Braamfontein — Johannesburgo — Sudáfrica

Tanto las fotos en blanco y negro que decoran las paredes como las canciones que se escuchan desde los parlantes rinden homenaje a la escena local. Suenan Moses Molelekwa, Simphiwe Dana, McCoy Mrubata. Desde los muros, los pioneros –Miriam Makeba, Hugh Masekela, Abdullah Ibrahim– acompañan a la nueva generación.

El jazz, como el oro que esconde su subsuelo, está ligado a la evolución de una Johannesburgo que se moldeó social y culturalmente durante 50 años bajo el macabro yugo del régimen racista del apartheid. Y durante esas décadas inclementes, las tabernas de los townships (las áreas periféricas designadas por el apartheid para las viviendas de los africanos de raza negra) fueron el caldo de cultivo para el florecimiento del jazz. Un jazz del gueto, vinculado a la resistencia política, al activismo cultural, a la reivindicación social y racial: una respuesta a la opresión. Buena parte de los artistas que cuelgan de las paredes de The Orbit tuvieron que cantar y resistir desde el exilio.

The Orbit no es un establecimiento clásico, ni mucho menos un lugar de culto. Tiene, más bien, el aire arribista que respiran tantos clubes de jazz en el mundo occidental. Pero en apenas tres años de existencia su tarima se ha convertido en uno de los puntos focales para la creación, colaboración y exhibición de la escena del jazz en vivo en la metrópolis sudafricana.

La Johannesburgo pos-apartheid sigue siendo un semillero de fusiones de vanguardia y transgresiones musicales. Los herederos de la tradición que se escapó de los townships ahora se toman la elegante tarima del Orbit. Andile Yenana. Siya Makuzeni. Feya Faku. Marcus Wyatt. Tumi Mogorosi. Mandla Mlangeni. Esos son algunos de los héroes contemporáneos en una escena que lidera el género en el continente. (La caza de los albinos en África)

Pero la solemnidad de The Orbit –donde se solicita amablemente a los clientes que se retiren de la sala si al parecer del gerente de turno el comensal está hablando más de la cuenta durante las presentaciones en vivo– no es la norma en los locales nocturnos del suburbio de Braamfontein. Ni en sus calles.

Después de presentar su más reciente proyecto en vivo, Mandla Mlangeni guarda su trompeta en el estuche, se acomoda una bufanda y una gorra de paño a cuadros que lo hace ver mayor de lo que es y dobla la esquina para seguir la noche en el Kitcheners. La calle está taponada con docenas de personas que entran y salen de los clubes cercanos (aparte del Kitcheners, el Great Dane y el Hotel Bannister están entre los preferidos de la masa noctámbula): vigilantes de carros con chalecos reflectivos, vendedores de cigarrillos, taxistas a la espera de una carrera y una serie de conductores de Uber que parquean a dos cuadras y que tratan de pasar desapercibidos mientras fuman y miran el teléfono. En Johannesburgo, también, los transportistas locales han volcado su ira sobre la competencia que amenaza con sacarlos del mercado.

Si The Orbit es el autodenominado “hogar del jazz” en Johannesburgo, el Kitcheners es una institución de la escena alternativa en la ciudad. Es pasada la medianoche, y en la pista de baile ya no cabe un alma. Hipsters, rastas, universitarios, inmigrantes europeos, expatriados africanos de todo el continente. Entre la diversa concurrencia, de repente la gorra anacrónica de Mandla Mlangeni ya no llama tanto la atención. Ni el estuche con la trompeta que todavía lleva bajo el brazo.

El Kitcheners, nombrado en honor a un militar británico que muchos quisieran no tener que recordar en una noche de juerga, es uno de los pubs más antiguos de Johannesburgo. Desde 1906, apenas 20 años después de fundada la ciudad, en el Kitcheners ya se servían copas para los miembros de la administración colonial inglesa y para los comerciantes que llegaban a la ciudad atraídos por la fiebre del oro recién descubierto.

Las lámparas de la época, los espejos enormes, el antiguo papel tapiz descolorido y una alfombra roja llena de quemaduras de cigarrillo son testimonio de la cicatriz colonial que aún atraviesa el inconsciente sudafricano. Para quienes bailan hoy bajo la bola de espejos, el house y el hip hop –y las ocasionales presentaciones de bandas emergentes, productores de música electrónica y artistas experimentales– parecen ser el antídoto a esa memoria colectiva. Al menos hasta las 4:00 de la mañana, cuando a la salida del club hay que enfrentar nuevamente los fantasmas de la desigualdad y de la criminalidad rampante, consecuencias de décadas de opresión racial.

Históricamente, Braamfontein ha hecho parte del distrito financiero del centro de Johannesburgo. En la última década, el suburbio ha pasado por una rápida transformación urbana. La cercanía a la Universidad del Witwatersrand, una de las principales del país y restringida para estudiantes blancos durante el apartheid, ha contribuido a la creación de un número de residencias estudiantiles que dispararon la clientela y la creación de espacios e iniciativas culturales en la zona.

Desde los videos del dúo de rap Die Antwoord hasta la película de ciencia ficción District 9, Johannesburgo ha sido con frecuencia dibujada en la cultura popular como un escenario posapocalíptico y desolador. Durante la transición entre el fin del apartheid y la era democrática, a comienzos de los años noventa, cientos de sudafricanos blancos que tenían en el centro de la ciudad oficinas y residencias abandonaron sus propiedades en masa, temerosos de una imaginada venganza colectiva por parte de la población negra contra los blancos que habían vivido en condiciones privilegiadas durante el régimen. El efecto, en cambio, fue que los habitantes de los townships y los migrantes de países vecinos –atraídos desde hace décadas por la Ciudad de Oro– ocuparon los rascacielos, muchos de los cuales, después de años sin mantenimiento, se convirtieron en estructuras decadentes y nidos de criminalidad. (5 películas biográficas que lo impulsarán a hacer algo con su vida)

La reciente gentrificación de la zona tuvo el efecto de una cirugía plástica en el rostro de Braamfontein. Espacios de coworking, restaurantes vegetarianos, tiendas de vinilos, mercados de productos orgánicos a precios desorbitados. También fue un imán para la clientela con poder adquisitivo que asiste a los conciertos del Orbit y para los estudiantes de clase media que van a bailar al Kitcheners. Bajo la superficie, estas iniciativas urbanas han desplazado a los antiguos habitantes de la zona a nuevos tugurios, poniendo el dedo en la llaga de la segregación social intrínseca de la ciudad.

En 1994, junto con la democracia sudafricana, nació el Bassline. Los antiguos militantes anti-apartheid empezaban a regresar del exilio, las parejas interraciales salían del clóset sin temor al arresto, el reggae y el jazz pasaban de las sombras al escenario público y los artistas internacionales llegaban por fin al país después de décadas de boicot cultural. Uno de sus hogares de acogida fue la tarima del Bassline. Símbolo en aquel entonces de la nueva era de apertura cultural y de liberación social, es, aún hoy, plataforma imprescindible de la música en vivo en Johannesburgo. Y los jueves, un templo del reggae.

Al otro lado de los rieles que conectan el centro de Johannesburgo con el township de Soweto, cruzando el puente Nelson Mandela desde Braamfontein, el Bassline está a reventar. Es jueves a medianoche, cada vez hay menos espacio personal y los cuerpos se aprietan unos contra otros sin dejar de bailar. Algunos llegan desde las 9:00, pero es alrededor de la 1:00 de la mañana que el público alcanza un éxtasis colectivo, cuando dj Admiral ocupa los tornamesas. (La lucha libre en África)

La temperatura aumenta, las pieles brillan, unos dientes resplandecen en la penumbra como una sonrisa flotando entre el humo. Una rastafari aspira con fuerza un cigarrillo que sostiene con el índice y el pulgar, y mientras retiene la bocanada explica que desde hace casi 20 años las sesiones de reggae y ragga del African Storm Sound System son una tradición en Johannesburgo.

Un Dj blanco mezcla las pistas sobre las que un rasta canoso con camiseta de Obama pregona rimas acerca de la identidad negra y la igualdad de razas. El reggae marca el ritmo de los movimientos y las conversaciones. Entre la masa de cuerpos, los dealers ofrecen sólidos porros por el equivalente a un dólar.

A un lado de la barra, un grupo que no baila exhibe su ropa ancha y su pinta hiphopera, como una influencia tardía que recuerda a Los Ángeles en las películas de los noventa. Inmigrantes de países africanos, europeos establecidos en Jo’burg, negros, blancos, mestizos, chicas con gafas oscuras y gorros de colores, con trenzas de pelo sintético o rastas bien peinadas.

Los símbolos de la africanidad tatúan brazos y espaldas, estampan las camisetas, cuelgan de las cadenas, decoran las paredes: el croquis de África, la bandera rastafari, el rostro del emperador etíope Haile Selassie, Mandela, Thomas Sankara y otros rostros del panafricanismo y la resistencia. Los rastas se saludan llevándose el puño al corazón: “Respect, peace”.

La noche siguiente, las bandas volverán a tomarse el escenario del Bassline. Los blk jks, The Brother Moves On, Spoek Mathambo y otros ensambles que lideran el rock de vanguardia en Sudáfrica; los solistas y poetas, los dj, las estrellas del afro-pop continental; las conferencias de música y los festivales de jazz. Más de 20 años después de la caída del apartheid, en una metrópolis aún fracturada, deliberadamente diseñada por un régimen que pretendía violentamente separar a los diferentes segmentos sociales en lugar de unirlos, Johannesburgo sigue buscando a tientas sus focos culturales y de actividad nocturna. Y la música, en sus diferentes géneros, expresiones y espacios, sigue siendo una herramienta para la celebración y la fiesta, pero también para la memoria y la reivindicación social.

* Periodista y fotógrafo. Colaborador de medios internacionales, como The New York Times y The Guardian. Vive en Sudáfrica.

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