En noviembre cumpliremos diez años de matrimonio y la celebración será muy especial, porque este año hemos recibido muchas bendiciones. Édgar, mi esposo, tiene otro semblante, no se ve demacrado ni amarillo, le volvieron los colores al rostro, recuperó peso y está feliz, sobre todo, porque pudo volver a hacer pipí. Logró hacerlo y se recuperó gracias al riñón que le doné, con todo el amor del mundo, para reemplazar el que le dio Nelly, una de sus hermanas, hace 17 años.

Con Nelly éramos compañeras en la Universidad Santo Tomás. Ella nos presentó, porque sabía que a ambos nos gustaban los deportes. Al principio nos veíamos para jugar tenis. Fuimos buenos amigos un tiempo, luego nos ennoviamos y nos casamos. Édgar estuvo estable hasta hace dos años. En 2013, le dio una especie de neumonía, estuvo hospitalizado 17 días y al cabo de ese tiempo el riñón le dejó de funcionar. Comenzó a hacerse diálisis y, milagrosamente, el órgano volvió a la ‘normalidad’.

En algún momento, en esa época, yo estaba haciendo ejercicio y orando, lo hago con frecuencia, y pensé que si le volvía a fallar un riñón yo le daría uno mío. Y preciso: en junio del año pasado dejó de funcionar y mi marido tuvo que volver a diálisis. Iba martes, jueves y sábado de 4:00 de la tarde a 8:00 de la noche. Él es ingeniero de sistemas y la empresa en la que está, Indra, le dio la posibilidad de trabajar hasta mediodía esos dos días entre semana para que pudiera ir a hacerse el procedimiento con calma. Mientras tanto, pasó los papeles para optar por un nuevo trasplante. Fue una de las 1995 personas que estuvo en la lista de espera de un riñón el año pasado.

Le comenté a Édgar la decisión que había tomado y no estuvo de acuerdo. Le insistí, pero no logré convencerlo. Su hermana menor se ofreció entonces como donante. Inició todo el proceso, pero fue descartada porque descubrieron que sufría de hipertensión. Entonces volví a recordarle a Édgar que mi riñón estaba disponible para él. Él no quería aceptarlo porque pensaba en nuestra hija, Ángela Sofía, de tres años y medio. Nelly, mi cuñada, lo convenció al decirle que la niña necesitaba a sus papás en las mejores condiciones posibles. Dios fue disponiendo todo lo que vino después. En diciembre de 2014 comenzamos el proceso. Me explicaron lo que significaba ser un donante vivo no relacionado, me contaron que de estos un 10 % son esposos, me hicieron todo tipo de exámenes y las cosas fueron fluyendo. De entrada teníamos a nuestro favor el mismo tipo de sangre, O positivo.

El 24 de cada mes se celebra el día de María Auxiliadora, de la que soy devota. El 24 de febrero de este año nos operaron. Cuando entré a la sala de operaciones, el equipo médico me dijo que me iban a sacar el riñón izquierdo, hasta ese momento no lo sabía. El procedimiento duró tres horas para mí. Me desperté muy adolorida, no lo voy a negar, en la sala de recuperación. Estaba rodeada por el personal de Colombiana de Trasplantes, ellos son verdaderamente unos ángeles. A Édgar lo trajeron un par de horas después.

Lo tuvieron en observación un rato porque necesitaban comprobar que el riñón le funcionaba. ¡Y el riñón arrancó de una! La primera hora orinó un litro, la segunda, otro. La gente no se imagina la felicidad que produce volver a entrar al baño después de meses de no poder hacerlo. Es una gran alegría.

Mi esposo tiene que ir a control cada mes y la empresa le dio la oportunidad de trabajar desde la casa, solo debe ir a la oficina una vez a la semana. Toma pastillas inmunosupresoras para evitar que su sistema inmune rechace el órgano que le di. Como tiene las defensas bajas, le recomiendan no ir, por ejemplo, a la Plaza de Bolívar, porque las palomas pueden transmitir enfermedades infecciosas. Tampoco debe montar en un TransMilenio lleno o asistir a reuniones con mucha gente. Édgar volvió a comer de todo, recuperó peso, está con nosotras más tiempo. Por eso, la celebración de nuestros diez años de matrimonio en noviembre será tan especial.

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