Por: @Sal_Fercho

Me llegó una noticia al correo que leí varias veces y, días después, seguía ahí, dando vueltas en mi cabeza. Se refería a un caso que oscilaba entre lo absurdo y lo infame. La historia había comenzado una mañana de martes, en noviembre de 2014, cuando Diego Mancilla, un hombre negro de 38 años, encontró convulsionando a Laura, su hija de 11. Estaba doblada en el suelo, con la cara apoyada en el borde del sofá y los ojos desorientados. (El ladrón de millas que viajó por el mundo a costa de los famosos)

“Yo quedé en shock”, me diría un año después Hilda Zambrano, la madre de la niña. Su esposo había llegado cuatro días antes de España para pasar el fin de semana con su hija antes de viajar juntos a Barcelona. Hilda no sospechó de los síntomas previos al trastorno: la sed, el dolor de cabeza, la fiebre alta. Diego Mancilla tampoco reconoció las señales, a pesar de que había estudiado Enfermería a distancia y trabajado como auxiliar en dos consultorios privados en Madrid.

Las personas que encontró el hombre desde que salió de su casa, a las 8:10 de la mañana, hasta que dejó a su hija en la clínica Valle del Lili, 15 minutos después, lo recuerdan alterado. A todos les dijo que Laura se estaba muriendo por culpa de una pastilla que se había tragado. Pocos le creyeron. Entre los incrédulos estaba Sandra Carvajal, uno de los tres médicos internistas que atendieron a la niña antes de su ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos. “Tenía los intestinos hechos un nudo”, dijo Carvajal a uno de los investigadores de la Policía Judicial, que a su vez consignó estas palabras en la acusación. “Su estado de salud lo provocaron tres cápsulas de cocaína que explotaron en su estómago”.

Diez minutos después de haber sido ingresada a la sala de observación, a Laura le asignaron “prioridad”. Mientras los médicos la atendían, su padre la abandonó. Ella quedó confinada en la clínica durante dos semanas y, después de su recuperación, vivió en Bogotá, en un hogar de paso del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Luego regresó a la casa de sus abuelos maternos, donde vive actualmente. Fue en agosto de 2015, casi un año después de haber ingerido 104 cápsulas de cocaína por orden de su padre, quien la había convertido en la mula más joven del mundo.

¿Quién era Diego Mancilla? ¿Qué lo llevó a cometer semejante absurdo? ¿Es justo llamarlo el peor padre del país, como lo calificaron en redes sociales y en algunos medios? Me obsesioné con el tema y, después de revisar las noticias del caso, decidí averiguarlo todo al respecto. Ya llevo año y medio en esa empresa. (El hombre con el pipí más grande del mundo)

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En el video de seis minutos que grabaron las cámaras de la clínica y que difundieron los medios de comunicación, aparecen Mancilla y un acompañante, al parecer su hermano Sergio, con Laura en sus brazos. El padre está vestido con unas bermudas y una camiseta esqueleto, y vocifera pidiendo ayuda: “¡Se tragó una pepa de cocaína! —dice—. ¡Ayúdenme, que está intoxicada!”. Son las 8:23 de la mañana. El video continúa: una de las enfermeras llega corriendo hasta la camilla en la que Laura está acostada temblando y dos auxiliares la llevan hasta la sala de observación, donde le practican varios exámenes. Alfonso Holguín, coordinador de imágenes médicas, le toma una radiografía panorámica. Son las 9:00 de la mañana y ya están los resultados: en la región abdominal de Laura aparecen pequeños bultos, son las 104 cápsulas de cocaína, perfectamente acomodadas. Holguín le informa de la situación a la directora de turno, que avisa a la Policía.

Harry Andrés Salazar, detective de la seccional de Investigación Criminal de la Policía Judicial (Sijín), consignó en un informe el relato de las enfermeras que hablaron con Mancilla. El documento dice que ante la insistencia de ellas por conocer la causa del mal estado de su hija, les reiteró que se había tragado una cápsula de cocaína. Luego pronunció frases incoherentes y, cuando intentaron interrumpirlo, las cortó: “Voy por unos documentos que están en mi casa, por el afán se me olvidaron”. Y se fue. “Salió corriendo con el tipo que lo acompañaba”, aseguró uno de los vigilantes a la Sijín. “Se montaron en el carro y no regresaron”. (La historia de dos buzos que sobrevivieron 48 horos en altamar)

Mientras Laura iniciaba el posoperatorio, su padre era el hombre más buscado de Colombia. Noticieros de televisión, emisoras y periódicos repetían su nombre. Las versiones variaban según el medio.

—El caso de la niña mula comienza a esclarecerse, recompensa de 20 millones —aseguraba Noticias Caracol.

—¡Encuentren a ese sinvergüenza! ¡Qué no se vuele, muchachos! —bramaba Mario Aníbal Bautista, en La Cariñosa.

El círculo se le fue cerrando a Mancilla, hasta que, el 22 de noviembre, El Tiempo sacó en primera plana su foto al momento de ser detenido, bajo el título: “Capturado el papá de la niña mula”.

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La estación de la Sijín es un vestigio de la lucha contra el cartel de Cali de mediados de los años noventa. Está ubicada en el barrio Ciudad Modelo, en el suroccidente de la capital del Valle. Afuera, dos perros perezosos duermen a sus anchas sobre un piso pulcro de baldosa. Las hojas de los naranjos secos están escrupulosamente amontonadas en un rincón de la entrada. Son las 3:00 de la tarde del 10 de marzo de 2015. (Las fotos de la pelea entre Melania y Donald Trump)

En una de las oficinas del segundo piso se encuentran la mayor María González, jefe seccional de investigación, y la intendente María Pozu. Al otro lado de la puerta están sus asistentes, que atienden llamadas telefónicas. Uno de ellos llega agitado hasta el escritorio de González con una carpeta que tiene escrito en marcador el nombre de Diego Fernando Mancilla Aguilar.

Hoy, al igual que hace dos días, cuando vine por primera vez, González habla lo justo. Revisa minuciosamente la carpeta del caso y lee algunos fragmentos de la investigación. Pozu, en cambio, se desborda. Cuenta que cuando capturaron a Mancilla, este aseguró que iba a contarlo todo, que no dejaría detalles sueltos, que todo lo iba a hacer por su hija, pero cuando llegó la hora de declarar no dijo nada. La intendente afirma después que en el trayecto de la estación a la Unidad de Reacción Inmediata (URI) les aseguró a los policías que él no había hecho nada malo, que todo era un invento de los periodistas, y que estaba amenazado de muerte desde hacía meses.

El primer paso para establecer el paradero de Mancilla fue la interceptación de tres líneas telefónicas. Luego se realizaron labores de vigilancia y seguimientos a varios integrantes de la familia que vivían en el barrio San Judas II de Cali o en Santander de Quilichao.Precisamente en ese municipio del departamento del Cauca, Mancilla se escondió de la Policía durante seis días. Alojado en la casa de unos parientes, fue visto con el sombrero y el overol típicos de quienes trabajan en plantaciones de caña de azúcar.

Antes de dar con su paradero, la mayor González solicitó a diferentes instituciones del Estado (Tránsito, Catastro, Oficina de Instrumentos Públicos) los antecedentes de la familia Mancilla Aguilar. Logró establecer que Alba Lucía Aguilar, la madre de Diego, tenía registrado el Chevrolet Aveo con placas DEK 655 que Mancilla utilizó para llevar a su hija a la clínica y que nadie de la familia volvió a utilizar desde que Diego lo dejó tirado sobre el mediodía de aquel martes, después de abandonar a su hija. Hoy reposa en uno de los parqueaderos de custodia de la Fiscalía de Cali, junto a otros vehículos envueltos en casos judiciales, condenados a convertirse en chatarra.

En una declaración, la mayor González asegura que en el vehículo se hallaron residuos de base de coca y cintas de color café, dispuestas para empacar la mercancía. “Lo de la niña no fue una cosa fortuita —explicó—. Es una de esas bandas que venden al menudeo y luego quieren sacar la droga para hacer crecer su negocio”. (Yo me varé llevando a Major Lazer al aeropuerto)

La mayor me comentó también que Mancilla había entrado en contacto con una organización colombiana que trabajaba con los carteles del Norte del Valle y que esta lo había contratado para mandar dinero a Colombia de la venta de estupefacientes en Madrid, mediante el envío de remesas. Al parecer, a comienzos de 2014 esa relación entre Mancilla y el grupo criminal se fracturó, porque él no mandó parte de las ganancias a Colombia. Se dice que intentó sin éxito despachar alrededor de 50 pequeños envíos a diferentes familiares y conocidos en Cali y en Santander de Quilichao, una táctica eficaz para que el dinero pasara desapercibido por las autoridades tributarias y judiciales de los dos países. Tras el problema, Mancilla intentó devolver la plata a los miembros de la banda, pero estos respondieron con amenazas de muerte a él y a su familia. Mancilla debía entonces responder por el trabajo, pero nadie le arrojaba un salvavidas. La teoría de la mayor González sostiene que el hombre llegó a un acuerdo para reparar su falta: llevar de Cali a España unos 2 o 3 kilogramos de cocaína. Las 104 cápsulas halladas dentro de Laura sumaban, apenas, algo más de medio kilogramo.

Las bandas colombianas de narcotraficantes en España funcionan de varias maneras, tal como me cuenta Liz Cuadros, directora del Centro Internacional de Estudios Estratégicos contra el Narcotráfico (Ciena). Me explica que hay personas, como Mancilla, que son contactadas desde Colombia para llevar droga a Europa o para traer dinero de allá. Me cuenta, además, que algunas organizaciones se dedican a entrenar mulas o sicarios que luego se devuelven al país o, si son perseguidos por las autoridades o por sus enemigos, se refugian en España.

Todo indica, entonces, que Mancilla quedó en medio de un remolino de violencia, ajustes de deudas y afán de lucro. Una mezcla que terminó por perjudicar al eslabón más débil de la cadena: su hija.

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El abogado Alexánder Zúñiga centró su defensa en demostrar que Mancilla no tuvo la intención de matar a Laura. Aunque el argumento fue admitido por el juez del caso, con dicha estrategia Zúñiga daba por aceptado que a su defendido lo hallarían culpable por tráfico de estupefacientes y uso de menores de edad en delitos agravados. Sus esfuerzos estuvieron encaminados a que Mancilla pasara el menor tiempo posible en prisión. En una de nuestras primeras conversaciones, me comentó que estaba abierto a buscar un preacuerdo con la parte acusadora, como efectivamente sucedió un año después, cuando se dictó la sentencia.

La mañana del 15 de agosto de 2015, la sala del quinto piso del Palacio de Justicia de Cali estaba medio llena. Yo estuve allí, en la tercera fila del público, justo detrás de los representantes de la Fiscalía y diagonal a la familia de Hilda Zambrano y los padres de Mancilla. Él fue la única persona que permaneció de pie cuando la juez Alexandra Correa entró en la sala. Tras señalar que tardaría en anunciar la decisión final, dijo: “Señor Mancilla Aguilar, puede sentarse. En su debido momento, yo le diré cuándo debe ponerse de pie”.

La juez se ajustó los lentes, sostuvo con la mano izquierda la primera hoja de un fajo de 20 folios y ofreció un resumen de las pruebas que la fiscal Olivia Mondragón le había presentado. Los hechos no admitían controversia: Mancilla indujo a su hija a tragarse más de 100 cápsulas de cocaína, intentó reanimarla cuando la encontró convulsionando, la llevó hasta la sala de Urgencias de la clínica Valle del Lili y la abandonó diez minutos después, antes de huir a Santander de Quilichao.

El acusado se levantó. “La decisión conjunta de este tribunal es la siguiente”, dijo la juez: por el cargo de tentativa de homicidio, 155 meses; por tráfico de estupefacientes, ocho meses; por uso de menores en la comisión de un delito, once meses. En total, 174 meses de condena (14 años y medio).

Una hora después del fallo, el ya condenado fue visto saliendo del Palacio de Justicia por una puerta posterior, rodeado de tres guardianes del Inpec y algunos policías que lo acompañaron hasta la camioneta blindada de color azul y negro que lo conduciría de regreso a la cárcel de Tuluá. (Un día en la sala de deportados de El Dorado)

En las audiencias no se comprobó que Mancilla hubiese utilizado a su hija como correo humano antes, pero hay hechos que permiten plantearlo. Es lo que los abogados llaman “evidencia circunstancial”, en la que una o varias acciones relacionadas llevan a la conclusión de que algo más sucedió. En este caso, dicha evidencia se basa en los dos viajes a España con su hija en mayo de 2014; los permisos solicitados por Hilda Zambrano en el colegio de la niña (cada uno de 15 días); los registros de Migración Colombia, y la cesión de las custodia de la niña a Mancilla por su esposa, justo a mediados de ese mismo año.

Hay una declaración de él ante los medios, pero es tan convencional que parece dictada a última hora para presentarse ante el mundo con una cara diferente a la del peor padre de Colombia. “Pido perdón a la sociedad y al país, pero no soy el animal que se me acusa. La bendición que tengo en este momento es la salud de mi hija, porque tengo conocimiento que está bien (sic)”.

Traté de hablar con él cinco semanas después de la condena, a través de una carta que le hice llegar con el Inpec y la oficina de Trabajo Social de la cárcel de Tuluá. Me respondió que se sentía acosado por las diferentes solicitudes que le había enviado para entrevistarlo. Algunas fueron peticiones formales que radiqué en las oficinas del Inpec y otras, mensajes que su abogado le hizo llegar. Lo cierto es que Mancilla se negó a aportar cualquier dato que permitiera clarificar un poco por qué decidió convertir a su hija en mula.

Yo ya había hecho varias pesquisas su vida, en las que encontré lo básico. Mancilla se graduó del colegio Veinte de Julio de Cali, en 1997, y prestó servicio militar en la Policía Nacional. Luego conoció a Hilda por medio de un amigo, cuando ella terminaba el bachillerato en el colegio Inem, también de Cali. Después de ser rechazado para hacer la carrera castrense, abrió una peluquería llamada Saray en el garaje de su casa y formalizó su relación con Hilda. En 2003, decidió matricularse a distancia, en la Escuela de Enfermería del Valle (Edenv), donde terminó sus estudios técnicos pocos días antes de que su hija cumpliera 3 años. (Mujeres le aconsejan qué hacer si le gusta su mejor amiga)

Luego, se dedicó a trabajar en una compraventa de motocicletas y, a finales de 2005, se inscribió en el instituto Incocri de Cali para estudiar Criminalística, aunque solo cursó un par de semestres. Dos años después, una madrugada, Edward Mancilla escuchó que golpeaban en su casa. Era Diego, su hermano mayor. “Me dijo que se iba para España —recuerda—. Todos dijimos que fue la mejor decisión para su vida”.

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Emilio Meluk, coordinador del Centro de Psicología Aplicada y Jurídica de la Universidad Nacional, me ayudó a comprender por qué Mancilla había decidido atentar contra su hija, a partir de los elementos que emplea al construir un perfil criminal: los antecedentes, el método y el comportamiento posterior al crimen. “No parece que estemos ante una persona con una enfermedad mental”, me dijo. En uno de sus ensayos, el experto escribe que cuando no entendemos los actos de alguien, solemos tacharlo de loco. Hay, sin embargo, acciones aberrantes que no necesariamente provienen de personas enfermas sino de aquellas que no prevén las consecuencias. “El sujeto es consciente de lo que hace, actúa con frialdad, calculando cada paso que da. Se autoconvence de que sus actos son legítimos y bien intencionados”, asegura.

Por su parte, Ernesto Beltrán, subdirector de Atención en Salud del Inpec, es tajante: “No sé si Mancilla sea medio psicópata, pero es que uno no utiliza a los hijos para eso. Es afán de lucro, como la señora que prostituye a sus hijas”.

Mancilla está en la cárcel de Tuluá desde nueve meses antes de su condena. Los internos lo identifican como solitario. Edwin Marulanda, guardián del Inpec que ha logrado hacer un contacto cercano con él, dice que un modo de entenderlo es observar la posición de su cabeza: cuando la agacha, es como si colgara un cartel que dice “no molestar”. Se mueve y habla con una pereza engañosa que desaparece cuando recibe visitas. El resto del tiempo lo pasa sentado frente a una huerta, donde sus compañeros cultivan frutas secas. (‘Bienvenidos al infierno‘: dicen policías de Río de Janeiro a los turistas)

De Laura Mancilla, en cambio, tuve siempre noticias que me inspiraron una imagen apocada. Cuando busqué los últimos testimonios para esta crónica, me enteré de que su madre no tiene la custodia de ella, aunque puede visitarla de vez en cuando. También hablé con Édgar Angulo, profesor de ella en séptimo grado. Una noche conversamos por teléfono de los años en que la niña ocupaba el primer pupitre de la clase, pero no obtuve sino información general, salvo un dato significativo: “No le gustaba ninguna materia en particular, había llegado unos meses antes y ponerse al día con los demás niños toma su tiempo”, me dijo. A partir de esta frase pude establecer que la situación de Laura no ha cambiado, pues hoy intenta nuevamente ponerse al día con sus compañeros de octavo grado del colegio Almirante Colón, donde espera terminar el bachillerato.

Antes de concluir mi investigación, le pregunté a Ernesto Beltrán, el mismo doctor del Inpec que comparaba a Mancilla con la madre que prostituye a sus hijas, qué tanto afectaría todo esto a Laura. Me respondió que a la edad en que los niños todavía creen en los dibujos animados, ser mula y casi haber muerto es hacer real una pesadilla. Laura, que hoy tiene 13 años, fue la protagonista de esta pesadilla. Si Rilke decía que la patria de todo hombre es su infancia, la de Laura es la historia misma del país.

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