El aguerrido luchador Ndiakhoum va a terminar llorando como una señorita. Antes de que ocurra eso está ahí, en mitad de la arena, luchando a muerte con Garga Mbosse. Si no fuera por la sangre que corre por el cuerpo de ambos, parecería que los golpes no duelen. Se dan y reciben como dos muñecos porfiados en mitad de un estadio con tres mil espectadores exultantes y un centenar de policías con metralletas al hombro. Puñetazos con mano abierta y mano cerrada, sin guantes, que hacen refregar los nudillos sobre la nariz, las cejas y los dientes sin protector bucal del adversario.

De pronto, los dos cuerpos musculosos se abrazan, se separan, se vuelven a abrazar, otra mano al hígado, un cabezazo seco, un rodillazo a la entrepierna rival, se empujan, se encorvan, tratando de no caer al suelo. Cada luchador tiene su hinchada, como la de un equipo de fútbol, con camisetas y pósteres, que les gritan en mitad de este ir y venir de golpes y empujones y llaves parecidas a las de la lucha libre. Si no fuera por la sangre, por la furia con que luchan, por las muecas de dolor y la euforia desatada de los espectadores, uno creería que los golpes no duelen. Quizás no duelen. La mayoría de los luchadores de Senegal tienen un buen pasar, son ídolos, famosos, con buenos contratos. Una realidad en la que un puñetazo, por mucho que te quiebre la nariz o te vuele un diente, puede considerarse una caricia si gracias a dedicarte a esto uno pudo abandonar para siempre la pobreza propia y la de toda la familia.

Quizás piensan en eso mientras pelean: en los golpes de la vida.

Tal vez eso recuerda el aguerrido luchador Ndiakhoum, durante el combate. En todo lo que han ganado gracias a la lutte, la lucha senegalesa, el deporte más popular de Senegal, Gambia y varias zonas del África del oeste. En eso, Garga Mbosse, el luchador de moda del campeonato nacional, lo amarra con sus brazos pesados y lo estrangula y le ahorca el cuello y Ndiakhoum pierde. Por eso llora. No por algo tan burgués como el dolor físico. Llora, todos lo saben aquí adentro, por honor. Por haber defraudado a sus seguidores y a su comunidad. Mientras el vencedor da entrevistas a los canales de televisión que transmiten la lucha en directo a media África, el perdedor tiene el torso lleno de sangre y la cara llena de lágrimas. La mole de nudillos gastados y la espalda de heladera termina su faena llorando como una señorita.

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Hemos crecido relacionando las palabras África y lucha. La lucha africana contra el hambre, donde uno de los grandes promotores mediáticos fue el propio Michael Jackson. La lucha africana contra el apartheid, encabezada por el sudafricano Nelson Mandela. La lucha africana contra la esclavitud, contra el sida, contra el avance del desierto, por la independencia. El último Premio Príncipe de Asturias, en la categoría de Cooperación, lo ganó "la lucha africana contra la malaria". Como si, finalmente, el estado natural de África fuera precisamente esta lucha.

Bastan pocas horas en la capital de Senegal para darse cuenta de la importancia que tiene la lucha en la vida diaria de este país africano. Pero esta vez, hablo del deporte de la lucha. Las tiendas deportivas del centro de Dakar venden camisetas del Barcelona, el Inter, el Manchester, pero también de los mejores luchadores del campeonato local de lutte. Hay afiches, banderas, y publicidades con la imagen de estos competidores que solo entran a combatir con un taparrabo y las ganas de llenar de golpes al adversario. El diario de los lunes nunca lleva en portada fotos de goles ni resultados futbolísticos, solo imágenes de tipos combatiendo por el honor y todos los resultados de la jornada dominical de la lucha.

Hoy es domingo y hay lutte, como se le conoce oficialmente en este país francófono, o laamb, para los africanos que prefieren comunicarse en wolof. Le pregunto al conserje del Novotel de Dakar la mejor manera de ir a la lucha, y me explica que es complicado, que no es turístico, que el viaje con guía no baja de 200 dólares. Sin embargo, en las afueras del hotel, un taxista que maneja un Mercedes Benz de los años ochenta, y que resulta ser un fanático del campeonato, pide cincuenta dólares además de su entrada. El improvisado guía parece feliz con el vuelco que ha tomado su domingo. En vez de esperar pasajeros estacionado debajo de un árbol, se pasará la tarde viendo su entretención favorita: tipos que se golpean hasta que alguno de ellos no da más.

Atravesamos media ciudad hasta llegar al estadio Stade Demba Diop. No hay estacionamientos cerca, así que dejamos el auto en una de las calles laterales. Selou, el taxista, un tipo con demasiada barriga de cerveza como para ser un buen luchador, cierra el auto con la felicidad que implica el fin de una jornada laboral.

En los alrededores del estadio no se ve mucha gente porque la jornada de combates ya partió hace rato. La boletería está vacía y cada entrada cuesta menos de tres dólares. Después de recibir el ticket, se pasa el primer control policial de una serie de controles policiales. Selou dice que muchas veces se arman peleas entre el público y que por eso hay tanta seguridad, aunque las metralletas parecen ser un elemento disuasivo algo exagerado.

A medida que uno se acerca al estadio comienzan a escucharse los gritos. Cada vez más cerca. Son gritos distintos al boxeo, donde la gente suele levantar la voz por un buen derechazo o ante un demoledor gancho al mentón, pero poco más. Sin guantes y sin protectores y donde se aceptan los amarres y los rodillazos y el combate en el suelo, los gritos son más parecidos a las riñas de bares. O a las peleas de gallos.

El Mahatma Gandhi decía que la alegría está en la lucha. Y debe ser cierto, porque cuando finalmente se está dentro de un estadio de Senegal para ver una jornada del campeonato de lucha africana, hay algo festivo en el ambiente.

La primera imagen panorámica es la de tres mil africanos moviendo los brazos y gritando, mientras dos tipos con taparrabos se abrazan en la pista de arena y se empujan y se dan golpes de puño, todo acompañado por un grupo de seis músicos con tambores africanos. Porque sí, toda esta historia de golpes y vencedores y vencidos tiene música de fondo. Una suerte de melodía tribal que transforma el combate en una danza, donde el paso de baile puede ser un cabezazo que parte una ceja.

El perímetro de lucha tiene unos diez por diez metros, toda arena, alrededor de la cual se pasean y entrenan y calientan y se preparan los luchadores del siguiente combate. Todo el perímetro donde están los competidores está rodeado por militares de boina roja y fusil al hombro. Un canal de televisión transmite en directo y otro par en diferido. Hay un sector de prensa, aunque las cámaras están en todos los sectores. Entre el público no hay turistas. Hay hinchadas de los distintos competidores y un par de clubes de fans con chicas que lanzan gritos agudos, tal como en Latinoamérica se vitorea a Ricardo Arjona.

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La fuerza de la lutte no está solo en los golpes: el espectáculo empieza antes, cuando el luchador se pasea seguido de sus asistentes por la pista, para presentarse y desafiar al grupo rival. Es una danza, un espectáculo, una puesta en escena real donde tienen mucho que ver el honor y todo es acompañado por tambores.

Para preparar a los competidores, los asistentes lo purifican con distintos inciensos y rezos. Antes de saltar a la arena, cada luchador se pone en la boca un pequeño palo para masticar los nervios y desafiar al rival. Si bien están prohibidas las apuestas, Selou, el taxista, me dice que es común que se apueste privadamente en los diferentes combates. Después de todo, desde sus comienzos la lutte tuvo en disputa —además del honor— cosas materiales: la tradición cuenta que en sus comienzos los combates eran entre habitantes de distintos pueblos, y había en juego parte de los cereales recolectados en la jornada de combate.

En términos técnicos, cada luchador puede golpear con el puño las veces que quiera y recurrir al cuerpo a cuerpo para tumbar al adversario. El combate dura 45 minutos, como máximo, aunque nunca llegan al límite porque alguno de los dos ya ganó antes. Un luchador gana cuando la cabeza, las nalgas o la espalda del otro tocan el suelo. Para estar atentos a ver cuál de los dos cae primero, cada combate tiene tres jueces que siguen atentos cada golpe, empujón y zancadilla.

La lucha africana partió como una tradición ancestral, luego en una expresión cultural, de ahí se convirtió en un deporte amateur y hoy es un gran negocio donde los luchadores cada día ganan en cotización. Existe una Federación con sedes en diferentes países, y un plan de "luchar contra la pobreza" que busca reclutar niños y jóvenes luchadores para acercarlos al deporte y a una mejor calidad de vida: parecido a nuestro fútbol.

La popularidad del deporte es tal, que legendarios luchadores como Yékini, Tyson y Bombardier, son considerados figuras nacionales. Esta tarde de domingo, tanto Ndiakhoum como Garga Mbosse, se preparan para combatir buscando seguir su propia ruta al éxito. Dándose golpes y más golpes con la idea de todo el que vive luchando: algún día poder descansar.

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Carlos Marx decía que el motor de la historia es la lucha de clases, sin embargo, el motor de esta historia es la lucha entre Ndiakhoum y Garga Mbosse. Acaba de terminar la ceremonia de presentación, el ritual previo al combate que tiene bailes, cantos y desafíos. Uno de los jueces da la largada, mientras los músicos tocan y retocan los tambores que acompañan musicalmente la lucha.

Parten estudiándose, aunque el estadio grita como si ya estuvieran sangrando. Se tocan las manos mientras se mueven. Se las pasan mutuamente, como si fueran brochas con la que pintan al rival. Se mueven lentos, sigilosos, encorvados. Hasta que uno lanza el primer cachetazo. Luego viene la seguidilla de golpes, los dos cuerpos musculosos y grandotes lanzando aleteos como en una riña escolar. Se pegan, se amarran, se ahorcan, se dan cabezazos y sangran en pocos minutos. Hasta que Garga Mbosse, el crédito de Dakar, logra tumbar a Ndiakhoum que termina entre llantos. Entre micrófonos de varios colores el ganador grita por su orgullo y el perdedor se lamenta por su honor. Es la penúltima pelea del día, aunque Selou asegura que esta pelea era el verdadero plato fuerte de la jornada. El taxista apostaba por Ndiakhoum. Antes de que comience el último combate, Selou hace una seña para irnos. Al igual que en fútbol, irse un poco antes del final es una buena idea para evitar los líos de la salida. Esas complicaciones que, más frecuente de lo que parece, pueden terminar con la Policía apuntando sus fusiles con el dedo en el gatillo.

El día siguiente, en desayuno del hotel, todos los diarios de Senegal traen en portada imágenes de la jornada de lucha del día anterior. Hasta antes de venir acá, solía asociar a Dakar con el rally. Sin embargo, desde ahora, no puedo separarla de un deporte de golpes y de honor, donde un grupo de africanos ha logrado salir adelante gracias a puñetazos sin guantes sobre dientes sin protector bucal. Esta es la verdadera lucha africana. Una actividad donde un musculoso y temible luchador puede terminar llorando como una señorita, por algo que se llama honor.

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