Adelante hay un hombre de bastón que gesticula irritado y una muchacha que llora mientras se masajea el muslo derecho. Todos los integrantes del grupo expresan un lamento o una molestia.

La queja principal, por ahora, es contra la fila misma: permanecer tanto tiempo a la intemperie entumece el cuerpo. Una cosa son diez grados centígrados como simple cifra de los termómetros y otra cosa es tener que soportarlos a cielo descubierto. En un documento que días atrás entregó Martha Helena Lucas, vocera del Hospital Meissen, se indica que en esta zona de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá, “predominan los vientos durante todo el año”.

Las once personas alineadas sobre el andén a esta hora, dos y veinte de la madrugada, se quejan muchísimo de esos vientos. Además insisten en lo difícil que fue trasladarse desde sus casas hasta acá. Algunos viven en barrios remotos como Santa Librada, Patio Bonito y San Cristóbal. El hombre que encabeza el lote procede de una vereda en el Páramo de Sumapaz. Viajó hora y media a caballo, luego dos horas más en autobús. No ha dormido ni un minuto, dice, y se plantó en la fila desde la una de la mañana.

— ¿Desde la una?

—Sí, señor.

—Eso no es nada —tercia un hombre que está apartado de la fila comprando café —: yo llegué a las doce.

Y enseguida señala al hombre que vino de Sumapaz.

—Yo voy delante de él.

Cuando se le pregunta por qué decidió sacrificarse de esa manera, responde que hoy vino dispuesto a conseguir como sea su cita con el neurólogo. Los dos intentos anteriores fueron fallidos. Primero llegó a las cuatro de la madrugada y encontró mucha gente en la fila, así que le resultó imposible alcanzar un turno; después arribó a las tres y oyó la misma excusa: el único neurólogo disponible no da abasto para tantos pacientes. En aquella oportunidad recibió como consuelo un número telefónico para que tratara de concertar la cita por esa vía. Llamó una vez, dos veces, muchas veces: el teléfono siempre sonaba ocupado, o timbraba pero nadie lo atendía. Ayer, por fin, logró comunicarse. Entonces quedó perplejo al oír lo que le contestaron: como ya eran las cuatro de la tarde debería marcar otro día, ojalá por la mañana. En este punto el hombre mira a sus compañeros como en busca de apoyo. Si hoy no le resuelven el problema —bravuconea— hará una huelga de hambre frente al hospital.




Los demás miembros del grupo también empiezan a desahogarse: a un hombre de Barbacoas, Nariño, aún no le definen en qué fecha le practicarán la cirugía de columna que le autorizaron a principios de 2013. A un campesino de Cucaita, Boyacá, lo dejaron sin turno porque tenía untada de grasa la fotocopia de su cédula. A una anciana de Facatativá, Cundinamarca, la rechazaron porque venía sin acompañante.

Un señor de mejillas rojizas se anima a contar su historia. Primero lo mandaron adonde el neurólogo, después adonde el ortopedista, más tarde a un laboratorio. Así pasaron tres meses. Cuando regresó adonde el ortopedista con los resultados en la mano, este lo remitió otra vez adonde el neurólogo. Falta ver cuándo le asignarán la cita que cerrará el círculo infernal. Mientras espera, refunfuña.

Son las tres y media de la madrugada. A esta hora casi todos arriban en taxi. Quienes viven cerca se vienen a pie. La señora que se quejaba del dolor en la columna toma café, la madre del chico autista organiza sus documentos en una carpeta ajada, el hombre del bastón come galletas, la muchacha que lloraba luce calmada. Detrás de ellos se ha alargado el río de rostros, que ya dobla por la esquina y se interna en un callejón.

Todas las filas son incómodas, pero esta, además, es cruel por cuanto atropella a gente débil. Esos enfermos menesterosos aguantan frío sobre el andén porque necesitan salvarse. Para plantarse allí han desafiado los peligros de la noche y gastado en transporte el dinero que no tienen. Al final, tanto esfuerzo podría resultar inútil. Por la mañana, cuando se abran las oficinas, muchos de ellos se quedarán sin la cita que requieren.

A la sede administrativa del Hospital Meissen acuden, mayoritariamente, personas catalogadas como “sin capacidad de pago”. Reciben el servicio a través de un subsidio que ofrece el Estado. También llegan pacientes de Capital Salud, la Empresa Promotora de Salud del Distrito de Bogotá. Informes de prensa recientes señalan que esta EPS presenta un déficit de 29.000 millones de pesos.

Tras innumerables apariciones en los medios, la fila del Hospital Meissen se ha convertido en un símbolo del bestiario nacional. Hasta el vicepresidente de la República, Angelino Garzón, se refirió a ella públicamente: la calificó como “una ofensa a la dignidad de los seres humanos”.



“Si yo hubiera estado afiliado a Capital Salud cuando me dio el accidente cerebro-vascular —añadió—, posiblemente me habría muerto”.

Hace unos meses, el entonces secretario de Salud de Bogotá, Guillermo Alfonso Jaramillo, declaró que el sistema de salud se ha envilecido, pues cada vez reconoce menos dinero para los más pobres. El modelo de atención, según él, “privilegia lo curativo e impone barreras de acceso para reducir costos”.

Esas barreras vuelven a sentirse ahora, a las cinco de la madrugada, cuando llega con malas noticias una funcionaria conocida por todos como “la informadora”: hoy no habrá citas para nadie porque el sistema de información presenta fallas desde ayer. De inmediato el torbellino rodea a la mujer. Hay gritos, manoteos, lamentos. La velada termina con una maniobra ya conocida: la funcionaria se limita a anotar un número telefónico en los documentos que le van pasando los pacientes.

Día uno. 5:00 a.m.

El bebé que está dormido en el pecho de su madre padece fiebre; el hombre que se encuentra detrás, aferrado a su muleta, tiene una pierna amputada. Más allá hay una anciana con cataratas y un adolescente asmático. Todos los integrantes de esta larga fila se encuentran sojuzgados por una enfermedad.

A las cinco y media de la madrugada ha empezado a clarear en Bogotá. Cae una llovizna filosa, soplan ráfagas de viento crudo. Varios miembros de la turba han venido preparados contra el helaje: llevan chaquetas gruesas, ruanas, gorros de lana, capuchas, bufandas. Sin embargo, algunos se quejan.

—¡Qué frío tan macho! —exclama una muchacha. Luego junta las manos como un cuenco a la altura del rostro, y expulsa sobre ellas una bocanada de aliento.

La cola dobla por la esquina y se interna en un callejón. Muchos de sus integrantes han venido a pedir citas médicas para familiares enfermos que ni siquiera se animaron a salir de sus casas.

En la avenida de enfrente se ha estacionado un autobús. Acaso sus ocupantes ven la turba alineada en el Hospital Meissen como un elemento rutinario del paisaje urbano. Algunos de ellos miran para acá y enseguida apartan el rostro. Vivir en la capital superpoblada de un país caótico es condenarse a andar de fila en fila, así que quienes no están obligados por la necesidad se mantienen al margen. También estos enfermos que esperan atención especializada mirarían para otro lado si fueran los pasajeros sanos de aquel autobús. En tal caso su problema no sería acceder a una cita médica sino encontrar dónde sentarse. Cada colombiano va por ahí creyendo que las únicas preocupaciones importantes son las suyas. El autobús arranca. Seguramente más adelante circulará por vías congestionadas, y entonces quedará atascado en una larga hilera de carros.



Entre los pacientes que arriban a la fila en este momento hay mujeres embarazadas, ancianos sin acompañantes, bebés en coches-cuna. El bebé enfebrecido, el hombre de una sola pierna, la anciana que tiene cataratas y el adolescente asmático han avanzado muy poco. En la fila todo el mundo pierde su identidad y se convierte en parte de una masa amorfa. Aquella mujer no se llama Zoila ni Teresa, sino la señora del brazo en cabestrillo; aquel chico no se llama Carlos ni Gustavo, sino el muchacho del tapabocas quirúrgico. Cada ser humano es un simple dígito en la cifra global de pacientes que desfilan a diario por la sede administrativa del Hospital Meissen. De modo que esta historia no es protagonizada por una persona en especial sino por el pelotón completo.

Ese pelotón de rostros sin nombre se deshace ahora en una retahíla de quejas.

—Mi niña tiene el oído infectado desde hace días, y no he podido conseguirle cita con el especialista.

—Mi mamá lleva cinco meses esperando que la atienda un optómetra.

—La semana pasada hice una fila de seis horas y no me dieron el turno con el cardiólogo.

Protestas.

Lamentos.

Reclamos.

Nunca faltan en este hospital público donde cada mes, en promedio, se registran 7000 casos de urgencia, se asignan 12.000 citas de consulta externa, se atienden 400 partos y se realizan 1300 cirugías. Hoy los pacientes se quejan sin la furia que exhibieron recientemente en un noticiero de televisión. En vez gritar siguen formados juiciosamente sobre el andén. Un señor de alpargatas pela una naranja con las uñas, un joven de mejillas rubicundas toma yogur, una viejita desdentada limpia los lentes. El hombre de ruana que está más allá ordena sus documentos en un fólder carcomido. Gente humilde subyugada por sus propios achaques y relegada por un sistema de salud indolente.

—Y también por la ignorancia —agrega Eliana Sepúlveda, coordinadora de consultas externas.

Entonces habla de los pacientes que ni siquiera saben expresarse: dicen cirugía “penal” en vez de “renal”, y solicitan citas “astrológicas” cuando necesitan atención gastroenterológica.

Sigue arribando gente. Llegan un anciano vendado, una niña con zapatos ortopédicos, una señora en silla de ruedas. Se acomodan en sus puestos a la espera de una oportunidad que tal vez no llegará. Si fueran poderosos estarían a salvo de esta maquinaria burocrática infernal. Entonces sus enfermedades no resultarían insignificantes.

A las seis y media ya han arribado todos los comerciantes de la calle. Yolanda despacha papitas snacks, don Víctor sirve caldos en su cafetería, don Jorge vende café en la esquina.

—La plata está hecha, hay es que rebuscársela —dice Paola. ?Ella administra el negocio más insólito de la cuadra: “Pañalera y fotocopias”.

—A la mamá le fotocopiamos los documentos y al bebé le cambiamos el pañal —agrega sonriente.

Paola se queda pensativa. Entonces señala que en cada jornada regala unas 50 fotocopias por física caridad. El pobre enfermo representa una oportunidad para el pobre sano, el pobre sano representa una ayuda para el pobre enfermo.

A pesar de tal solidaridad, los integrantes de la caravana asumen su orfandad. Saben que tanto sus males como el trámite engorroso que conllevan son intransferibles; saben que la misma adversidad que los junta, los aísla; saben que solo cuentan como simples cifras de un engranaje siniestro. Saben que para ellos el verbo madrugar no significa adelantarse sino vivir aplazados. Y saben que aunque algunas personas compasivas les tiendan la mano, aunque la prensa denuncie el trato ignominioso que reciben, seguirán engarrotándose en la fila. Porque nadie les hará el favor de venir hasta acá a morirse por ellos.

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