Veinticuatro mil cuatrocientos cincuenta y cinco días lleva encerrada la madre Teresa, una mujer que a los 17 años se inició como novicia y que hoy es abadesa del convento las Hermanas Reparadoras. Está pronta a cumplir 85 años y no conoce el mundo. Conoce que se está cayendo y que es su deber orar por él. Por eso, y no por otra cosa, permite que las hermanas vean los avances de las noticias: para saber si hubo algún accidente o si la guerra en Colombia sigue, para enterarse de los problemas que actualmente está sufriendo la Iglesia católica —en especial la falta de fe que profesa la humanidad hacia la institución— y conocer si hubo algún otro ataque contra el papa Benedicto XVI. Por ejemplo, afirmó enterarse de que algún fulanito predicó la muerte del mandamás del catolicismo en 2012. Cierto o no, desde ese día rezaron durante horas en el claustro por la larga vida del papa.
El convento está ubicado en el barrio Boston de Barranquilla, un lugar que extiende el guirigay en que vive la ciudad aunque su nombre sea un estricto anglicanismo. En la calle que da vista al convento se siente la algarabía en los pitos de los carros que pelean por su turno en la gasolinera Jordania, en las habladurías de los estudiantes que salen de clase, en las divergencias de los bebedores de ron y cerveza en las tiendas de barrio y en los transeúntes que caminan como si no hubiera nada importante que hacer el resto del día. Pero en la mitad de esta calle, irrumpiendo el barullo y el desarreglo, se alza una iglesia que entrega un sentido de solemnidad a lo cotidiano y una casa de centro convexo protegida por gruesas rejas ornamentales. Esta casa es el hogar de siete monjas —la menor de 40, la mayor de 84— que decidieron abstenerse de la vida en sociedad para convertirse en hermanas contemplativas.
La madre Teresa no es de Barranquilla, es de Entrerríos, Antioquia. No sabe cómo se ve la ciudad en la que vive y no quiere enterarse: tiene miedo de salir del claustro. Por lo menos eso confesó mientras cerraba las cortinas del lugar de visitas que guarda el convento para familiares, donantes, visitantes esporádicos, en fin. Vestida con un hábito de varias capas de tela blanca, con el pelo completamente cubierto, con medias gruesas y zapatos negros, dijo que cuando el convento se acabe —si es que no ha muerto para entonces— prefiere que la dejen durmiendo en la portería del recinto antes de poner un pie en la calle, porque afuera —manifestó— solo hay edificios y personas caminando. Tiene miedo ?también de que las monjas dentro del claustro se extingan y de que el convento —ya con 44 años de historia— desaparezca, porque admite —como admiten los economistas que se cae la bolsa de valores, como admite el gobierno español y el gobierno griego su quiebra, como admiten nuevos movimientos el fin del capitalismo— que ha pasado casi una década desde que no entra una nueva hermana, que quizá estas instituciones también se encuentren en decadencia.
Entonces podría suponerse que Sierva María de Todos los Ángeles —esa hermosa mujer de Del amor y otros demonios de García Márquez— debe estar rebosando de alegría donde quiera que esté. La institución que la oprimió ha perdido la popularidad de la que se jactaba en la época del colonialismo y para muchos se ha vuelto un monumento de una era olvidada. Pero no. Porque para la madre Teresa —una anciana ojerosa de cara comprimida, de boca pequeña y frágil, que tiene una verruguita notoria debajo del ojo izquierdo—, las hermanas que viven en un claustro cobran su lugar en la sociedad a medida que esta necesita de la oración para salvarse. Así, cada hora que el planeta gira, cada minuto que los empresarios consumen contando papeles con valor, el segundo que se demora un transeúnte en poner un pie en la calle, una de las religiosas se encuentra rezando en frente del Santísimo Sacramento. Y, como es ley que el Santísimo no quede solo en la capilla, las hermanas reparadoras tienen turnos de oración de una hora en varios momentos del día, de modo que ni siquiera un sueño tranquilo logran tener: deben levantarse, aunque sean la una o las cuatro de la mañana, a orar.
La entrada inmediata al claustro es poco iluminada; recibe luz de una trampilla que se encuentra sobre la puerta de entrada. Nadie, excepto un médico en caso de tener que atender con urgencia a una hermana o de un padre que deba confesar a una monja antes de morir, puede ir más allá de la recepción que se abre después de un largo pasillo, en donde dan la bienvenida retratos de santos y una recepcionista afable que sujeta con fuerza un libro grueso y largo. Es el libro de oraciones: las hermanas también encomiendan sus rezos a personas que vienen a pedir por familiares enfermos, hijos descarrilados y, en especial, según la madre Teresa, por su fallido matrimonio. En el mundo de ella, las prioridades son distintas: nunca le preocupó contraer matrimonio o tener una pareja “porque no existe mejor esposo que Dios”, como sí le impacienta la economía del convento: después de todo, las monjas también deben pagar los servicios de agua, luz, gas, teléfono y alimentación.
Así que las religiosas pasan sus días —aquellos días lentos y calurosos de Barranquilla; aquellos días que parecen ir en círculos interminables— haciendo actividades que les permitan un modo de subsistencia, como coser las vestimentas litúrgicas para los sacerdotes o preparar las hostias que llegan a las iglesias. Ellas entienden que, aunque haya un voto de austeridad, la caridad no es suficiente: del mundo de afuera llegan facturas de luz, cuentas por pagar y uno que otro deber. A veces, para mediados de mes solo han alcanzado a reunir 500.000 pesos de los más de dos millones de gastos que tiene el convento. Sin embargo, en vez de preocuparse, las hermanas rezan; la madre Teresa les certifica que solo por medio de la oración conocerán si es voluntad de Dios que sigan el arduo camino de soledad al que se han sometido.
Y es que a la abadesa pareció siempre gustarle la soledad, por lo menos renegar un poco de la sociedad que la rodeaba. Su historia es esta: a los 9 años, siendo la tercera hermana de una familia de diez hijos y después de haberse iniciado en la religión católica, apostólica y romana, le pidió a su progenitor que, al igual que su hermana mayor, tuviera la oportunidad de estudiar en el internado El Pensionado Eucarístico de Medellín, presidido por las misioneras contemplativas del Santísimo. Su padre, quien miraba con inquietud el destino de la pequeña, le dijo que él no la creía capaz de dejar de comer bocadillos y que debía estar consciente de que en el internado no daban de estas golosinas. Ella lo convenció de lo contrario y él empezó a visitarla cada jueves con una caja de bocadillos veleños en la mano. La vida fue transcurriendo. Dos de sus hermanas se casaron, una quedó soltera y ella decidió empezar su noviciado en las Misioneras Contemplativas del Santísimo.
Duró 23 años en este convento hasta que por petición de la madre Paz —quien para entonces era la abadesa— se fundó el Claustro de las Hermanas Reparadoras en Barranquilla. Así que tuvo que viajar a una ciudad que hierve, con su hábito blanco y una muñeca de su infancia que guarda como preciosa pertenencia, sin queja alguna, aceptando el destino como voluntad del Señor. Allí ha cumplido dos de sus tres religiosos sueños: el primero, convertirse en madre superiora del claustro; el segundo, viajar, con permiso del Vaticano y por donación de una mujer de la grey de las hermanas reparadoras, a conocer Belén, Jerusalén y Roma; el tercero, recibir beatificación del papa, un sueño que no podrá conocerse en el corto plazo.
En todos estos años de contemplación, décadas en que el ocio se traduce a dos recreos al día de 45 minutos —uno después de almuerzo y otro después de la cena—, la abadesa ha conocido el descanso de la oración por medio de juegos de parqués, bingo y del consentimiento de tres french poodles que están casi sin pelo y que deambulan como alma en pena por los recovecos del convento. La madre Teresa no ha leído más que libros de religión. La literatura poco o nada le interesa, no sabe quién es Sierva María de Todos los Ángeles y si hay textos de temas extraños en la biblioteca del claustro, es por bondadosas donaciones. Bien sea por pudor, miedo o falta de curiosidad, la mayoría de las veces los libros extraños no se tocan: las hojas se van leyendo solas, casi como la vida de cada una de las hermanas enclaustradas en el convento.
Y es raro entonces que realidades tan dispares como un convento y un monólogo de uno de los personajes del libro Mientras agonizo de William Faulkner —uno de los autores predilectos de García Márquez— se parezcan tanto en su ideología. Porque bien decía Anse Bundren: “Dios ha hecho los caminos para viajar; pues ¿por qué, si no, los iba a poner tendidos sobre la tierra…? Pues cuando Él quiere que una cosa se mueva, bien que la hace alargada, sean caminos o caballos o carros; pero cuando Él quiere que una cosa se esté quieta, la hace para arriba, como los árboles y los hombres”. Pero la madre superiora, desconociendo estos símiles entre escritores y monjas, espera a que el tiempo transcurra, a que todo acabe, mientras reparte entre las hermanas las labores de la casa: barrer, cocinar, trapear, lavar. Después de todo, está segura de que va a ir al cielo y más allá del cielo nada le importa.
En el Claustro de las Hermanas Reparadoras hay una religiosa, Cecilia, que conserva el privilegio de ser una monja externa. Es decir, que aunque sea de claustro, tiene permiso de salir a hacer el mercado u ocuparse de cualquier otra necesidad de la institución. La hermana Cecilia no puede irse sin la bendición de la abadesa, quien siempre aprovecha este ritual para advertirle que se proteja de los peligros de la calle, que regrese tan pronto como sea posible. Ella está a punto de ver a hombres, aunque la madre superiora solo acepte que las hermanas se reúnan con mujeres en la sala de visitas, ese cuarto pequeño y gris donde una reja blanca se interpone entre las religiosas y su interlocutor.
Por eso, por esa reja, por la puerta gruesa de madera, por la distancia de la bulla de la calle y el silencio en la sala de visitas, el encuentro con las monjas es un encuentro lejano. Quizá los visitantes sean intrusos que las expongan a los pecados de la humanidad y necesiten protegerse con un centenar de retratos de santos y una túnica que de paso mata la expresión en sus ojos. Para tranquilidad de las religiosas, el contacto con la humanidad es menor e incluso entrega la sensación de que siempre tienen intención de partir. Después de todo, a cualquier hora que el reloj marque, deben acompañar al Santísimo Sacramento; no vaya a ser que se quede solo y decida desaparecer.


Texto escrito bajo la tutoría del periodista Jon Lee Anderson en el taller de Periodismo y Literatura ‘Crónicas de la Barranquilla de García Márquez‘, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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