El bullicio capital de Londres desaparece luego de 45 minutos en tren hasta este poblado de casas con amplios antejardines que no están referenciadas con números sino con nombres, y en donde uno asume que los vecinos lo saben todo de todos.

Si no fuera por el canto de las aves y el ulular del viento, se diría que el silencio en este rincón del planeta es espeso como crema. Nuestra anfitriona ha elegido este lugar de entre millones posibles en Inglaterra, o en su natal Escocia, precisamente por esa paz que de tan pacífica puede ser opresiva. "Aquí estoy lejos de la música —explica una vez nos ha recibido—. Yo no escucho música por placer. Para mí, el sonido es una profesión, no un pasatiempo".


Diferentes fotos y escenas de conciertos me la han mostrado ataviada de máscara y disfraz, cuan teatral se puede llegar a ser. O vestida de gala al frente de una orquesta sinfónica, y rubia. O pelirroja o con el pelo negro o, como hoy nos ha recibido, de un riguroso castaño claro que acaso la hace ver mayor que sus reales 43 años, pero que no le resta un ápice a su atractivo.


En casa solo están ella y Sophie, una gata que mira con todo el desdén que le permite su naturaleza felina. No pasa mucho tiempo antes de posarse sobre el regazo de su dueña y entrar como ejemplo en una conversación que, en lo sucesivo, tendrá al sonido como su protagonista principal. "En este momento —explica— Sophie me está hablando en su lenguaje y no sé si ustedes puedan percibirlo. Ella me está hablando y lo siento en mi estómago y a través de mis costillas, a través de mi cuerpo".

Tiene razón: ni el fotógrafo ni yo hemos escuchado nada.


No hay duda, Evelyn Glennie es considerada la más grande y completa ejecutante de instrumentos de percusión en el mundo. Los hay más famosos por género, sí, como Giovanni Hidalgo en la música caribeña, Jack De Johnette en el jazz y John Bonham en el rock, por citar a unos cuantos. Pero, imposible de ser comparada, Evelyn Glennie los reúne a todos ellos y a cientos de miles más en un solo y atractivo empaque. Es la única mujer del circuito de percusionistas que trabaja por igual con todos esos géneros y que se da el lujo de ser buscada por la crema y nata de la música clásica y popular. No hay año en el que no realice más de 100 conciertos alrededor del mundo.

Desde que obtuvo su primer Grammy a los 23 años, en 1988, por su ópera prima (la grabación de la sonata para dos pianos y percusión de Bartok), su carrera ha sido ascendente: varias decenas de compositores contemporáneos le han encargado estrenar más de 150 obras para percusión en diferentes escenarios del mundo, ha lanzado 25 álbumes como solista y hoy puede contar que ha realizado conciertos y grabaciones con artistas de la talla de Bobby McFerrin, Björk, Sting, Mtsislav Rostropovich, Jacques Loussier y el coro The King‘s Singers, o que ha trabajado con grandes directores de orquesta como Marin Alsop, Neeme Järvi y Luciano Berio, por citar a unos pocos entre cientos. A eso hay que sumarle su programa de televisión Soundbites, para la BBC, un documental sobre su vida y varios libros que incluyen una autobiografía (Good Vibrations) y un método de enseñanza de música para niños llamada Beat It!


Pero Evelyn Glennie también es la encarnación de la paradoja. La percusionista más importante del planeta es sorda. Comparte una condición física que no repara en un bisabuelo de familia grande o en un Beethoven en el cenit de su genio. Es imposible que a la admiración no se le sume un prurito de morbosa curiosidad, y que esa curiosidad no se traslade al escenario concreto de las preguntas. ¿Es verdad? ¿Cómo es posible? ¿Por qué elegir la música, entonces? ¿Es esta una situación inédita?

¿Inaudita?

¿Inaudible?

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Hasta sus ocho años, Evelyn Glennie se dedicaba a aporrear el piano de la granja donde pasó la niñez, cerca de Aberdeen, tercera ciudad en importancia de Escocia, donde nació en 1965. Sus padres decidieron que debía recibir clases formales de música, complementadas con las que recibía en el colegio. Poco después probó los tambores, y de ahí a trasladar su interés a la percusión en general había un paso. A muy escasa edad ya estaba decidido que se ganaría la vida como ejecutante de esos instrumentos. No sabía Evelyn que a diferencia de los repertorios para instrumentos de cuerda o de viento, que abarcan casi la totalidad de la música occidental, muy pocos compositores se han dado a crear obras para timbales y orquesta, o para redoblante y coros.

Es decir, la pequeña no sabía que iba a pertenecer a un grupo muy selecto y limitado de músicos.

Tampoco sabía que lo que parecía ser un problema de falta de atención le sería auscultado, tres años después, como el inicio de una sordera profunda. "A mis 11 años me llevaron al médico —recuerda, y lo cuenta con una voz limpia y clara, que en ningún momento acusará las anomalías propias de quien ha perdido el oído—. Pocos minutos antes de llegar al consultorio yo era una niña normal que tocaba música, pero una hora más tarde, al salir de allí, tenía que usar aparatos para oír, tenía que asistir a una escuela especial para sordos y tenía que olvidarme de la música. Esa hora de diferencia entre lo que yo era y lo que otros decían que era, marcó mi vida".

Sus padres sabían de la pérdida enorme que representaría para su hija hacer caso de ese dictamen a pies juntillas. Contrarios a enrolarla en una institución para gente con limitaciones auditivas, depositaron su confianza en su profesor de percusión, Ron Forbes, tan poco habituado a esta nueva situación como la misma Evelyn. Entre los dos construyeron un método de enseñanza en el que el sentido del oído iba siendo reemplazado por el del tacto: los sonidos que ya no escuchaba, empezaron a ser entendidos como vibraciones. Así, fue convirtiendo su cuerpo en una gran caja de resonancia. Por eso desde ese momento toca con los pies descalzos, antena a tierra de unos sonidos que suben por la espina dorsal y que ella logra identificar sin que tengan que ascender a la altura de las orejas.

Ese aprendizaje le permitiría entrar a la Royal Academy of Music de Londres, institución de altísimos estándares que difícilmente encararía la educación de alguien que no demostrara un nivel más que óptimo como intérprete. El resto ha sido la conquista de los escenarios mundiales a su antojo y el absoluto olvido de su sordera como un problema. "Yo toco con una pianista rusa de 17 años que es ciega, pero nunca pienso en eso para nada, pues lo que me interesa es que se trata de una pianista extraordinaria y su ceguera forma parte de ella como su maquillaje. Para mí, mi sordera no es más importante que el hecho de ser mujer o tener ojos cafés".

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El filósofo Spinoza cita la música como ejemplo para demostrar que una cosa puede ser al mismo tiempo buena, mala o indiferente: "La música —dice— es buena para la melancolía, mala para los que están de luto, y ni buena ni mala para el sordo".

¿Y qué si el sordo es músico, entonces?

Por motivo de discapacidad compartida, toda comparación de Evelyn Glennie con Beethoven es, al menos por segundos, ineludible. "Cuando leemos acerca de Beethoven, descubrimos que su sordera fue algo contra lo que tuvo que lidiar fuertemente los últimos años de su vida —explica la percusionista—. Hoy sabemos que logró tomar conciencia acerca de las vibraciones de la música y que lograba sentirlas apretando los dientes sobre el piano".

El caso de la artista escocesa no es exclusivo del genio de Bonn. Compositores clásicos como Fauré, Smetana y Boyce fueron perdiendo la audición en sus últimos años, pero permanecieron activos como profesores o creadores de repertorio. El pianista, cantante y pionero del rock‘n‘roll norteamericano Johnny Ray logró hacer carrera a pesar de haber dependido de ayudas auditivas desde los 13 años, luego de accidentarse cuando fungía como boy scout. Es legendaria la historia de Paco La Luz, Er Sordo, cantaor jondo español que vivía en una estación de trenes y a quien el ir y venir de las locomotoras entumeció el oído a principios de siglo XX y que aun así cantaba tan bien que a sus hijos y a sus nietos todavía se les conoce en el flamenco como la familia Sordera de Jerez. Súmesele a esta lista los nombres de varios importantes exponentes del rock como Phil Collins, Pete Townsend (The Who) y Brian Wilson (The Beach Boys), cada día más habituados a recomendar que escuchemos música con volumen moderado y sin audífonos para evitar que nos pase lo que a ellos, y se encontrará con la evidente actualidad de la paradoja del músico sordo.

Durante muchos años Evelyn Glennie se mantuvo reacia a hablar de su condición, temerosa de las imprecisiones o el encasillamiento. Años después, casi en coincidencia con el lanzamiento de Touch The Sound, documental de 2004 sobre su vida del director alemán Thomas Riedelsheimer, decidió que tal vez encarar el tema podría ser de ayuda para otros. Hoy, en sus innumerables giras mundiales suele guardar un espacio para impartir charlas en bibliotecas, colegios y universidades acerca de la creatividad, los cambios en la vida y las maneras alternativas de escuchar.

Esas formas alternativas se traducen, a la manera del nombre del documental, en aprender a "tocar el sonido". Así lo explica en un ensayo sobre la audición colgado en su página, www.evelyn.co.uk : "La escucha es básicamente una forma avanzada del tacto. El sonido es aire que vibra y que los oídos convierten en señales eléctricas para que las interprete el cerebro. El oído no es el único sentido que puede hacer esto, también el tacto lo logra. Si usted está al lado de una carretera y pasa una tractomula, ¿siente el sonido o la vibración? La respuesta es: ambos. El oído es ineficiente con las frecuencias bajas, pero el tacto se hace cargo de ellas. (...) Estar sordo no significa no poder oír, sino simplemente que hay algo malo con el sentido del oído. Incluso si uno es totalmente sordo puede sentir el sonido". Nadie es sordo del todo hasta que se muere, dice.

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Evelyn Glennie logró llevar la conciencia de su propio cuerpo hasta altas cotas de refinamiento. Gracias a eso, las notas graves las siente como cosquilleos en los pies y piernas, mientras que los agudos la atacan en lugares puntuales del rostro, cuello y pecho. Ella habla, y todo es tan pasmosamente normal que uno termina por descreer en todas las informaciones sobre su condición. "En realidad no leo los labios sino el rostro —cuenta—. Si usted tuviera gafas oscuras sería más difícil entenderle, porque antes incluso de hablar, una mueca, una sonrisa, un movimiento de cejas suele dar una información adicional de lo que va a decir".


A menos de dos metros de la sección principal de la casa, separado por el jardín, se encuentra su estudio. Es fácil identificar tambores, redoblantes, congas, bongoes, bombos, platillos y baquetas. Más allá, las variantes son enormes y especializadas: shekeres, darbukas, crótalos, cajas chinas, mazhares, yembés, gamelanes y kalimbas integran una colección de más de 10.000 elementos en los que se encuentran algunos personalizados. "Con mi técnico de cabecera hemos creado algunos instrumentos —cuenta—. A los jóvenes percusionistas les interesa saber qué estamos ejecutando, así que hay líneas de instrumentos a la venta que llevan mi nombre y firma como garantía".

En concierto, Evelyn Glennie es un animal de música. Cada gala es diferente de la anterior, si un día está estrenando la obra de un compositor contemporáneo con orquesta sinfónica, al siguiente puede estar realizando un set de improvisación solista o participando del unplugged de Björk. La crítica, que no deja de maravillarse y que se maravillaría igual si no supiera nada sobre la dichosa sordera, suele retomar el asunto. "Su energía y foco en la interpretación es total, conduciendo a la audiencia adentro de su visión táctil de la música", comenta el diario San Francisco Review, mientras que el Vancouver Sun dice: "Ella encontró una manera de escuchar aparentemente más idónea que la de la gente que sí puede oír".


En su trabajo, ni qué decir en su vida diaria, el asunto de la sordera es una anécdota que solo le representa una que otra molestia, incluida la insistencia del periodismo al respecto. "La gente dice no creer lo de mi oído, y es porque eso, para mí, no es problema. Más bien parece que es problema de ellos. A las otras personas parece preocuparles más que a mí misma", asegura, y remata con una afirmación tan certera que, por lo menos en lo que a este servidor respecta, echa tierra de una vez a la idea de que a esta mujer hay que mirarla como un milagro de la naturaleza o un ejemplo de superación: "Las orquestas no están interesadas en emplear músicos sordos, simplemente contratan músicos".


Y es en esa calidad que ha logrado conseguir lo que se ha propuesto. En 2007 encabezó una campaña junto a otros colegas británicos para aumentar el monto presupuestal que se destinaba a la educación en música. Hoy, gracias a eso, el Reino Unido cuenta con un aumento presupuestal de más de 300 millones de libras anuales en esa materia. Se entiende que haya recibido, en los 90, el título de Escocesa de la Década, y que en 1993 haya recibido la Orden del Imperio Británico como Dama, elevada el año pasado a Comandante Real.


Es que Evelyn Glennie lleva una vida completamente afín a la de alguien que vive en los escenarios. Como toda artista, trata de disfrutar de algunos pasatiempos según se lo permita su agenda y el no siempre completo anonimato: diseñar joyas, asistir a ferias de antigüedades, leer o sentarse en su jardín. Y también, como toda artista, ha tenido su pequeña cuota de escándalo en los periódicos amarillistas de su país. El suyo fue el de la relación extramatrimonial con un célebre director de orquesta que les costó el divorcio a ambos, en 2003: la ex esposa del feliz amante expuso ante la prensa los correos electrónicos que se enviaban, llenos de esa flemática lubricidad del escarceo inglés que ya habíamos conocido con el príncipe Carlos y Camilla Parker-Bowles.

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En su situación, Evelyn Glennie dispone de una herramienta única: la posibilidad de entender como nadie y, en consecuencia, de dominar el silencio, tan esencial en la música como el sonido mismo.


Dicen los que han estado encerrados en una cámara acústica, aislada de todo, que percibir el silencio absoluto es un imposible, pues siempre estará ahí el tictac del corazón. La filosofía zen explica que el silencio no es la ausencia de sonido, sino la pérdida de atención. "El silencio no es acústico, es un cambio de mentalidad, un punto de vuelta", dice el budismo.


En Touch The Sound, el documental, la percusionista complementa: "El silencio es probablemente uno de los sonidos más fuertes y pesados que alguien podría experimentar. Al fin de cuentas sabemos que hay un sonido en todo lo que vemos. Eso lo sabemos. Es solo que no tenemos la sensibilidad de oír lo que está pasando a nuestro alrededor".


¿Y si ese alrededor es el que nos priva de esa sensibilidad? "Vivimos en un ambiente superpoblado de sonidos —explica—. Usted hizo un largo viaje desde Colombia para llegar hasta aquí. ¿Cuántas personas en su avión se alimentaban a través de los oídos, ya sea porque estaban escuchando música o viendo una película? Y una vez en tierra, ¿cómo dejar de oír los taxis, el metro o el bus? La época en las que todo estaba claro ya no existe..."


A diferencia de los ojos, que se pueden cerrar cuando preferimos no ver, difícilmente los ruidos dejan de colársenos por las orejas cuando nos las tapamos con las manos. "Yo no escucho el sonido, participo de él", remata, y queda claro que pocas veces un lugar común como el de "soy todo oídos" resulta tan apropiado para definir a alguien como a Evelyn Glennie.


Ahora nos vamos de su casa, dando absoluta fe de que jamás escuchamos, como sí lo hizo ella, a su gata Sophie conversándole.
 
"Video promocional de Evelyn Glennie, cortesía de www.evelyn.co.uk"
 
 

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