Gwyneth Paltrow dijo cierta vez que la ciudad más bella del mundo le había parecido Copenhague en agosto.

Lo dijo con ese aire melancólico que tanto la embellece y que se acentuó tras la muerte de su padre. Lo dijo con tristeza, como si no fuera a volver a Copenhague.

Como me quedan pocos agostos y puede que ninguno, vine a Copenhague con la sombría sospecha de que no volveré a esta ciudad y la disimulada alegría de haberla caminado a mi aire taciturno, sin mapas ni guías, extraviándome con pasos demorados.

Cuando llegué desde Nueva York, ya presentía que esta ciudad poseía una densidad y unos matices que la hacían de este mundo pero también de otro mundo.

Mis primeros intercambios verbales me confirmaron que los daneses se expresaban en inglés con la misma fluidez que en su lengua nativa, que eran amables pero comedidos, que parecían felizmente ensimismados, que practicaban una elegante austeridad con las palabras y los gestos.

Me dije: las palabras danesas son tan largas y enrevesadas que deben de tener pereza de decirlas y por eso hablan poco y de preferencia en inglés.

Me dije: la severidad del clima los ha replegado sobre sí mismos, los ha educado en el noble oficio de la soledad.

Yo no quería hablar con nadie, solo quería caminar y mirar a la gente.

Llovió la primera noche. No llevaba paraguas. En alguna calle impronunciable, me detuve, miré al cielo de matices rosados y bebí lluvia escandinava.

El taxista me dijo: en este país casi todos somos ateos, pero nos gusta ir a la iglesia. Terminé sentado en una iglesia luterana, sin vírgenes ni crucifixiones, sin calvarios ni sangre derramada, pensando que los daneses tenían una obsesión con las cúpulas, una tortuosa minuciosidad para decorar el último y más arduo esfuerzo humano, la terminación arquitectónica que se funde con el cielo impregnado de un rosado que oscurece al caer la tarde.

En la mansión del magnate ya muerto, el más deslumbrante museo de los que recorrí, con asombrosas piezas egipcias, ceñudos dioses griegos, estatuas de emperadores romanos, mi mirada se perdía menos en los cuadros de Gauguin y Van Gogh que en las cúpulas prodigiosas que el magnate había erigido para rodearse del arte de todos los hombres de todos los tiempos. Besé la mejilla pétrea de Calígula.

En otro museo, observé perplejo una balsa vikinga, calaveras humanas, enormes fósiles de animales que no hubiera podido cazar.

Me dije: si viví en aquel tiempo y en este archipiélago, uno de esos animales me tragó.

Me dije: es una suerte vivir en este tiempo en el que no tienes que matar a una bestia salvaje para comer, en el que no tienes que matar a las bestias humanas de otra tribu para sobrevivir.

Vi una película inglesa, Bronson, la historia de un sujeto que se pasa la vida peleando con policías y guardias carcelarios y se convierte en el peor presidiario de la historia británica. Es una leyenda, el reo más temido, un loco nacido para pelear, destruir caras y para que desfiguren la suya.

Salí agitado, furioso. Todos los golpes que Bronson había dado y recibido en la película se me habían metido al cuerpo y reunido en un golpe que tenía que darle a alguien, en un golpe latente que bullía en mí.

Nunca había sentido esa necesidad física de pegarle a alguien sin ninguna razón. Pero ahora caminaba por Copenhague y tenía que romperle la nariz a alguien y no sabía por qué tenía tanta rabia cifrada en ese golpe inevitable.

Un sujeto de aspecto oriental venía caminando. Era bajo, llevaba anteojos, andaba solo, cargando un bolso. Lo odié porque supe que me sobrevivirá. Cuando lo tuve a un paso, descargué mi puño en su cara distraída, volaron sus anteojos y cayó al suelo. Escuché voces reprobatorias, pero nadie se acercó. Seguí caminando hasta llegar al hotel. Fue uno de los momentos más placenteros de mi vida.

Esperando al vuelo a Estocolmo, me dije que lo que más recordaré de este viaje no será el golpe al oriental, sino estar sentado en un café de la calle Kompagnistraede, viendo pasar mujeres de una belleza etérea, inhumana, montadas en bicicleta, ensimismadas, las piernas al viento, el vestido replegado por la brisa veraniega, las promesas de un calzón a flores insinuándose con distraído descaro o con espléndida libertad ante mis ojos fisgones, asombrados, incrédulos frente a tantas vidas bellas que pasaban en bicicleta, unas vidas, unos rostros, unas sonrisas, unos cabellos revueltos por el viento que, con seguridad, no volveré a ver.

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