Había que caminar desde la estación de tren y pasar un puente, luego un prado y luego otro puente. Te encontrabas con una veintena de cabañas alineadas, todas idénticas. Hacia el fondo, una nueva cuadrilla de cabañas y un círculo de cemento rodeado de arbustos. La principal actividad económica del pueblo era la industria maderera. También la artesanía. La agricultura, en cambio, estaba muy venida a menos. Aun así, parecía un pueblo autosuficiente. El bosque, tras las cabañas, se veía más pequeño ("más pequeño que en los cuentos" pensé, pero quería evitar esas alusiones). Se veía simplemente pequeño. No era difícil saber cuál era la Casa-Museo. Una enorme y vetusta rueca de madera adornaba la entrada. Una réplica. La puerta de ingreso era estrecha. Un perro se ocultaba detrás de la rueca y miraba a los visitantes con astuta melancolía.

Sentía en mi mochila el peso de las cosas que había comprado el día anterior. De las "que me había provisto" para ser más exacto. Cosas inútiles, baterías, linternas, sogas, una cuchilla afilada que siempre quise tener. Cosas excesivas, como dos sándwiches de atún cuando últimamente no puedo ni con uno. Cosas que sí tenían sentido, como una botella de agua y algunos dulces. Acomodé la mochila sobre mis espaldas, un gesto decidido, antes de entrar por la puerta de la Casa-Museo.

La mujer que atendía el ingreso, y me cobró diligentemente la entrada, debía tener más de 90 años. Era un milagro que estuviese de pie sin ayuda. También era la encargada de vender los souvenirs: tarjetas postales, lapiceros en negro y azul, llaveros de acrílico, vasos de plástico y de cerámica, tallas de madera. Una vez comprado el ticket, debía avanzar por un pasadizo. Al costado, dos habitaciones decoradas con mantelitos de croché y colores pastel se ofrecían con las puertas abiertas. Una docena de ancianos se repartían entre los cuartos. Algunos jugaban póquer. Al costado, otros veían una TV cuadrada y enorme, como una roca. Eran El Cuarto de la TV y El Cuarto de Póquer. En cada habitación había un sofá y los ancianos que no estaban haciendo nada se tendían sobre ellos. Algunos conversaban en voz baja y otros se hundían en los cojines sin hablar, examinando sus manos y las uñas quebradas de sus dedos. En realidad, no era muy distinto de cualquier geriátrico. Pastillas de colores alineadas en depósitos de aluminio, bolsas de suero, balones de oxígeno, inyecciones de insulina, jeringas, algodón. Y aquel olor astroso, a esporas, el olor de la vejez.

Al fin, salió a recibirme un señor que, dadas las circunstancias, no podía llamar "anciano" aunque quizá llegase a los 70 años. Caminaba dando brincos y tenía la sonrisa petrificada. Llevaba una corbata. Un muñeco recortado de un Manual de Protocolo editado por Reader‘s Digest. Me preguntó, extendiéndome la mano, si yo era el de la revista. Sí, confirmé, soy el de la revista. Me abrió el paso de inmediato. "Podrá verlo en unos minutos, ya sale", dijo y luego me preguntó si no venía un fotógrafo. Abrí mi mochila, saqué una cámara instantánea y se la mostré. Pareció decepcionado pero lo disimuló. "Ya viene —dijo—. Pueden hablar donde estén más cómodos". Luego desapareció por un pasadizo más estrecho y largo que el anterior. Me introduje en la primera habitación que encontré. Estaba vacía. Era una antesala. Olía a madera. A pino. Quién sabe cómo huele el pino. Pero pensé que decir que la antesala olía a pino era un buen comienzo para mi nota. Entonces apareció por una puerta lateral el Príncipe. Arrastraba los pies pero parecía jovial. Estaba vestido como se supone que se visten los príncipes de los cuentos. La ropa le quedaba mal, era un pésimo traje, un traje ridículo incluso si no fuera ya bastante absurdo llevar algo así en pleno 2009. Parecía un disfraz comprado en saldos. Tenía una corona. Antes que un Príncipe, yo hubiera creído que era el protagonista de un infocomercial mediocre de autos usados. El Príncipe de los Deseos. Las tres de la madrugada es la mejor hora para anunciar autos usados. Los insomnes, los desesperados, los que dejan la televisión encendida para sentir que hay alguien en la casa. Cualquiera de ellos querría aprovechar un Ford a un precio insuperable ofrecido por un viejo vestido como el Príncipe de los cuentos de hadas.

"Supongo que quieres ver a la Bella Durmiente", me dijo. Yo le comenté que en realidad, no era necesario. Lo que quería era hacer una nota sobre él. Pareció sorprendido. "¿Has venido hasta aquí para hablar con un pobre viejo?", gritó y dio un aplauso. Le comenté que mi idea era describir cómo era la vida de un Príncipe destinado a casarse con una princesa de cuento de hadas, pero que luego del primer beso ella no despertó ni despertaría luego del segundo ni del tercero. "Qué podía hacer, simplemente no funcionó", empezó a disculparse pero no me dejé interrumpir. Le dije que quería saber, además, cómo se les ocurrió la idea de esta Casa-Museo, y cómo, poco a poco, fue llenándose de ancianos venidos de Dios sabe dónde. "Decrépitos, como yo, dirás", acotó. También quería saber si les iba bien con la Casa-Museo, si había tours guiados, si los turistas aún venían a ver a la Bella Durmiente en su urna de cristal, eternamente joven, esperando el beso de amor que la despierte. El Príncipe hizo una mueca ante esta última frase y supe que había hablado de más. Me quedé callado. "No viene mucha gente", confesó. "Hemos tenido tiempos mejores. Ahora los niños prefieren ir a Disney o donde sea, un lugar con delfines y cosas así, prefieren comprarse juguetes o juegos de videos, a quién le importa ya ver a una princesa dormida sacada de un cuento que ya nadie cuenta". Se quedó pensativo y agregó: "Tampoco nos ayuda el acceso. Es complicado llegar acá. Desde la estación hasta la casa hay que caminar mucho. Treinta minutos más o menos. Demasiado para los niños obesos y sus padres, también gordos. ¿Afuera todo el mundo es obeso, verdad? Tiene que ver con lo que comen. La gente come mal. Si pudiéramos poner un carrito de golf, un trencito o algo así, que los arrastre hasta acá. Antes había una carreta, unos caballos. Ofrecíamos un paseo por el bosque antes del Gran Final: la Bella Durmiente real que no despierta y su Príncipe que la espera. Ya no es así. No hay caballos, ni carretas, ni paseos. Más bien, tenemos que luchar todas las semanas para que los chicos del pueblo no saquen los carteles que indican el camino hasta el Museo. Son unos vándalos. No los culpo, en realidad, tampoco hay demasiadas formas de divertirse en este pueblo". Volvió a quedarse callado y de pronto me lanzó una mirada desconfiada. Volvió a preguntarme: "Entonces, ¿quieres ver o no a la Bella Durmiente?".

Abrió una cortina morada y entramos a una sala pequeña sofocante y sobrecargada, la imitación de una alcoba real, con una urna de cristal en el medio. En el interior estaba la Bella Durmiente. Le eché una mirada. No me impresionó. Parecía solo una mujer guapa dormida. O una muñeca de plástico. Una muñeca de plástico en su caja, esperando a ser vendida en un supermercado. El Príncipe pareció leerme la mente. "Cuando yo muera se acabará la Casa-Museo —dijo—. Lo más probable es que vendan a la Bella Durmiente a un coleccionista de objetos raros. La van a subastar. Hay gente que compra estas cosas. La meterán en un sótano, junto con otros objetos extraños llenos de polvo, perchas con trajes almidonados, frascos con pelos, uñas, dedos de personas famosas, y entonces sí se acabará el cuento".

"¿Y no se aburre de haber estado esperando toda su vida?", le pregunté de improviso. "¿Y acaso tú no te aburres?", contestó.

A la salida de la Casa-Museo compré algunos souvenirs, unas tarjetas postales que introduje dentro de un libro para que no se ajen, una pequeña talla de madera que me metí al bolsillo. Una vez afuera, saqué el sándwich de atún que me sobraba y se lo di al perro.

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