Siempre recuerdo el día en que caí en la trampa. Fue hace unos años: Saratou me contaba su vida; yo la escuchaba y miraba la tabla. En su choza no había mucho más: un tapiz de cáñamo teñido, las paredes de barro, fogón al fondo, dos ollas renegridas. Ella hablaba y hablaba; yo le hacía de vez en cuando una pregunta, con esa cadencia lánguida de las entrevistas con intérprete: mucho tiempo para no entender nada, para esperar la traducción, para hacer fotos, para pensar en cosas. Yo pensaba, sobre todo, en esa tabla, y Saratou contaba su segundo parto. La habían casado poco antes de cumplir los 12 años, su primer hijo había nacido muerto; un año después llegó el segundo:

—Cuando sentí que ya venía, me encerré en una pieza, me puse en cuclillas, recé, rezaba mucho, y al final el bebé cayó sobre una esterilla que había puesto en el suelo.

Saratou, después, tuvo otros once hijos y, por fin, una fístula obstétrica, una de las enfermedades más terribles, más clasistas en un continente donde mucho es clasista y terrible. Estábamos en Dakwari, una aldea como tantas en Níger: casas de adobe, ni luz ni agua corriente, vidas que no han cambiado nada en siglos. Yo la entrevistaba para un proyecto de Naciones Unidas; su historia era conmovedora y yo no podía dejar de mirar esa tabla. Me sentía una especie de canalla.

—Entonces llegó la partera, cortó el cordón y puso la cabecita del bebé sobre una escoba para que no se ensuciara en la arena…

La tabla era lo que los musulmanes llaman alluha, una madera en la que los alumnos de la madrassa copian con tinta y una caña pasajes del Corán para memorizarlos. Después la lavan, copian otro: una libreta con una sola hoja. No sé qué era lo que me fascinaba en ella: si su olor de un tiempo muy pasado, si ese dibujo de las letras, si la madera como papel antiguo, el palimpsesto.

Hablamos dos, tres horas. En algún momento, Saratou notó que yo miraba su tabla demasiado, y me preguntó por qué. Se sonreía: hacerme una pregunta era invertir los roles, un gesto de audacia que la puso nerviosa. Intenté ser amable: le dije que me parecía tan bella que la felicitaba. Ahí estuvo mi error: después me explicaron que un elogio así, en su cultura, es un pedido que no se puede rechazar.

—Se la quiero regalar. Por favor, llévesela —me dijo Saratou, y yo le dije que no, que muchas gracias, y ella que sí, que por favor, y yo que no, que le agradecía muchísimo y ella, la cara cada vez más seria, que si no la llevaba la ofendía. La intérprete me explicó que mi rechazo era violento: como decirle que su tabla no estaba a mi altura, que ella no estaba a mi altura, que las despreciaba como solo los blancos saben despreciar. Estaba en un problema, y sonreí.

Sonreír, cuando no hay que decir, te compra tiempo. Ella me había contado que cuando se enfermó no pudo cuidar su rebaño y solo le habían quedado dos cabritas que, sin macho, no se reproducían; que entonces no podía hacer buñuelos para vender en la plaza del pueblo y que había días en que no tenía para comer: que el hambre era más dura que la fístula. Entonces le dije que le quería regalar un chivo, y que me sentiría muy mal si me lo rechazaba.

Saratou sonrió de otra manera: con una especie de alegría. No era fácil conseguir el animal: había que comprarlo en un pueblo a 10 kilómetros que tenía un mercado de los jueves —y era martes. Convinimos que yo le daría la plata y ella lo compraría; fue entonces cuando se me ocurrió la tontería. Le daría, además, dinero para alimentarlo por un año con una condición: que lo llamara Martín. Saratou soltó la carcajada. Después me dijo que ese chivo le iba a cambiar la vida y que me recordaría para siempre. Yo estaba contento por la tabla y tan contento por haberla ayudado: satisfecho, probo.

—Si tengo mi rebaño otra vez, voy a poder comer todos los días —me dijo cuando nos despedimos. No fue fácil pasar con mi alluha por los aeropuertos: sobresalía del bolso y era visiblemente musulmana. Por unos días fui un terrorista descarado, uno que no se resignaba a la clandestinidad. Llegué, por fin, a París una mañana; antes de subir a casa de mi primo Sebastián, compré croissants. Mientras desayunábamos, les conté la historia de mi alluha y el chivo Martín; nos reímos, y Laurence, su mujer, me preguntó cuánto me había costado el animal que había cambiado la vida de Saratou. Recién entonces hice la cuenta y descubrí, con horror, que igual que esos croissants. La buena conciencia nunca sale demasiado cara.

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