Columnas atrás convoqué a una gran desnudatón en contra del sistema opresor, en la Plaza de Bolívar. Responsable de la movilización, me presenté muy desnudo y puntual al lugar. Eran las 5:30 a.m., y no me cabía más ilusión. Pasaron los minutos sin que apareciera alguien. Que el bogotano que es impuntual de raza no llegara me parecía aceptable, ¿pero dónde estaban los buses provenientes de otras ciudades? La claridad se tomó la plaza. Yo seguía desnudo, congelado, los brazos cruzados a la altura del termostato corporal. No me liberé del efecto del frío que todo lo encoge. Aparecieron las primeras personas. “¡Despegó la desnudatón!”, me dije mientras descubría la más noble de mis partes. Me llamó la atención, sí, que ninguno estuviera viringo. Y la risa que se les pintó en la boca. ¿Por qué en esas situaciones los celulares flechas sí pueden sacar fotos? Como pude, les expliqué que era el frío, que yo no era así, que el tamaño no importaba, que había estudios que lo comprobaban, que lo importante era la comunicación de la pareja, que oyeran a Flavia Dos Santos. Decidí marcharme. En el afán pisé caca de llama, el cuadrúpedo que fascina a los turistas. Me detuvieron por escándalo público y estar indocumentado. Supe ese día, con dolor, que mi opinión de columnista no generaba movilización social.

No hay premio que no se gestione. O, entonces, ¿por qué Juan Gabriel Vásquez se ha ganado tantos premios de literatura? O ¿por qué Petro fue postulado al premio Pablo Tarso 2013 a Mejor Alcalde, y ganó el de Liderazgo Climático? No es precisamente por la máquina tapa-huecos. En lo único que Petro es buen gestor es en la gestión de premios. Así que, siguiendo esa línea, haré todo para que esta columna sea la más leída del país.

Estos son mis méritos: he sido respetuoso de mis amigos, no soy como Coronell que habla mal de los suyos, como hizo con Gómez y Morris. No me he pasado de tono, como le ocurrió a la Azcárate, que por burlarse de las personas obesas en una columna, ellas le cayeron encima con todo su peso... metafóricamente hablando. Al contrario, he hecho advertencias fundamentadas que el país entero ha desoído. Alerté sobre los peligros del ego del niño Vélez, de Noticias Caracol. En el debate presidencial, Vélez hablaba de una réplica que nadie entendía, interrumpía, decidía qué se podía decir, esperaba que la productora le soplara, regañaba al presidente, y al final pasó: el protagonista fue Vélez y no los candidatos.

También he sido respetuoso de la mujer. A pesar de tener mis reparos he preferido el mutismo. Nunca se ha leído de mí que me parece que Sex and the City, la serie de un grupo de mujeres en el corazón de Manhattan, ha mancillado la cultura femenina de nuestro país. No he hablado de eso. Y podría. Miremos las protagonistas. Carrie es columnista y la base de las historias. Es una consumidora desbordada de zapatos. Miranda, la más educada, es escéptica de las relaciones de pareja y adicta al trabajo. Charlotte es ingenua, romántica e idealista. Y Samantha quiere vivir todo tipo de fantasías sexuales y evitar relaciones románticas. Este estereotipo de mujeres modernas, independientes y libres le viene muy bien a nuestro país. El problema de las colombianas es que un día se levantan sintiéndose Carrie, por la tarde quieren ser como Miranda, al final de la noche son como Samantha y al siguiente día amanecen como Charlotte, y así. Mi mensaje: niñas, al menos escojan un personaje al cual parecerse.

Las encuestas, en los últimos años, han puesto presidentes y alcaldes. Si hubiera una encuesta de aquellos colombianos a quienes nunca han encuestado, yo saldría en ella. No conozco a nadie que haya sido encuestado. Por eso, lector, si recibe usted una llamada de Yanhaas, Ipsos-Napoléón Franco, Gallup Colombia, Datexco o el Opinómetro para indagar no de candidatos sino del columnista más influyente del país, yo veré, vote por mí, que quiero que mi columna sea una serie de televisión. En eso, lo confieso, me parezco a Carrie, la de Sex and the City.

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