Desde que era niña sentí una especial afición por los animales y, más tarde, cuando tomé la decisión de ser artista, ese interés se vio reflejado claramente en mi obra. Mis esculturas, muchas veces, han tenido como eje ranas, lagartijas, pirañas, mariposas, gallinas, murciélagos, moscas, culebras, ovejas. Por ejemplo, mi obra Sol negro, de 1990, consistió en muchas moscas pegadas a una bola de icopor, aludiendo de alguna manera a esos cuerpos asesinados, masacrados y que son hallados gracias a esos insectos que revolotean sobre los cadáveres. En general trabajo con animales reales, que en verdad existieron. La mayoría son animales disecados que me dan la oportunidad de conservar un instante, de referirme a esos seres que tuvieron vida. Algunos los compro por catálogo en Estados Unidos, aunque también conseguí pirañas como souvenirs en el Amazonas. Llevo más de 20 años estudiando el mundo animal y siento igual o más pasión por los museos de ciencias naturales que por los museos de arte.

En medio de ese trabajo con los animales, hacia 1993 surgió un proyecto que casi se convierte en mi proyecto definitivo de vida: un circo de pulgas. Yo misma era la adiestradora y presentadora del show que se desarrollaba en una pequeña carpa y que, para facilidad de los espectadores, contaba con unas pantallas de videos que permitían ver los detalles de la presentación. Construí aparatos miniatura propios de un circo: columpios, pista de baile, un cañón para la pulga bala, carritos para que las pulgas los jalaran, también creé un monte Everest para que alguna pulga llegara a la cima.

Yo tenía referencias de un espectáculo similar del siglo XIX, pero por ningún lado encontré cómo se adiestraban pulgas. Lo mío fue ‘prueba y error‘. Ensayaba y ensayaba con algunas pulgas mientras les daba de comer de mi propia sangre: me chupaban el brazo durante 20 minutos. Leyendo supe que eran muy elásticas, que podían saltar mucho sin parar, y que eran muy inteligentes.

Mi obsesión por el circo fue tal, que durante cinco años no me dediqué a nada más. El Cardoso Flea Circus llegó a varios de los centros artísticos más importantes del mundo como el George Pompidou de París, y en el Opera House de Sidney tuvo más de 30 presentaciones. Me encantó atraer no solo público seguidor del arte sino todo tipo de públicos. Lo que más curiosidad me producía era la reacción de la gente: más de una vez me trataron de sabotear el show por supuesto abuso de las pulgas, mientras que me pregunto: ¿cuánta gente realmente protesta por la violencia, por la muerte indiscriminada de personas? Las pulgas, que en la era moderna son animales repudiables, eran ahora parte de un show, que alude a muchas cosas: ¿por qué sí hay permisividad con otro tipo de circos? ¿Por qué los que rechazaban el circo de pulgas no hacen lo mismo con la injusticia social que los rodea? ¿Por qué, más bien, no hacer algo al respecto? ¿Por qué esa repentina solidaridad con animales de los que siempre el hombre huye? Claro, hablo de unas minorías. De resto, el show tuvo una gran aceptación donde lo presentaba y eso me gustó mucho.

Hace casi 10 años ya que no trabajo con el circo, pero sí sigo con mi investigación con animales. Han venido obras de todo tipo y justo ahora estoy exhibiendo, en la Galería Casas Riegner de Bogotá, mi más reciente trabajo basado en el camuflaje, en cómo ciertos insectos se ‘esconden‘, se disfrazan de hojas o ramas con tan gran maestría que logran acomodarse a ese ambiente que los rodea y pasar inadvertidos. Creo que hay una belleza evidente en ese comportamiento y a la vez una estrategia de sobrevivir a la naturaleza. Insisto: los animales son una metáfora del hombre.

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