No, querido Gustavo, no me acuerdo de mi primer amor. Al menos no en este momento. Y no creo, como dijo la oyente que llamó desde Dosquebradas, que el primer amor sea el único verdadero, el más importante, el que lo marca a uno —a una— para toda la vida. No sé si de pronto a los hombres les pase eso: que se quedan pensando siempre en el primer amor, que en realidad no es el primer amor sino el primer polvo… porque a los hombres, con perdón suyo, Gustavo, les fascina hablar de las conquistas y de las mujeres que se llevan a la cama, como si fueran los únicos, como si fuera requisito para graduarse de machos, y desde que les salen tres pelos en el bigote se empiezan a obsesionar con el sexo, y no tanto porque quieran sentir y experimentar sino más bien porque quieren contar, porque necesitan contar… como si no fuera un fiasco el primer polvo, doloroso, a las carreras, torpe… pero ellos se lo cuentan luego a los amigos como si fueran amantes de película, como si se hubieran inventado el sexo… o al menos dos o tres posiciones… como si no estuviera todo inventado…

Perdón, Gustavo, a usted lo saco de ese bulto en el que estoy metiendo a todos los hombres, porque yo a usted lo respeto: por eso lo oigo todas las mañanas, porque me gusta su voz, sí, pero también porque usted es distinto a todos, porque siempre dice cosas inteligentes y cosas bonitas, porque es respetuoso con los oyentes, porque deja que la gente hable, que la gente se queje, que la gente recuerde, aunque a veces la gente se sienta en la palabra y no deje hablar a los demás… Huy, perdón, acabo de oír mis propias palabras y creo que estoy como esos que no dejan hablar. Menos mal que es radio y no televisión, porque me puse roja como un tomate.
Gustavo, por favor, deme unos minuticos más… Le dije que yo no me acuerdo del primer amor, pero la verdad es que estaba mintiendo. Claro que me acuerdo. ¿Quién no se acuerda? Era un pelado tímido y tierno. ¡Claro que me acuerdo! Lo que pasa es que por estos días ando envenenada con los hombres.
¿Qué me pasó? No, Gustavo, no vale la pena hablar de eso.
¿Quién es el culpable? ¡Ay, Gustavo! Si supiera quién es el culpable se olvidaría de Samuel, se olvidaría de los Nule, se olvidaría de Falcao, de los herederos de Santo Domingo, de la confesión de José Obdulio y del primo caleño que le apareció a Gadafi… Si supiera quién es el culpable se olvidaría hasta de las cuñas.
Sí, así es. No estoy exagerando.
Frío. Muy frío. No tengo nada que ver con trasteo de votos, no tengo las uñas tan afiladas como la Gata, no le he dado serenata a Uribe ni le vendí el alma a Andrés Felipe Arias.?Se la voy a poner fácil: yo soy la mujer más buscada de Colombia en los últimos meses. Solo que nadie sabe dónde buscarme ni por quién preguntar.
¿Nada? No, Gustavo, parece que hoy no me le dieron huevito al desayuno. Les voy a dar la última pista, y si no adivinan quién soy, pues me voy con mi chiva para otra parte. Fácil… más fácil imposible: yo no soy futbolista ni soy dirigente deportiva, pero por cuenta mía cambiaron al técnico de la Selección.
Sí, señor. Acaba de dar en el blanco, querido Gustavo: esa soy. La misma que canta y baila. Mejor dicho, la misma que estaba cantando y bailando esa noche con Hernán Darío en El Bembé, hasta que al hombre se le corrió el champú y me agarró como violín prestado.
¿Por qué? ¡Yo qué voy a saber por qué! Mejor dicho sí sé: por gamín, por borracho.
Ah, no, eso sí les advierto de una vez por todas que no pienso darles mi nombre. Mejor dicho, si me siguen insistiendo les cuelgo el teléfono. Y no, no es de brava, mi querida Érika, es que para esa gracia pues mejor voy a la Fiscalía y le pongo una demanda a ese guache y me dejo tomar fotos y después me lanzo al Senado y seguro que consigo chanfa al lado del doctor Corzo y carro último modelo con chofer y gasolina de por vida. Pero si no lo he hecho no es por cuidarle la espalda al Bolillo, como andan diciendo por ahí, sino porque tengo que cuidar mi nombre y el de mi santa madre, que ojalá no me esté oyendo porque le da un infarto a mi viejita. Es que, con todo respeto, ustedes, los periodistas, inventan mucha cosa. El otro día me moría de la risa oyendo a un colega de ustedes que daba a entender que Hernán Darío se había puesto así de bravo porque había invitado a salir a una mujer y cuando la convenció de acostarse con él la mujer le confesó que no era tal. Mejor dicho, insinuaron que el hombre había estado bailando con un travesti y no se había enterado. ¿Se imaginan? Mi amiga Sofía, la única que sabe la verdad, me preguntaba si a mí no me importaba que me estuvieran confundiendo con un travesti, y más risa me daba. Porque el Bolillo será lo que sea, pero me consta que le gustamos las mujeres.
Yo sé lo que usted quiere saber, y le voy a contestar de una vez por todas para que no se desgaste dándole vueltas al tema, no vaya a ser que le salga una hernia: sí, soy casada. O casi.
Sí, casi. Mejor dicho, infeliz e intermitentemente casada. El mío es uno de esos matrimonios que uno sabe que tarde o temprano se van a acabar. Que ha estado a punto de acabarse muchas veces. Uno de esos matrimonios que no pasa un mes sin que haya garrotera, que viven en una agonía que desgasta y que uno no sabe por qué ni para qué mantiene… por los hijos, tal vez, aunque siempre he pensado que para ellos es mucho mejor ver a sus papás separados que en una eterna garrotera.
Sí, Gustavo, tiene razón, yo también le he aportado mentiras y traiciones a este matrimonio. Y tal vez no tenga disculpa, pero en todo caso le voy a decir una cosa: si llegué a este punto es porque me cansé de que me pusieran los cachos, y un día decidí ponerlos yo también. Y lo hice por puro despecho… lo que pasa es que me quedó gustando.
Me imaginaba que me iba a preguntar eso. A Hernán Darío lo conocí una noche que fui a tomarme unos tragos con mi amiga Sofía, precisamente en el mismo bar del centro en el que me cogió a golpes casi dos años después. Cuando eso el Bolillo era técnico de Santa Fe, y llegó al bar en compañía de una mujer que, esa sí, que me perdone, parecía un travesti. Pero desde que yo entré, Hernán no dejó de coquetearme. Tanto así que al final le pidió un taxi a la otra y se sentó con nosotras en la mesa. A mí nunca me había llamado la atención físicamente. Con decirle que me parecía más atractivo Leonel. Pero como esa noche andaba despechada porque me enteré de que mi marido se había ido de viaje con otra, pues le seguí la corriente y terminé… mejor dicho, terminé bastante bien con el hombre… no hace falta dar detalles… los oyentes no son bobos.
Sí, claro que sí. Un par de veces más. Pero luego Hernán Darío se obsesionó conmigo y empezó a llamar y a dejar mensajes insinuantes y a hacerme invitaciones y a mandar flores a la oficina, y la verdad es que me asusté porque yo jamás había puesto los cachos antes de esa noche y no quería enredarme con nadie, mucho menos con alguien reconocido… cuando salía con él, todo el mundo nos miraba y hasta hubo algunos que se quisieron tomar fotos con él y ahí de paso quedaba yo y eso no me gustaba… así que empecé a hacerme la difícil, hasta que el hombre se cansó de llamar y no volvió a aparecer.
Ah, porque yo lo busqué. Me enteré por el periódico de que andaba en Bogotá, y lo llamé. Yo creí que me iba a tirar el teléfono, pero, por el contrario, estuvo muy cariñoso y quedamos de vernos esa misma noche. Me recogió en la casa de mi amiga Sofía y luego nos fuimos para El Bembé.
¿Por qué? Porque los tragos se le subieron a la cabeza y de repente empezó a decirme que yo era una calentona, y empezó a recriminarme por habérmele desaparecido. Y dele y dele y dele con la misma cantaleta hasta que me aburrí y le dije que volvíamos a hablar cuando se le pasara esa rasca tan maluca. Y cogí mis cosas y salí, y Hernán Darío salió detrás y pasó lo que pasó, lo que ya todo el mundo sabe…
Aló… ¿aló? ¡Aló!
¿Por qué me desconectaste el teléfono? ¡Maldita sea! Deja de meterte en mis cosas. Deja de pegar la oreja a la puerta. Deja de espiarme. Yo me invento lo que me dé la gana. Ese es mi problema. Estoy aburrida de que todo el mundo piense que soy incapaz de llevarme un hombre a la cama. Estoy aburrida de que me digas qué hacer y qué no hacer…
¿Aló? ¿Gustavo? 

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