era la una menos cuarto de la tarde y la mujer uniformada le informó que el doctor Velilla lo aguardaba hacía como tres horas, y que ahora no podría recibirlo sino a eso de las tres y media.
En el espacioso vestíbulo, unas cuantas mujeres embarazadas conversaban o hacían labor de punto mientras llegaba su turno de ser examinadas por ginecólogos. Francisco Rosero pensó en aquel proverbio según el cual los hijos sorben a sus madres cuando pequeños y a sus padres cuando grandes. No era que lo considerase un dogma, pero lo había inducido a mantenerse soltero. Para purificarse de esas malas imaginaciones, se dijo también que, en muchos casos, el niño constituye la materialización del amor. Aquellos que aún palpitaban en esos vientres pronto retozarían, alegrándolo, por este pueblo que su hermana monja había amado como propio.
Almorzó en una sancochería de la plaza y casi daba cuenta ya del tamal tolimense cuando vio a un individuo con un altavoz que exhortaba a los vecinos a no prestar oídos a las consejas que se difundían por algunas emisoras de radio. Por unos momentos, se preguntó a qué consejas podía referirse aquel tipo macizo, membrudo, a quien la gente escuchaba con credulidad y obediencia. Preguntó y le indicaron que era el alcalde y que las consejas se referían a una posible catástrofe de la cual no sabían dar ninguna referencia valedera. Al parecer, existían personas interesadas en esparcir el pánico por la región. Pensó en alquilar por unas horas alguna habitación de hotel a fin de dormir una siesta, pero prefirió entrar a la iglesia parroquial y rezar unas cuantas plegarias por su hermana. El templo se hallaba casi desierto y era curioso de qué manera podía percibirse lúgubre y espectral a esa hora que en el pavimento de la plaza era de sol reflectante. Una mujer toda de negro, cubierta con un chal, avanzó de improviso hacia el altar mayor y, alzando las manos como para atraer la atención, elevó la voz con una energía detonante para anunciar que todo estaba consumado y que la cólera del Señor habría de abatirse en forma definitiva sobre la grey licenciosa. En sus ojos brillaba la llamarada fanática y más parecía una sierva o mensajera de Lucifer que un alma de Dios.
El doctor Velilla lo recibió a las cuatro. Era un hombre alto, muy delgado, con un rostro cadavérico que, bajo la luz escuálida de su consultorio en la Clínica Santa Rita, podía dar la impresión de un aparecido. Francisco pensó, tras unos minutos en que permanecieron mudos mientras el ginecólogo actualizaba ciertas informaciones en una libreta, que aquel hombre debía carecer de comercio alguno con la risa o con el regocijo. Una vez hubo concluido sus notas, lo oyó decirle:
-Supongo que está usted preguntándose qué pudo inducir a su hermana, la madre Angélica, a cometer semejante locura. Lo que voy a referirle acaso no sea suficiente para explicarlo, pero es todo lo que sé y créame que nadie sabe una palabra más. La historia, señor Rosero, podrá resultarle un tanto afiebrada, quizá extravagante. Déjeme asegurarle que es fidedigna.
-Me siento ansioso por conocerla -repuso Francisco-. El suicidio no estaba entre las acciones que era posible esperar de mi hermana. Monja como era, fue siempre también una mujer abnegada, cuyo humanitarismo acusaba perfiles bastante modernos. Jamás barrunté en ella asomos de fanatismo. Su sentido religioso dejaba ver cierto rigor, cierto ascetismo de tono filosófico.
-Así es -ratificó el médico-. Y, no obstante, una vez oiga la historia, tendrá usted que aceptar la presencia en su hermana de síntomas que podían presagiar la locura.
El relato del doctor Velilla fue parco y directo. Su rostro y su voz no delataron en momento alguno emociones que pudieran embargarlo. Era un alma científica y todo lo consideraba en frío, como bajo un microscopio. Comenzó relatando de qué manera la comunidad a la cual pertenecía la madre Angélica se vio conmovida al descubrir que una de sus novicias, la hermana Trinidad, se hallaba embarazada de cinco meses. Se trataba de una muchacha que solía cumplir con rectitud y convicción las normas de su regla. Jamás salió sin compañía del convento y no parecía hacedero que hubiese sostenido relación alguna con varón. Su embarazo, pues, tenía que haberlo obtenido en la soledad de su celda.
Ahora bien, la hermana Trinidad aseguraba que, en alguna noche de varios meses atrás, había experimentado con pánico como si una sombra, más espesa que la oscuridad circundante, se aproximara a su lecho y profanara su castidad. El violador era en realidad un efluvio lleno de negrura, cuya cercanía pasmaba de terror e impedía cualquier movimiento defensivo. La posesión fue instantánea y la novicia decía haber sentido que una esperma helada la invadía como una ofrenda de las tinieblas. Recordaba de qué modo, por lo demás, había informado por entonces del hecho a la prefecta. Ésta se limitó a suponer que la novicia había pecado en solitario por razón de la castidad forzosa, que hacía a veces que las religiosas se desbarrancaran por el abismo de los goces autoinfligidos, por llamarlos de algún modo. Mas la evidencia de su embarazo fue corroborada por el propio doctor Velilla, quien auscultó en secreto a la hermana Trinidad a instancias de la madre Angélica, que trabajaba como ayudante suya de enfermería. Aunque el fenómeno carecía de explicación, la comunidad accedió a que la novicia trajera su hijo al mundo en aquel centro, rodeada del sigilo más absoluto, para luego darlo en adopción.
La criatura nació hacía exactamente dos semanas. El parto no presentó problemas de ningún género. El doctor Velilla recibió al bebé en sus manos y le aplicó la nalgada que lo haría llorar y, por tanto, respirar. Luego lo entregó a la madre Angélica para que lo deshiciera de los quinientos gramos de placenta y de cordón umbilical, y lo lavara. Cuando realizaba esto último, la monja emitió de pronto una exclamación y dejó caer al recién nacido. El médico, que no lograba entender el ataque de histeria de que era presa su ayudante, se apresuró a alzarlo, solo para comprobar que había perecido por rotura craneal. No dejó de advertir, desde luego, la fealdad escalofriante del rostro de la criatura -una fealdad que hacía pensar en una ausencia de estructura humana-, probable razón de la torpeza de la madre Angélica.
Interrogada, esta dio, sin embargo, una versión más compleja e inesperada. Dijo que, al advertir la fealdad inusitada del rostro de aquel bebé, lo expresó en un suspiro que llevó tan solo estas palabras: "¡Dios, qué niño más feo!". De repente, la criatura abrió los ojos y, mirándola con fiereza, mientras enarcaba una ceja respondió con voz bronca y rencorosa: "¿Feo? Más feo es lo que va a acontecer en este pueblo". Fue entonces cuando, llena de horror, lo dejó caer. El doctor Velilla cumplió con informar de todo ello a la dirección de la clínica. Debía, ante todo, salvar su responsabilidad.
La madre Angélica fue reprendida con severidad y castigada con la destitución. Pero casi ni cayó en la cuenta de ello, tal era el horror que aún la estremecía. La criatura monstruosa fue enterrada con premura, por cuenta del convento y, por previsión comprensible, sin que su madre llegara a contemplarla. A la mañana siguiente, las profesas hallaron a la hermana de Francisco Rosero colgada de una viga del techo de su celda. Había dejado una nota de suicidio en la cual sostenía la inexistencia de todo poder en el Cielo y la omnipotencia universal del Infierno.
Tales eran los hechos, los "hechos escuetos", al decir de Velilla. Rosero le preguntó si en verdad la criatura le había parecido tan monstruosa como para desatar aquella reacción en su hermana. El ginecólogo respondió que no lo dudara, pero aclaró que ello podía deberse a factores del desarrollo en el vientre de la novicia o, incluso, a medicamentos ingeridos por ella durante la gestación. Por lo atinente a las palabras que la madre Angélica había oído brotar de su boca, estas solo podían corresponder a una ilusión motivada por el histerismo en que cayó por la fealdad del bebé. El entierro de la monja, por súplica que la superiora elevó ante la parroquia, se había celebrado en camposanto. De ella guardaría siempre Armero, se preocupó Velilla por comentar, memoria devota.
Al cruzar la plaza para dirigirse hacia la carretera y regresar a Bogotá, Rosero vio a un sacerdote -acaso el cura párroco- llamando a la comunidad a desalojar la población, si querían salvar sus vidas. Bajó del campero y anduvo hacia él, para indagar por los motivos de su exhortación. El religioso le aseguró que era inminente una avalancha de lodo, proveniente del volcán Nevado del Ruiz, que sepultaría a la población. Rosero juzgó alucinada aquella inferencia y sonrió para su capote. Tampoco las personas reunidas en la plaza daban la impresión de dar crédito al tonsurado, a quien -con harto sentido común, pensó Francisco- debían considerar atacado por la locura. Encaminó el vehículo hacia la carretera. Debió dormir en un hotel de Silvania, ya próximo a Bogotá, porque el cansancio terminó venciéndolo.
A la mañana siguiente, cuando encendió el motor y luego el aparato de radio, la noticia le hizo frenar en seco. Comprendió que tanto el doctor Velilla como las mujeres que aguardaban la consulta en la Clínica Santa Rita y los hijos que moraban en sus vientres y las monjas del convento y la tumba de su hermana y el alcalde y quizá el cura párroco y todas las gentes que había visto en Armero, yacían ahora bajo toneladas de barro. El horror lo obligó a apurar un aguardiente en una fonda de la carretera. En aquella ocasión, los dados del destino no parecían haber caído bien de la mano de Dios. Acaso habían caído, se dijo, de una mano más negra y vituperable, la misma que labró el rostro horrible y la boca premonitoria que quitaron la razón a la madre Angélica.

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