Mi papá se jubiló antes de tiempo, como muchos otros que, debido a la crisis económica de los noventa, tuvieron que liquidar sus negocios. Su permanencia en la casa nos llevó a nuevas dinámicas jamás antes vistas, como la acaparación del teléfono a manera de línea privada de oficina (eso sí, sin jamás contestar, porque los gerentes no contestan), o el trato secretarial para con cualquier miembro o persona presente en el hogar. Jamás entendió que el poder que tenía en la oficina no aplicaba de la misma forma en casa, por lo cual intentó mantener su jerarquía pidiéndole a la muchacha que le pusiera un fax, o haciendo un ademancito curioso con la mano, al tiempo que decía: "Márqueme ahí a donde Perencejo". Así, como quien no manda, como Uribe. Así se comportaba mi papá y todos estábamos enloquecidos con el nuevo dictador que pasaba las 24 horas del día dando órdenes de oficina en un hogar acostumbrado a la democracia materna.

Su cúspide tomó lugar el día en que decidió ser el presidente de la junta directiva del barrio. Después de invadir nuestra privacidad con varias reuniones de gamonal político para hacer campaña entre los vecinos, comenzó a gobernar, también como Uribe: llamando al orden en vozarrón de consejo comunal hasta al más inferior de la organización. Todavía puedo recordar con horror esas madrugadas en las que se sentaba frente a un teléfono sofisticado (restos de la oficina que cerró). Le gustaba sobre todo utilizar el speaker phone. Una vez pitaba doscientas veces, él daba un grito inconmensurable: "Gracias. Línea para fax". Luego venía el tu tu ruuuuu y al cabo de unos minutos mi papá le gastaba el nombre a la empleada porque se le atoraba una hoja o cosas así. La mañana continuaba con la llegada de la administradora del barrio, que diariamente le daba reportes de todo lo que estaba sucediendo en el vecindario. La familia Chaustre sacaba al perro sin correa, el señor Munévar debía seis meses de administración, las niñitas Tobón arrancaban flores de jardines ajenos y Mancipe, el celador más antiguo, se había caído de la bicicleta que le habían comprado para darle vuelta al barrio en una suerte de cruzada de seguridad democrática (Mancipe tenía fácilmente unos 45 lustros). Mi papá discutía todo esto a volúmenes exorbitantes, pedía la hoja de vida de Mancipe para revisar su afiliación a salud, llamaba a las mamás de las niñitas Tobón y redactaba circulares en voz alta para que María Helena se las imprimiera "para firma".

Como todo el que ostenta algún tipo de poder, aprovechó para saldar cuentas con el vecino de al lado, con quien había entablado una pelea cuyo motivo ya nadie recuerda (la guerra fría continúa). Hablaba día y noche con otros residentes para hacerle tumbar esa horrible torre de comunicaciones (una antena de ex militar) que no tenía lugar de ser en una zona residencial. Cuando no estaba en eso, llamaba por el citófono a la portería a ver en qué estaban los celadores. "Ernesto, cuénteme qué pasó con el uniforme de Raúl y dígale a María Helena que apenas llegue venga para que trabajemos en una circular".

El momento más memorable de su mandato fue cuando, debido a la ley que implantó el alcalde de quitar rejas en algunos barrios, mi papá movilizó a todas las mamás de Calatrava, que protestaron en batas, sudaderas y piyamas para evitar que tumbaran las rejas del barrio. Recuerdo solamente una tanqueta parqueada a la entrada de una de las porterías y a mi papá acostado en el piso para impedir su acceso. Creo que incluso la madre del ex alcalde fue seducida por su liderazgo revolucionario y participó en la revuelta, que terminó con la indiscutible destrucción de las rejas y el retorno de la sedición a sus hogares.

No recuerdo si mi papá quiso que lo reeligieran o si "convenció a su alma" de no apegarse al poder. Como sea, le agradezco nunca haberse deprimido por no tener trabajo, dinero o poder. Mi papá me demostró que se puede seguir siendo un rey con muy poco y creo que él también le agradece a la vida que esa quiebra le hubiera dado la oportunidad de dedicarse, después de dirigir la junta directiva del barrio, a lo único que nunca va a dejar de importarle: la música.

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