Me harté de viajar. Ya no me considero un viajante: fui un turista accidental, y en ese accidente morí como viajante.

En el aeropuerto, por ejemplo, ¿por qué los pasajeros hacen fila frente a la casilla de la sala de embarque de la compañía? Incluso antes de que la operaria llame la atención para embarcar, ya hay una larga fila de desesperados esperando no sé qué. En rigor, cuando finalmente la operaria nos llame, lo hará por orden de asiento, de modo que la hilera no sirve para nada.

Tal vez sea una artimaña de la compañía aérea, que regala millas a quienes interpretan esta farsa, para hacernos creer a los que esperamos sentados que viajar en avión sigue siendo algo extraordinario.

O quizás se trate de los integrantes de una secta religiosa que ofician ese rito como un rezo para que no se caiga el avión. O son sordos. De vez en cuando, si estoy muy deprimido o me siento especialmente inútil, yo también me paro y me sumo a la fila. Me miro como en un espejo en todos los demás infelices que hacen fila para nada: sí, queridos amigos, yo también he entendido que esto es la verdad, que esto es la vida.

Pasemos a la ducha. Me refiero a las duchas de los hoteles. Cuando uno llega del viaje en avión, lo primero que quiere hacer es ducharse. Pasar 7 o 12 horas con otros seres humanos en un cilindro herméticamente cerrado no nos llena de amor por nosotros mismos, ni por la raza humana. Queremos que

el agua caiga sobre nuestro cuerpo y nos exorcice. Pero los diseñadores de ducha de hotel son muy listos. No se les ha ocurrido fijarse cómo son las duchas normales: una canilla dice "fría", la otra dice "caliente", y se puede ir mezclando ambas hasta obtener la temperatura y la presión deseadas. Es un sistema perfecto.

Pero no, los artistas de la ducha de hotel tienen otras ideas. Ponen una especie de manija, sin letras, con puntos de colores, azules y rojos, pero sin ningún tipo de referencia. Si giras la manija para un lado, la rejilla de la bañera comienza a absorberte como una arena movediza. Si la llevas hacia ti, sale agua del medio de la pared y te golpea como una bala en los testículos. Si tocas la manija, comienza a salir un chorro de agua caliente que te escalda, y si la sueltas sale agua de glaciar. Todo esto mientras estás desnudo, indefenso.

Otros librepensadores de las duchas de baño han optado por un cable de acero atado a una regadera movible, también llamado duchador. ¿Ignoran, acaso, estos mentecatos, que desde la antigüedad los hombres pagan para que les sostengan la sombrilla sobre sus cabezas? Nadie quiere pasarse un duchador por el cuerpo. Mientras no haya una geisha lista para bañarnos, todas las personas normales preferimos una ducha fija bajo la cual relajarnos.

Las propinas son otro elemento perturbador. Yo estoy dispuesto a dar una buena propina después de un almuerzo, una razonable propina después de un desayuno, quizás a un valet parking. Pero en el hotel, las propinas son infinitas. No hay ninguna relación que no incluya propina. En cuanto llegas al hotel, el botones se te adosa como una sanguijuela: quiere su propina. Buen día, propina. Maleta, propina. Abre la puerta del ascensor, propina. Ascensorista, propina. Cierra la puerta del ascensor, propina. Te abre la puerta de la habitación, propina. Te muestra cómo funciona el control remoto, propina. Service room, operadora, todos quieren su propina, como si yo fuera un filántropo.

Me he acostumbrado a llevar monedas argentinas de planes económicos perimidos y a entregarlas mientras susurro ininteligiblemente: "En el mercado negro valen oro" o "Los numismáticos mueren por ellas".

Como sea, no volveré a pasar por estos tormentos. Buenos Aires es una ciudad tan bonita como cualquier otra. El que quiera saber algo de mí, que venga: acá hay duchas con canillas, no cobro propina y nunca hay fila para verme.

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