La calavera sonríe sucia de pantano. Tiene los dientes intactos. Dos días de búsqueda y al fin la osamenta resplandece blanca y mansa. La lluvia hizo todo más difícil porque la tierra, que se esperaba suelta, se compactó hasta hacerse arcilla dura y resbalosa. El cuerpo es de una mujer. Sus cabellos largos más allá de los omoplatos desarticulados la delatan. Estamos en un claro de la selva en La Hormiga, departamento del Putumayo, al borde de un camino donde doce horas antes la guerrilla dinamitó una patrulla y mató a cuatro de los policías que debían custodiar la caravana en la que llegaron un fiscal, dos antropólogos, cuatro auxiliares forenses y un fotógrafo, todos miembros de la Fiscalía General de la Nación. La Hormiga no es como suena. La minúscula metáfora que sugiere ese nombre curioso, casi divertido, esconde esta verdad: el pueblo, a más de mil kilómetros de Bogotá, fue la gran capital sur del reino paramilitar y todos aquí saben que bajo los bosques talados donde ahora crece yerba jugosa y pastan vacas robustas, hay cientos de fosas de campesinos mutilados: mamás, papás, abuelos, hijos, tíos, primos, vecinos... Nadie se atreve a calcular el número exacto. Seguro son más de dos mil, dicen que quizás dos veces eso. Ahora es mediodía y ya se llevaron el carro dinamitado donde murieron los cuatro policías ayer. Nadie de la comisión de la Fiscalía parece tener miedo, solo calor. La humedad enturbia los ojos y el agua corre por los rostros congestionados. Un hombre que fue del ejército ‘para‘, el mismo que señaló el sitio de esta fosa, dice que ya pasaron casi tres años desde que la mujer fue enterrada aquí, ¿por qué entonces, después de tanto tiempo, sus despojos todavía hieden frescos?

Liliana Meléndez se limpia el sudor de la nariz con un trozo de su guante quirúrgico, después intenta desprender la calavera del piso empantanado. Sus dedos resbalan. Ella explica que el olor quizás provenga de adentro del cráneo de la mujer porque a veces, en ambientes tan húmedos, lo último en evaporarse es el cerebro, ese órgano que, dicen los biólogos, nos define como especie dominante. Liliana insiste. Al fin la calavera se desprende pero los mechones de pelo quedan pegados al piso de pantano. La luz del sol rebota en la osamenta húmeda. En efecto, el hedor es culpa de un cerebro casi intacto, una inútil persistencia del género humano que uno de los auxiliares forenses deberá licuar antes de vaciarlo como desperdicio. Lo veré después: meten la madera de un pincel por el orificio occipital y baten con fuerza. El gesto es similar al de un barman cuando mezcla una bebida en el fondo de una coctelera. Liliana vuelve a secarse el sudor con un trozo de guante. Esta vez le queda un rastro de pantano en su mejilla izquierda. Ella es rubia y diminuta, de ojos azules y gestos pausados. Todavía no cumple 35 años. De niña quería ser arquitecta. Hoy, dicen, es la mejor antropóloga forense del país. Tiene una hija, se llama Nicole. Una vez dejó de verla 127 días, casi una eternidad. Fue en la época en que la contrataron para que rescatara los cuerpos de otra barbarie pensada por el cerebro humano.

Liliana viajó a Pristina, una pequeña ciudad del centro de Europa que es la capital de Kosovo. Era el verano de 1999, justo después de las matanzas que el ejército serbio hizo con el pueblo albanés. Las calles eran un reguero de edificios y casas derruidas, de postes volcados sobre pedazos de carros incinerados. Los sobrevivientes habían retornado y cada quien intentaba rescatar lo suyo, incluido a sus muertos. Liliana aprendió a saludar en albanés y en serbio, a desear buena suerte, a pedir leche en la tienda, en cambio nunca quiso saber cómo se dice difunto, disparo, guerra… ya era suficiente con las pilas de cuerpos que rescataba de fosas que parecían interminables. Ella acababa de graduarse con honores en la maestría de antropología forense de la Universidad Nacional. La de Kosovo era su primera experiencia con víctimas de guerra, por suerte no estaba sola. Su esposo, otro antropólogo forense, también hacía parte de las fuerzas internacionales de rescate de cuerpos. Ella recuerda que un agujero con víctimas hiede igual aquí o allá, y que el llanto de los sobrevivientes alrededor de una fosa se oye desgarrador no importa el idioma de sus reclamos y maldiciones. Ahora Liliana comienza a recoger las costillas de la mujer asesinada por los paramilitares. Son huesos delgados y curvos. El rastro de su forma queda en el piso de pantano y el agua anegada pronto inunda los espacios que van quedando con cada trozo levantado. Arriba alguien va recibiendo los huesos, los enumera y después los coloca sobre un plástico negro donde el cuerpo debe ensamblarse. Ya vi eso antes: arman los esqueletos, incluso junto con el vestido o los zapatos o cualquier objeto hallado en la fosa, y luego los fotografían. Pero tender los restos también tiene otro propósito: secar los huesos y dejar que el aire termine de llevarse su hedor, de esa manera los que cargan los despojos en los recorridos de regreso evitan el acoso de las moscas. Alguien dirá que es macabro, pero esos esqueletos tendidos suelen parecer marionetas y entre las palas, los picos, los rastrillos, los azadones y la sombra de las carpas que los antropólogos improvisan para protegerse del sol, todo aquello parece los cachivaches de un circo de paso, uno que podría llamarse Circolombia, así, a secas. A veces, mientras trabajan, los rescatavíctimas se las arreglan para oír música en radios que ponen por ahí, sobre alguna piedra. Cuando la selva o las montañas de este enorme cementerio nacional les impiden sintonizar alguna emisora de música, ellos cantan canciones alegres. Es su forma de aligerar la pesadez de la barbarie, dice Liliana, después, mientras termina de recoger las vértebras de la mujer asesinada, cuenta que su esposo nunca regresó de Kosovo.

Por esos días, el mayor peligro que debían sortear los antropólogos en Pristina eran las minas que los ejércitos enfrentados habían sembrado bajo puentes, muros, tapas de alcantarilla, árboles, cercas: los soldados de paz de las Naciones Unidas que al fin tomaron el control del territorio iban demarcando las aceras por donde se podía caminar sin riesgo de una explosión. Toda la ciudad era un gigantesco campo derruido con banderitas de demarcación. A veces, en una calle muy ancha, había que hacer fila para cruzar porque el camino desminado era angosto, apenas lo suficiente para que caminara una sola persona. Nada de eso impresionó tanto a Liliana como un hallazgo que se hizo repetido en cada nueva excavación: tiros tangenciales en los cráneos, "una suerte de delicadeza atroz", recuerda. Se trata de un disparo que no busca matarte, no de una vez. Antes, como son tiros milimétricos, casi superficiales, te causan derrames cerebrales y las víctimas van muriendo de a poco, de a poco, de a poco… agonizan por horas, conscientes de la inevitable muerte que alguien escogió para ellas. De nuevo el cerebro humano: se necesitan siglos de cruel evolución para un refinamiento semejante.

Liliana Meléndez estuvo tres meses en Kosovo, pero decidió volver por su hija, "y por el país", dice con la voz agitada. Ahora escudriña los huesos de la pierna de la mujer, el fémur, la rótula… la tibia le llama la atención: tiene un corte típico, uno que ya vio muchas veces. "Es un machetazo… A veces, los paras cortaban y desangraban a sus víctimas solo para ahorrar munición". Eso está probado: en una confesión interesada, un paramilitar de La Picota de Bogotá negoció una reducción de su pena informando la ubicación de una fosa en Cundinamarca con ocho campesinos a los que machetearon porque su jefe dijo que las balas, de pronto, les harían falta después. La Fiscalía sabe que los gritos de los sentenciados, sus aullidos de súplica, de infinito dolor, también eran un método de poder con el que los paras se aseguraban de horrorizar a los que dejaban vivos. ¿Puede la crueldad evolucionar más , ¿acaso un cerebro puede perfeccionar esa idea de aniquilar ahorrándose pertrechos? Sí, en Colombia sí.

Liliana y sus compañeros han desenterrado decenas de cuerpos descoyuntados: las piernas y los brazos apretados sobre el pecho tan eficientemente reducidos que cabrían en una maleta de mano. Los verdugos hacían eso para cavar fosas más pequeñas. "De esa manera ganaban tiempo y podían enterrar a dos y tres personas en un hueco donde antes sólo podían enterrar a una", dice ella mientras recoge las falanges de los pies de esta mujer. Arriba se oyen voces que van llegando. Es gente que espera que algunas de las osamentas que se desenterrarán hoy sean las de un pariente desaparecido. En La Hormiga, las víctimas del genocidio paramilitar suman miles, aunque nadie sabe su número exacto, y es posible que jamás se sepa porque hay familias enteras enterradas aquí, sin sobrevivientes que levanten la mano para reclamarlas. De regreso a Colombia, Liliana Meléndez descubrió que los tiros tangenciales de Kosovo casi son una picardía comparados con la crueldad de la que somos capaces los colombianos. Su esposo nunca volvió porque decidió quedarse y reclamar los doscientos dólares diarios que le pagan allá, más de once millones de pesos al mes. Ella, en cambio, sobrevive con un sueldo diez veces menor. Pero qué va, dice, su retribución es más valiosa: está aquí desenterrando del abismo un futuro para su hija y para el país. Ese tal vez sea un propósito inútil, el sueño de un cerebro ingenuo, no evolucionado como el de, digamos, Jorge 40, que el martes 3 de julio de 2007 se presentó a una audiencia de perdón en Barranquilla como suelen hacerlo los capos paramilitares: perfumado, vestido como un banquero respetable, con la contabilidad de sus muertos en un computador portátil.

Casi lo logran: oyéndolos en los juzgados, sobrios, parsimoniosos, repitiendo frases memorizadas sobre la vida y el perdón y el amor y la urgencia de la paz y esas cosas, cuesta trabajo imaginarlos de camuflado, sudando, rabiosos, pasando revista a un grupo de hombres maniatados a los que van señalando con el dedo para que los torturen hasta matarlos. Ese martes 3 de julio, a más de dos mil kilómetros de La Hormiga, en el otro extremo de Colombia, Jorge 40 intentó jugar al filósofo y puso un cartelito hecho por él mismo en la mesa donde compareció ante la justicia. Era un trozo de cartulina y decía: "Yo soy Rodrigo Tovar. La reconsiliación es mi sueño, mi motivación y mi meta". El jefe paramilitar escribió ‘reconsiliación‘ así, de mala manera: con ese en vez de ce. Es contra esa reconsiliación adulterada que Liliana Meléndez insiste en no darse por vencida, Ella, a pesar de ese sueldo escaso de secretaria que le paga la Fiscalía. Ella, a pesar de que a veces debe prestar dinero para comprar los guantes quirúrgicos y los tapabocas y las palas que hacen falta para rescatar los cuerpos de nuestra más reciente barbarie. Ahora, por ejemplo, tras exhumar los restos de la mujer, Liliana y sus compañeros tendrían que cambiarse el overol de tela que llevan puesto y que, según Naciones Unidas, solo deberían usar por un cuerpo a la vez para evitar contagiarse de bacterias. Pero este trozo de selva en el Putumayo no es Kosovo y los recursos son escasísimos. Todavía pasarán dos días y una pila de veintitrés cuerpos antes de poder usar un overol nuevo. Por ahora, al fin, ella y el resto del equipo descansarán diez minutos, después seguirán con la siguiente fosa. Arriba, alguien alarga el mango de una pala y la ayuda a salir del agujero convertido en tumba. Más allá, atraídos por el hedor, cinco gallinazos merodean en un cielo gris de nubes amenazantes. El esqueleto de la mujer desenterrada yace sobre una bolsa plástica. Solo falta su cráneo, que un antropólogo está terminando de batir para dejarlo limpio de restos de cerebro. Un campesino y su perro miran en silencio desde lo alto de una piedra. Para facilitar el licuado, el hombre usa un poco de gaseosa. El nombre de la bebida quizás sea una señal, una ironía reveladora: Colombiana.

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