El 3 de junio del 2002 fui operado de una diverticulitis en la Clínica de Marlí (no de Marly), cirugía programada previamente con todas las de la ley, bajo la presión de que había hecho una fístula (especie de peligroso nudo) en un divertículo y mi colon estaba lleno de eso: divertículos. Pequeñas hernias susceptibles de reventarse y de lo que sufren -sufrimos- la mayoría de los colombianos, muchos de ellos sin saberlo. ¿La razón? La dieta que llevamos, particularmente exagerada en grasas y harinas, impide o dificulta el normal funcionamiento del aparato digestivo.

 De ahí que los médicos recomienden tantas verduras y frutas, con el argumento de que todo aquello que tiene fibra es muy saludable para facilitar la digestión. Y, claro está, su punto culminante: la evacuación.

Pese a la debida programación de la cirugía, las cosas no resultaron como todos hubiéramos querido, comenzando por médico y paciente. Al quitarme más o menos 50 centímetros de colon -concretamente el superior descendente, o sea su parte final-, había que juntar lo que quedaba de este con el recto mediante una especie de ganchos de grapadora. Que en mi caso lamentablemente se soltaron, lo que obligó una semana después a otra operación, algo tardía. Cuando volvieron a abrirme la barriga, ya tenía una grave peritonitis que por poco me lleva al otro lado: buena noticia habría sido para los poco devotos de este pobre mortal, pero no para Lorenza, mi señora, ni mis hijos -entre otros familiares-. Ni para aquellos amigos que llamaban todos los días a ver cómo seguía el moribundo... y que todavía aspiran a que viva un tiempito más.
Cincuenta días y cincuenta noches duré en el hospital y, de estos, 22 en cuidados intensivos, 18 de los cuales con un aparato en la boca que hace las veces de respirador incomodísimo, ya que no permite ninguna clase de ingestión. Y no propiamente de comida, sino de líquidos, pues el paciente se alimenta por vía intravenosa, pero la sensación de sed es desesperante. Para calmarla, "generosamente" (entre comillas) me mojaban los labios con una ampolleta y, excepcionalmente, me ofrecían un poquito de coca-cola en una jeringa. Momento indescriptible de emoción y recordación, ya que en esta materia lo único que uno quería, y recordaba, era una cerveza bien helada para calmar la desagradable resequedad de la garganta... Cerveza pura, sin necesidad de que Sofía Vergara estuviera por ahí sirviéndola, como en las propagandas de televisión, ya que la libido andaba muy apagada por culpa de tanta morfina para atenuar los distintos dolores (no olores, ya que estos vienen después) y no había viagra -ni enfermera- capaz de poder levantarle a uno el ánimo... ¡ni nada!

La verdad es que en cuidados intensivos duré dos semanas, en las que -como dice con gracia la 'Chiva' Cortés- no sabía dónde quedaba Carlomagno. Al despertarme de semejante letargo, casi indefinido, comencé a descubrir en mi cuerpo dos cosas muy raras. La primera, que mi abdomen se encontraba completamente abierto y los intestinos se veían así, a plena luz del día, como si se tratara de un bovino descuartizado con los chunchullos a flor de piel. Y el segundo elemento realmente extraño era que mi cuerpo estaba adherido a una bolsita. Sí, a una bolsa que más o menos atornillaban o desatornillaban según las circunstancias. Y fue ahí, en ese instante del crepúsculo en que las cosas huelen más, cuando descubrí que, en adelante, me tocaría realizar por esta vía artificial lo que siempre había liquidado por otra a mis espaldas, como los presidentes y los demás mortales.

Casi dos años después de haber vivido semejante trance, ¿qué implica vivir pegado a una bolsita de plástico, ubicada generalmente en el costado derecho debajo del cinturón y del tamaño de un babero de bebé? Inicialmente, muchas limitaciones y no poca incomodidad. La bolsa va sellada a una barrera -mejor conocida como galleta-, la que a su vez está adherida al cuerpo y, concretamente, al borde de la herida, por donde sale la materia fecal. Perdonarán los lectores tanta franqueza, pero no se trata de hacer ningún derroche escatológico, sino de contar la verdad cruel.

En Colombia hay registradas -ante la Asociación Colombiana de Ostomía, que es como una casa en el aire, puesto que no tiene sede propia- 20 mil personas que padecen esta lesión. Unos, como en mi caso, con colostomía. Otros con ileostomía, que es lo mismo aunque no en el intestino grueso sino en el delgado. Y otros con urostomía, más arribita, por los lados de la vejiga y estrechamente relacionada con aquello de donde los rabinos derivan su cortante sustento...

Todos estos enfermos necesitan -necesitamos, y ca(r)gamos- bolsa, de la que depende la vida. Es en serio. Y con el agravante de que la mayoría de las víctimas son personas que viven en condiciones económicas precarias, y las EPS no suministran ninguno de tales elementos. Lo cual, para muchos, significa -una vez superada la crisis, pero no el problema- que tienen o para comer o para comprar las benditas bolsas. ¿Se imaginan ustedes la angustiosa situación de sufrir en carne propia semejante disyuntiva?

Ahora bien. Con mi bolsa llevo, como digo, casi dos años, y por fin ha llegado la hora de operarme de nuevo para quedar listo y como un lulo, si todo por supuesto sale bien.
Vivir con la tal bolsita tiene sus inconvenientes -es cierto-, pero también varias ventajas. Por ejemplo, nunca vuelve a saberse nada de esa horrorosa enfermedad que son las hemorroides. Para evitar las 'solturas', como decimos los bogotanos, justamente hay que comer proteínas y carbohidratos, pues las verduras producen gases. Gases que se reflejan en el hecho de que la bolsa se infla (y puede estallar, si uno se descuida, lo cual es posible aunque inadmisible), pero impide que el olor se riegue o ventile, como sucede con todos los pedorros que en el mundo son. ¡Y son muchos, ya lo sabemos!

Hay otra ventaja, no menos higiénica por cierto: si el 'colostomizado' sufre diarrea, como puede ocurrirle a cualquier humano normal y corriente, no tiene que quedarse sentado en el excusado todo el día ni, menos, la noche. Simplemente basta cambiarse -de bolsa, se entiende- cuantas veces sea necesario. Otrosí: los calzoncillos pueden servir dos y tres días seguidos, puesto que no existe riesgo de ser manchados por eso que los españoles llaman con gracia 'palominos'...

En fín. Cada vez estoy más contento con mi bolsa, a pesar de que también -¡oh melancolía!- hace casi venticuatro meses desconozco lo que es un inodoro y por tanto he dejado de leer Playboy casi por completo. Y a veces hasta me pregunto: ¿cuál es su razón de existir? Pregunta esta que sin duda debe chocarles a los dueños de la fábrica Corona. Tal vez por ello -más que por apoyar a Lucho- me quitó el saludo el doctor Echavarría Olózaga...

Cuando usted esté leyendo esta nota, gratuitamente instructiva, es posible que me encuentre otra vez en el quirófano, erradicándome del todo lo que en los últimos tiempos ha sido, casi, mi única razón de ser: la colostomía. Asunto íntimo, muy personal, pero que conviene saber sobre su existencia. Y vigencia.
Y quién quita que a última hora resuelva no operarme, por física cobardía, y tome la decisión trascendental de vivir pegado a una bolsa, curado no solo de espantos sino de las necesidades obvias que encierra eso de tener 'una necesidad' (la que sabemos), justamente donde no hay baño o está sucio, o en casa ajena. Para no hablar de los sanitarios colectivos de las oficinas, de suyo asquerosos por los olores frondios y ruidos sonoros que se deben soportar, cuando además uno participa en ellos.
En síntesis: sería mejor, o al menos más saludable, que todo el mundo tuviera su propia bolsa, siempre y cuando hubiera formas no solo económicas sino efectivas de suministro en hipermercados y tiendas de barrio. Yo ya le he cogido a este adminículo el cariño que se les tiene siempre a los zapatos viejos. Y, ante la mínima posibilidad de salir otra vez maltrecho de la sala de operaciones de cualquier clínica, la alternativa de quedarme pegado "for ever and ever" a una bolsa, no solamente es válida sino, viéndolo bien, muy atractiva.

Valga el dato: esta operación de salvamento se ensayó inicialmente -años ha- en la capital de la República de Colombia, y por eso se habla de la Bolsa de Bogotá, no por los movimientos bursátiles como por el éxito médico de una cirugía capaz de devolverle la vida a más de una víctima de peritonitis aguda, y al borde de estirar la pata en la última fase de los cuidados intensivos.

Aparte, lectores de SoHo, que hacer otras cosas con la bolsa tiene sus encantos...

Aunque no digo cuáles, eso sí.

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