Dicen y repiten los que estuvieron allí, vigilados por las aves carroñeras, que el horizonte era una suma de montañas, de mares y de cielos de basura. Daba lástima y asco, y daba vergüenza y risa malévola que Bogotá, que siempre había mirado a Colombia por encima del hombro, amaneciera una mañana hecha otra región olvidada del país: otra cloaca, otro sumidero. Y la emergencia era culpa de las peleas entre la alcaldía y las empresas que recogían las bolsas negras en la madrugada, de la torpeza de los gobernantes y de la maledicencia de los profesionales de los desperdicios, pero el porqué y el cómo y el cuándo era ya lo de menos en aquellas calles plagadas de viejos con tapabocas, de niños calavéricos disfrazados de locos y de adultos coléricos que corrían de esquina a esquina como gallinas que no saben qué hacer: solo importaba el desastre.

Érase una vez, pues, una pintura atiborrada de tuberculosos, de extenuados, de cojos, de bizcos, de tóxicos, de infectados, de llagados, de penitentes, de contagiosos, de contagiados, de patógenos, de quebrados y de purulentos: Bogotá. Y en el rincón más fascinante del paisaje infernal podía verse una caneca con capul amarillo rebozada de bazofia.

Habría podido morir oxidada y enterrada esa pobre caneca, puesta ahí de afán por la improvisadora administración de la ciudad, cuando el alcalde se atrevió a decir que “el alcalde hace un llamamiento a todas y cada una de las canecas de esta Bogotá humana para que presten su concurso al buen funcionamiento de la prestación del servicio de aseo”, y después habría seguido en el peor de los olvidos si no hubiera aparecido el zorrero que sabemos: el zorrero Malagón. Si Malagón, 37 años, no se hubiera asomado a esa esquina en uno de los barrios más oscuros de la capital, si no le hubiera dicho “está bien: vamos” al caballo escuálido que ha sido su amigo y su enemigo todos estos años, entonces no se habría encontrado nadie en este mundo ancho y largo y ajeno con la basurera temblorosa que fue la más popular estrella de la televisión colombiana en los años ochenta: la caneca protagonista de un programa para niños, educativo y de espíritu cívico, llamado Los Dumis.

—Usted es Gruñón —balbuceó Malagón como quien ha visto a una estrella de rock, a un futbolista, a un fantasma, apenas reconoció a la basurera de capul amarillo y carita de borracho.

—Gruñón Tapas —aclaró el pobre Gruñón Tapas.

—¡Tapas! —gritó Malagón como llamando a los demás recicladores: ¡Gruñón Tapas, aquí!

Y entonces, mientras la caneca iba siendo rodeada por los vigilantes y los taxistas y las vendedoras de aguas aromáticas y los motociclistas y los transeúntes nocturnos de todas las clases sociales y las razas y las religiones y los sexos (y cada uno que llegaba al círculo iba uniéndose a la canción pesadillesca, coja y desafinada que se escuchaba al comienzo de Los Dumis: “Los teléfonos son importantes y de utilidad, rápidamente puedes tú hablar y de la misma forma escuchar / los teléfonos comunican a la gente, comunican la familia y también a la comunidad / los teléfonos comunican a la gente, comunican a los pueblos en ciudades y países”), iba abriéndose paso una fábula que prueba que la reivindicación está siempre a la vuelta de la esquina, que todas las vidas por sucias que sean tienen derecho a un clímax y que el único rival a la altura de la inagotable mezquindad humana es la tontería infinita del propio hombre: su tendencia a la basura.

Gruñón Tapas, que siempre odió su nombre, pero que nunca tuvo el valor de decírselo a sus creadores, se portó a la altura de las circunstancias. Dijo: “Sí, soy yo” fingiendo esa voz ronca, que es su marca de estilo, por primera vez desde que Los Dumis dejaron de transmitirse y él comenzó a ser olvidado. Y agregó: “Yo soy Tapas y estoy aquí para decir que la basura va dentro de nosotros: no afuera”. Y entonces los aplausos pregrabados del programa, que se le aparecían, sin falta, en las pesadillas, fueron sustituidos por aplausos de verdad, y por lágrimas.

Y desde ese momento dramático la historia fue en busca de las moralejas que ya he dicho. Se supo que el zorrero Malagón vivía en un pequeño e insólito barrio de Bogotá, el San Clemente, en el que todo funcionaba muy bien porque se hacía según lo que los padres habían aprendido en los mejores episodios de Los Dumis, y en el que Los Dumis seguía transmitiéndose a través de un canal comunitario y les ganaba en audiencia a Los Picapiedra, Los Simpson y Los Soprano. Los Dumis, creado en 1980 por un cuarteto de hermanos de apellido Noriega para enseñarles a los niños a cumplir las reglas de la ciudad, había durado años y años y después se había vuelto un tema de conversación y un placer culposo de los nostálgicos —los hay: quién iba a creerlo— de los años ochenta: se hablaba, entre la añoranza, el trauma y esa risita de superioridad moral que abre las fosas nasales, de ese título del principio que giraba (Dumis, Dumis, Dumis) como una alucinación; de esa pobre mujer, Melodía, enfundada en trajes de niña y atrapada en una callejuela de mentiras que era su única realidad; y de esos nombres tan malos que les pusieron los personajes, por Dios, que cualquiera lo habría hecho mejor a la hora de bautizarlos: no era fácil creer en Tarritos ni en Gotas El Hidrante ni en Mufy Mamut ni en Chester Bocadillo ni en Porfirio Bolillo ni en Cuncio Buenapapa ni en Juan El Tendero ni mucho menos en Petronila Chisme.

¿Y por qué desafinaban todos cuando cantaban, por qué impostaban las voces como niños jugando, por qué temblaban todos, hasta los actores de carne y hueso, como muñecos en el tablero de un taxi: sobre todo eso se especulaba en las salas de las casas.

Nadie sabía que Los Dumis, el programa mal recordado, seguía siendo lo más visto en el barrio San Clemente. Y que Gruñón Tapas, el protagonista, no era allí un objeto desaparecido (llegó a rumorarse su suicidio, su asesinato por parte de un marido resentido), sino que era un ídolo con todas las de la ley: un mito. Y que un zorrero en vías de extinción de apellido Malagón iba a encontrarlo junto a un par de canecas amarillas en lo peor de aquella emergencia sanitaria que estuvo a punto de sepultar a Bogotá. Y desde el día siguiente, claro, todos los pueblos de Colombia se fueron enterando uno por uno de la historia de un bote de basura callejero que esperó pacientemente su regreso al estrellato, y mientras tanto tuvo hijos y trabajó en muchas casas de familia y fue capaz de dejar el infierno de las drogas, y que llegó desde el olvido temblando peor que nunca y cantando con voz de caneca que “si las canecas pudieran hablar / dirían tantas cosas sin mentir / pronto, pronto estoy aquí / sólo estoy para servir”, y sin sonrojarse.

Sus videos en YouTube alcanzaron los millones de visitas de Wendy Sulca, de Delfín Quishpe, del Cui Mágico. Canal Capital hizo el documental de reivindicación: En busca de Gruñón y el paramilitarismo en Colombia. Jose “sin tilde en la e” Gaviria produjo el disco. Marlon Becerra recompuso los dientes. El alcalde Petro lo llamó “un paso adelante en el proceso de paz y en la guerra contra las mafias”. El presidente Santos se lo subió a las piernas, se tomó una foto con él y se declaró fan de los libros para dummies. El expresidente Uribe lo llamó en Twitter “una verdadera caneca de la patria”. En la radio lo pusieron contra la pared. En la televisión lo pusieron en ridículo. Semana tituló: “¿A qué juega Gruñón Tapas”. El Tiempo se la jugó por “La mejor basurera del mundo es colombiana”. El Espectador prefirió el sombrío “Y nadie habla de las canecas amarillas…”. El Espacio se fue con “¡Qué basura!”. Se le adoró en el Perú. Se le quiso en toda Colombia. Y se le detestó. Se le llamó “anacrónico”. Se le explotó y se le humilló. Se le condecoró. Se le llamó santista, uribista y petrista. Se le dijo “sucia” y “sucio”: “cuál es el sexo de una caneca”, se preguntó la gente, “y qué tal es”. Y él se lanzó al Congreso por el Partido Verde y ganó y los senadores tuvieron por fin un interlocutor, pero él renunció apenas pudo porque “una sola papelera no da abasto para tanta podredumbre”.

Y entonces, vituperado por unos y glorificado por otros, hubo un día en que fue claro —he aquí, una vez más, la moraleja— que Gruñón Tapas era en el peor de los casos un personaje tan importante como los personajes importantes de la historia de Colombia. Que el gran dilema humano es y será este: olvidar o mentir. Y que a cada títere de este mundo le llegará el día en que todos, salvo él, sabrán muy bien quién es.

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