Hacía mucho que no veía a mi amigo Rome cuando me lo crucé por la avenida Corrientes, sentado en un bar, aparentemente esperando a alguien. Quise seguir de largo pero me detuvo con un gesto de la mano y me pidió que me sentara. Rome llevaba barba de días y una mirada perdida. Tal como intuí apenas lo divisé, se había separado.

—¿Te acordás de Toto? —me preguntó.

Llevé mi memoria lo más lejos que pude. Rome y yo habíamos compartido tres grados de escuela primaria, hasta los 12 años. Luego dejamos de vernos hasta los 30, al coincidir en un coctel cultural. Nos llamábamos muy de vez en cuando y nos veíamos aún menos. Rome era especialista en marketing.

—Toto… Toto… —dije. Y por fin lo encontré en una muesca del pasado—. Sí, Toto, el chico que se disfrazó de Robin en la fiesta de fin de curso.

Rome asintió:

—¿Sabías que tenía una hermana?

Hice que no con la cabeza. Apenas si recordaba a Toto, ¿cómo iba a recordar a una posible hermana?

—Pues, hará cosa de un año, una mañana que salí a correr por el parque Rivadavia, paré a beber una botella de agua en el bar La Mariposa y una mujer me miraba. Le devolví la mirada y me asombró notar que no se arredraba. Le pregunté si la conocía, y respondió que yo a ella no, pero que ella me conocía a mí. Era la hermana de Toto. Me conocía por fotos y por referencias del propio Toto.

—Aparentemente, Toto me admiraba y quería mucho más de lo que yo había intuido —siguió Rome—, y le había transmitido esta admiración a la hermana.

—¿Y vos no te la acordabas? —pregunté.

—Yo no la conocí. Los padres de Toto estaban separados, y ella vivía con el padre en La Cumbrecita. Nunca nos cruzamos. Pero ella sabía todo de mí por su hermano… Y aunque te parezca increíble, iniciamos un romance inmediatamente.

—Ya veo —comenté.

—Por ella dejé a mi esposa y a los chicos. Nunca, ninguna mujer, me puso así en la cama. Me enseñó un modo de amar que yo ni siquiera había intuido.

—Pero la separación se te está haciendo muy difícil… —dije en referencia a su aspecto demacrado.

—La separación es difícil —reconoció Rome—. Pero no es eso lo que me tiene mal. Lo último que supe de Toto fue que era reportero gráfico en Tailandia…

—Ah, sí —dije recordándolo—. Ahora me acuerdo.

—Pero desde que estoy con Lena, ella se llama Lena, nunca apareció…

—Bueno, Tailandia está muy lejos —apunté.

—Sí, pero traté de contactarlo. Hablé con la revista para la que trabajaba, con agencias periodísticas… Lo último que se sabe es que se vino para la Argentina.

—¿Y para qué lo necesitás?

—Lena no tiene ninguna foto de su infancia.

—¿Le querés pedir fotos a Toto?

—Y la otra vez, en el baño, levantó la tabla del inodoro… Fue un instante. Pero cuando la descubrí, se ruborizó… "Lo hago para vos, mi amor", me dijo. Pero… ¿por qué se ruborizó? ¿Por qué me dio explicaciones?

Me encogí de hombros.

—No te entiendo —confesé.

—Creo que Lena es Toto. Que cambió de sexo y me vino a buscar.

Tragué saliva. Palidecí.

—Necesito saber la verdad —suspiró Rome.

—Y en ese caso —acepté el dilema—, ¿qué harías?

—Tendría que haberme dado cuenta cuando me contestó la mirada en el bar —dijo Rome sin responderme—. Una mujer nunca me hubiera mirado fijo…

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