De hecho, siempre he dado mucha papaya para que mis amigos me la monten cuando salimos de rumba pues, debo decirlo, casi siempre caigo dormido sin importar dónde estemos. En mis tiempos de estudiante de periodismo en la Javeriana, un día me monté en una buseta que me debía llevar hasta la calle 170, a Villa del Prado. Cuando me desperté —ya enguayabado— no había nadie, ni los pasajeros ni el conductor. La buseta estaba ya parqueada junto a otras busetas en su paradero. Me bajé desconcertado y cuando le pregunté a un celador dónde estaba, me contestó que en Ciudad Bolívar: me explicó que duré más de cuatro horas ahí metido y no hubo quién pudiera despertarme. Claro, el chofer casi me lleva a dormir a su casa. Hice el recorrido completo de la buseta, ida y vuelta, dos veces.

Otro día, también como estudiante, amanecimos bebiendo en la casa de un amigo. Caí dormido en algún momento y los demás aprovecharon para pintarme bigotes, ponerme pintalabios de mujer en la boca, depilarme las cejas y untarme sombras en los párpados. Cuando desperté, no solo nadie me dijo nada sino que teníamos clase a las siete de la mañana y en ese guayabo nos fuimos para la universidad. Yo sí notaba que en la buseta la gente me miraba y se sonreía un poco, pero pensaba que era por mi evidente cara de amanecido. En la universidad, ni hablar. Me veían y se reían, y yo también me reía porque seguía medio prendido, y así estuve toda la clase, ¡riéndome con los demás sin saber que era de mí mismo!, hasta que el profesor me dijo que me fuera al baño y me mirara al espejo.

Pero el colmo de mis anécdotas, fue una noche en la que nos pusimos a jugar cartas y, después de mis buenos aguardientes, no tuve más opción que poner los brazos sobre la mesa, acomodarme ahí y dormir. Cuando desperté, noté que algo andaba mal. Sentía algo en mis calzoncillos. Cuando intenté moverme de la silla, sentí una masa blanda y pegajosa entre la cola y las piernas. Apenas atiné a mirar a los demás, pero mis amigos seguían conversando como si nada. ¿Acaso no me había aguantado las ganas de ir al baño? ¿Se me fue la mano y mi propio cuerpo me traicionó? No sabía qué hacer. Además, estaba una amiga que me encantaba y no podía hacer semejante oso.

Me movía poco a poco, aún sin pararme, para intentar saber qué pasaba. Era la última vez que tomaba, me lo juré a mí mismo. Pero no sabía cómo salir de ahí. Me acomodaba otra vez, los brazos cruzados sobre la mesa y volvía a poner la cabeza ahí, como si quisiera dormir más, pero en realidad estaba rezando para que se fuera mi amiga… al menos.

Hasta que no pude más y me levanté rápido, me fui al baño sin decir nada, me quité los pantalones y me topé con un escenario peor que una diarrea. Apenas oí la carcajada de mis amigos en la sala, y mi disgusto enorme allá adentro. Con ellos, por pasados; y bravo conmigo, por idiota: me habían metido un tamal, totalmente abierto, dentro de mis pantalones. Me tocó, ahí mismo, bañarme en la ducha, pedir prestada una sudadera y jurar que no volvería a dar esa papaya. Los que se cagaron pero de la risa fueron todos los demás; y hoy, con el tiempo, yo también me río. Pero casi se me acaba la amistad con más de uno, porque las chanzas deben tener un límite. El mío fue ese: creo que era difícil de superar.

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