La luz del alumbrado público es apenas un reflejo mortecino. Veo a lo lejos la sombra de un carruaje empujado por alguien que —pienso— intenta instalar su venta antes de que llegue la competencia. Oigo el traqueteo que hacen los rodajes oxidados sobre el pavimento oscuro y húmedo. Parqueamos con Camilo, el fotógrafo, en una calle perpendicular a la entrada principal de la penitenciaría. Todo parece tan calmado que da miedo. A los minutos llega un vendedor de tinto, que vende además aguas aromáticas y empanadas. Saluda con un “A la orden, ¿qué toman”. “Tinto”, respondo agradecido. Un tinto siempre es un consuelo, salvo que sea de alguna marca de café instantáneo, caso en que lo siento como una agresión, no del vendedor, sino del productor. Tomamos tinto, soplamos en el vasito de plástico, diminuto, hirviente. Sabe a gloria. No acabamos de sorberlo cuando aparece un segundo vendedor empujando su hornilla para asar arepas, chicharrón, chorizo. Más tarde llega el de la gaseosa, los jugos y el agua con gas y sin gas. Vende también, a la moda, té frío. Se cobra la primera gaseosa cuando su vecino vende el primer chorizo. La luz de un amanecer transparente va abriéndose camino. Cuando los bombillos del lejano alumbrado público se apagan, sale de las sombras derrotadas una mujer vestida con un traje rojo —muy liviano a pesar del frío de la madrugada—, que nada vende, nada ofrece, solo quiere entrar a ver a su marido, detenido “injustamente”, me aclara cuando le pregunto cuánto tiempo lleva viniendo los domingos. Contrasta su cuerpo ligero con sus gafas pesadas de aros negros y lentes gruesos. Se sienta en el andén mientras me responde: “Cinco años y todavía no le han dictado sentencia. Y esto —añade— ya no es nada. Ahora, como usted ve, señor, ya no se ve a nadie hasta las ocho de la mañana. Antes, hacíamos cola desde el sábado a las cuatro de la tarde, después de que salían los hombres de visitar a los hombres. Muchos de ellos nos traían mensajes de los internos diciéndonos a nosotras, sus mujeres, qué querían que les lleváramos, qué necesitaban. Una tenía que dejar el puesto cuidado para ir a buscar lo que pedían en el caso de que no lo hubiéramos adivinado y lo tuviéramos ya entre la caja plástica. Las colas eran largas y los tropeles, seguidos. Muchas salieron con el cuero agujereado. Los primeros puestos se vendían. Había gente que se parqueaba en la cabeza de la fila desde el sábado a mediodía y feriaba el turno. Los cinco primeros costaban mucha plata, solo los ricos podían pagarlos”.



A las siete de la mañana, la puerta principal se abrió y salieron tres guardias uniformados a poner unas largas listas en la pared de enfrente: 20 hojas con nombres en letra diminuta, pegadas con cinta de enmascarar una tras otra, haciendo su oficio con cierta deleitosa solemnidad. Los guardias del Inpec usan desde hace un tiempo uniformes nuevos azulados como si fueran aviadores de la Fuera Aérea, y camuflados como los del Ejército, quizá diseñados por una empresa de seguridad norteamericana con el argumento de que son colores que se confunden con las sombras. Frente a los listados se agolpan las mujeres que han llegado. Están en orden aleatorio los nombres de los presos que han sido remitidos a otra cárcel durante la semana. Es el muro de las lamentaciones. A las visitantes no se les avisa con anterioridad porque —me responde el dragoneante— hay que “evitar darle papaya a un rescate”. Las mujeres lloran de rabia, maldicen y se jalan el pelo como la virgen del himno nacional. Y se conforman. La mayoría de las remisiones son a cárceles que están fuera de Bogotá, como Cómbita, en Boyacá; Picaleña, en Ibagué; La Dorada, y unos pocos a La Picota o a la Distrital. En La Modelo rige el pico y placa. Es decir, las visitas son un fin de semana para las cédulas de los presos terminadas en número par y el otro fin de semana para las terminadas en impar. La modalidad no es nueva como el sistema de visita llamado Visitel. Para evitar las colas de días y noches enteras y la venta de puestos, las peleas, los tumultos, las protestas, el Inpec “implementó” un nuevo régimen que consiste en pedir la cita por teléfono. Las llamadas se atienden desde el día lunes a las seis de la mañana y los turnos se dan en orden de llegada; a las primeras les tocan los mejores turnos del domingo siguiente, es decir que entran a las ocho de la mañana. Así que mientras más tarde pidan la cita, más tarde entran a la cárcel y menos tiempo duran con su preso. El Inpec reparte solo 1500 turnos, para 2500 presos y, por tanto, muchos internos pueden quedarse sin visita dominical. Hay mujeres que duran llamando días enteros debido a la enorme congestión telefónica. El defensor del Pueblo, que visita cárceles y cárceles, nada ha hecho por resolver el problema.

El lugar donde yo había ubicado mi punto de observación se llenó poco a poco de puestos de venta de mil cosas. Un verdadero mercado: cajas para entrar el comiso, unas más grandes y otras más pequeñas, todas con las medidas exigidas por los carceleros; soportes para llevarlas al hombro, escarapelas para tener la cédula a la vista. Y, por supuesto, comida, tanto la que es permitido entrar —que debe ser preferiblemente frita o asada y sin salsa— como la que se vende para comer al pie del vendedor: arepa, morcilla, chicharrón —carnudo y cocho—, choripapa, huevos —al gusto—, caldo —de pescado, de raíz, de costilla—, emparedados, deditos de queso, empanadas de carne y de papa, avena, masato, café con leche, tinto, perico. Los huevos duros, las arepas, la pizza. El pan con levadura, los bollos de mazorca están específicamente prohibidos por ser susceptibles de utilizarse para fabricar bebidas destiladas. Como no se puede entrar con zapatos, se venden y se alquilan —dejando finca— chanclas, chancletas o arrastraderas. Claro está que todo lo prohibido —incluidas armas blancas y de fuego— se consigue “intramuros”. Sobra decir que los negocios de adentro son mucho más prósperos que los de afuera. El Inpec tiene prohibido el uso de billetes y los presos tienen una cuenta corriente en la que sus parientes, amigos o socios les abonan dinero que circula apelando a diversos medios de cambio, siendo el más utilizado las tarjetas para llamar por teléfono. Una de esas medidas tan artificiales y tan formales como muchos artículos de los códigos penitenciarios.



Mientras me tomaba el cuarto tinto —sople y tome—, la mujer de rojo se cambiaba los tenis, también rojos, por unas chanclas blancas que deben dejar el empeine y los dedos al aire libre —digo yo mirándole las uñas de los pies pintadas—. Ella me corrige con cierta sorna: “A la vista, patrón… todo lo debemos llevar a la vista, menos la pena”. ¡A las cárceles — ordenó algún general fetichista alguna vez— no deben entrar calzadas!

¿Usted por dónde va a entrar, me preguntó de improviso la que ya consideraba amiga. No supe responderle. Sonreí como un imbécil. Y antes de poder contestar lo obvio, me dijo: “Es que hay dos ingresos: el del norte y el del sur. En el ala sur —me dijo con amabilidad— están los patios 3, 3A, 4 y 5, allí viven los comunes, los más jodidos; en el ala norte están los patios 1A, 1B, 2A, 2B, Nuevo Milenio y Alta Seguridad, donde meten a los narcos, los paras y los consentidos: tienen colchonetas, espumas y les suministran droga. Salvo en esta sección, todo mundo vive apiñado, unos encima de otros. En el 5, por ejemplo, hay 16 pasillos, cada uno con su pasillero y su pluma, que es el matón de las 25 celdas por pasillo. Él es el dueño, el patrón, el cacique. Se le pagan el sitio, la cobija, el plástico y la seguridad. Sin seguridad nadie puede vivir adentro; hasta a los guardias se les paga “seguridad privada”. Y si se necesita droga para dormir, para calmar el frío o para soñar, se consigue la que se quiera. En todos los pasillos duerme gente y todos le pagan sitio al pluma. El pluma manda porque tiene con qué: armas, combo enfierrado y socias con los guardas. Todos comen”.

Comencemos, le propuse a Camilo —que ya para esa hora tenía su trabajo completo—, por el ala norte. La fila, a decir verdad, no era muy larga, unas 50 mujeres haciendo cola entre la pared del penal y una malla de un metro de alta. Es una fila llena de colores, tamaños y perfumes. Las visitas se apretan unas con otras para impedir que alguna tenga la mala idea de colarse. El turno se respeta, así haya sido ya asignado con hora fija. Por la edad uno puede deducir si son abuelas, madres, esposas, novias o hijas del detenido, aunque en el rango de 18 a 25 es aventurada cualquier presunción porque muchas mujeres, llamadas pesas, venden la visita conyugal. Tienen contratos o van al mejor postor. Son muchas y, como las compañeras fijas, van a lo mismo: a consolarse y a consolar. Me atrevo a preguntarle a una de ellas a qué va, me responde sin ambivalencias: “Voy a tirar, señor. ¿Por qué? ¿Se le hace muy raro que una tenga ganas y ellos también”. No —le digo—, me parece no solo natural, sino rico. “Ni tanto —me revira—. Tirar en una cana es duro, muy duro. Las celdas huelen mal, los colchones tienen chinches y sale una toda picada, y además es por tiempo. A la media hora el ‘siguiente’ está timbrando. Esperar el timbrazo no deja tirar en calma. Lo bueno es la gana que llevan los pasajeros; pueden echarse cinco polvos seguidos y si arrienda la celda otra media hora, se dobletean. La que queda fuera de combate es una al segundo polvo”. Una de las mujeres que oían nuestra conversación agregó: “Aquí pasa como en las empresas de petróleo donde trabajan muchos hombres por turnos y por turnos duermen. Se levanta uno y se acuesta el otro. Se llama la cama caliente”. “Los días de visita conyugal —me comenta un guardia—, pueden entrar también los travestis, pero tienen que demostrárnoslo. No basta con que se llamen Laisa. Tienen que ser operados y tener papeles notariados con cambio de sexo. De otra manera son lo que nacieron, digan lo que digan —y agrega con la vulgaridad propia de un carcelero—: llámense como se llamen, si tienen chorizo, no entran los domingos”.



La cola se mueve poco a poco. Media cuadra antes de llegar a un primer retén, las visitantes se agitan cada vez que un guardia, encargado del orden y de permitir el paso de la mujer a quien haya llamado, grita: “Las de las ocho y media”. Entonces las de las ocho y media pasan por encima de las de las nueve, nueve y media, diez, y se presentan al guarda: “A la orden, mi dragoneante”. El hombre, sin mirarlas a la cara, les ordena: “Hagan aquí otra fila, en bombas”. “Mmm jmm —revira una—, ni bestias que fuéramos”. El guarda la mira y con el índice derecho le grita: “¡A la cola!”. A la castigada se le nota la ira en la cara, pero baja la mirada y, sermoneando en silencio, obedece. Es un tratamiento llamado en las filas “terapia”. A esa, se puede decir, “la terapiaron”.

Dejamos la cola del norte y vamos a la del sur. El alboroto aquí es mayor. Más que esperar turno de entrada, las mujeres “recochan”, se hacen bromas, se llaman con sobrenombres —a una la llaman Llaveinglesa; a otra, Pájara; a otra más, Zancuda— o por los alias de sus maridos o compañeros de turno: Mandíbula, Don Santi, Guanábano. Cuchichean también lo que pasa en el patio, en el pasillo, en la celda. Los internos tienen derecho a llamar por teléfono fijo, pero también, contraviniendo normas y arriesgando sanciones, se comunican por celular. El Inpec ha instalado unos inhibidores de señal, pero, con todo y eso, los internos se comunican con su gente. Una mujer alta y bella, con ojos hundidos y brillantes, le contaba a otra que en días pasados se dijo que al patio Milenio iba a llegar uno que hizo la paz, el señor Restrepo, y que los guerrillos le estaban preparando un ‘recibimiento’ y los paracos otro. Otra habló de que a tales los habían trasladado a La Picota porque los parapolíticos los habían pedido. Estos comentarios pasan en silencio. No así los que tienen más carne: que al Chómpiras se lo clavó el Alacrán, que el guardia fulano está cobrando tanto por dejar trabajar a Pluma Blanca, que a la secretaria del juzgado tal se le adelantó tanto por cambiar la fecha de equis papel del expediente zeta. Hay en todas estas conversaciones una especie de voyerismo que le da vida al encuentro entre mujeres que llevan tres, cuatro y más años coincidiendo los domingos en la entrada. Después de pasar los retenes, de identificarse y de comprobar que hayan sacado el Visitel, corren por el túnel donde son requisadas por guardianas y a veces por perros. A las sospechosas de ir cargadas, es decir, con droga, una vez palpadas las sientan en una silla y los perros las huelen. Con todo, en la revisión de la comida que entran es donde las mujeres más sufren. La comida que les da el Estado es de mala calidad y no pasa de un chiringo de carne barata, arroz —casi siempre ahumado— y papa. Ni el día de la Virgen de las Mercedes, patrona del recluso, cambia el menú. Más aun, todavía le mezclan alcanfor para disminuir la testosterona de los presos, que añoran la comida casera, con sabor y preparada con cierto cariño. Por eso sobre todo las madres y las abuelas se esmeran en la preparación del comiso. Lo que no sea permitido por la dirección del penal es botado al suelo en el retén de comidas. Lo que, por supuesto, es objeto de todo tipo de reclamos. “El buen sabor alivia la pena —aclara una mujer que viene a visitar a su hijo acusado de haber matado a un hincha del equipo de fútbol contrario—. Les entra la calentura —explica—, y si uno no mata al otro, el otro mata al uno”. Las demás acatan la justificación de su compañera. Otras historias de fila no son tan trágicas, pero sí quizá más crudas, como la que le cuenta una mujer ya madura a una muchacha que, según deduje, era la primera vez que hacía cola. “Hoy no vino la boquineta —le contó como para impresionarla—, sería que le pasó algo. Ella nunca falla. Lleva cinco años aquí parada en la cola. Es una muchacha bonita, espigadita, bien parada, pero no tiene dientes y no quiere ponérselos. El marido se los reventó con la tapa de una olla atómica por sinvergüenza. Ella no quiere usar dentadura. Le pregunté que por qué no se mandaba fabricar unos bonitos, ahora que salen tan baratos y siendo ella tan bonita, tan agraciada:

 —¿Es que a él le gusta que se lo mamen?

—No —me dijo—, a él no le gusta ni eso, pero tampoco quiere que yo me ponga la dentadura porque le dan celos. Se sueña con que yo me acuesto con otro.

—Pero ¿por qué no la usa cuando no viene a visitarlo? —le pregunté.

—Porque —dijo— yo le soy fiel a pesar de haberme desboquinado.

A las cinco de la tarde, las mujeres terminan de salir de La Modelo. Una hora triste y nostálgica; una hora en que los perros aúllan en los rincones.

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