Nadie se pudo imaginar qué pensaba Ramón mientras pasaba horas enteras frente al pesebre de su casa, sentado en la silla enana para niños, que le había regalado su madrina. Con su mentón apoyado en sus pequeñas manos miraba fijamente ese arreglo de lama, quiches, casitas de cartón, caminitos de arena, espejo que servía de lago, cielo de cartulina azul tachonado de estrellitas plateadas y dominado por la fugaz de Belén. "El arte, cuando es bueno, cautiva a niños y a adultos", dijo la tía Eulalia en un arrobamiento santateresino, lanzando sus ojos hacia el cielo. No había duda que un arroyo tormentoso y reprimido recorría el cuerpo de esa mujer núbil.
El pesebre no era tan común como son los que se compran y ponen en las casas, para salir del paso y poder obligar a los parientes y amigos a ser felices y religiosos en las fechas navideñas. Éste era de figuras hermosamente pintadas, que resaltaban, con gran realismo, las facciones y expresiones de todos los personajes de la Sagrada Familia, de los Reyes Magos y del Arcángel suspendido encima de la gruta. Tenía todos los personajes que pudieran imaginarse en el Belén del año cero: pastores, aguateros, agricultores, comerciantes de ollas y de sombreros. Había una gran variedad de animales, desde camellos hasta gallinas, pasando por ovejas, vacas y perros. Un oso blanco, indudablemente de otro pesebre, se miraba en el lago. Todos los amigos y parientes que pasaron por la casa de los Álvarez tuvieron que alabar y celebrar el primor con que había sido montada semejante maravilla.
Para instalar el pesebre trabajaron afanosamente la mamá de Ramón, las tres tías que siempre revoloteaban por la casa, la cocinera y la joven, dulce y bella nana, llamada Carolina. La acción estaba magistralmente orquestada por el papá de Ramón, sentado en su poltrona preferida. Como Ramón estuvo jugando con el vecinito a los indios y vaqueros, corriendo como un buscaniguas y tirando tiros, no le prestó ninguna atención al pesebre.
El primer arrobamiento solo vino durante los rezos del primer día de la novena. Como en los años anteriores, él estaba puesto en la primera línea frente al pesebre, con el mismo tamborcillo que seguía sin saber tocar cuando los orantes se ponían a cantar las "nanas nanitas" y los "ven, ven, ven". Ya hacía dos novenas que el espectáculo resultaba ridículo. Pero la mamá insistía en los toques erráticos de Ramón, "¡Se ve tan lindo!".
Para desoír el rumor de las soterradas quejas de sus parientes, que tanto lo avergonzaban, Ramón se concentró en la masa indiferenciada del pesebre. Una imagen de mujer atrajo toda su atención. Era la Virgen, a la que tanta devoción le habían tratado de inspirar. Ella, con su torso girado, orientaba su mirada, sus gráciles brazos y sus finas manos hacia la cuna vacía. Hubiera parecido ridícula la posición de todos los personajes de la gruta si no se supiera que, en algún momento, el recién nacido sería puesto en ese montón de hierba seca. La mirada de San José, con su cuerpo encorvado, indicaba el mismo vacío. Incluso, el retorcido buey y el curvado burro se esforzaban, con interés de brutos, en señalar lo que no existía aún. Todos ellos, en esa pose mística, representaban el tiempo suspendido, la espera del Divino Anunciado. A alguien más pagano le hubiera podido parecer que le estaban guardando el puesto.
Ni los ojos de la Virgen, ni sus manos finas extasiaron al niño. El imaginar, quién lo creyera, las formas voluptuosas bajo los amplios ropajes fue lo que dominó a Ramón. Entre esas telas estaba Carolina. Era fácil confundirse, pues el deseo lo confunde todo. Poco tiempo atrás, se había quedado jugando en el cuarto de su nana. Por la puerta abierta del baño, la había visto desnuda mientras se bañaba, esparciendo la espuma de jabón en todo su cuerpo, dejando caer el agua por los hombros, los pechos y la cadera. Carolina se había secado lentamente, pasando con meticulosidad la toalla por todos los pliegues de su desnudez. En su mente se fundieron el cuerpo de Carolina y el imaginado, generoso y oculto de la Virgen. Ramón, ese Ramón impúber, desde meses atrás había deseado las caricias y los mimos de Carolina. Ahora, frente a ese pesebre, Virgen y Carolina se confundían en una única persona. Dos personas distintas y una sola pasión verdadera.
Después del primer rezo navideño, Ramón empezó a tener fiebre. Los calores aumentaron rápidamente y se mantuvieron por tres días más. Ni las aguas ni las aspirinas lo aliviaban. El bálsamo para su mal era la presencia de Carolina, sentada al borde de su cama. Pegado a su cuerpo ardiente, sentía la dureza del muslo de la joven. Adoraba cómo le ponía toallitas frías en la frente y en las sienes, y bendecía el que ella le tomara y apretara una de sus manos. En esos momentos dulces, su nana era la Virgen. La virgen era Carolina. En sus sueños, aterido, veía a la Virgen desnuda, en el mismo sitio y en las mismas posiciones en que había visto a Carolina. Eso lo tuvo encerrado en su cuarto y metido en la cama, sueño y vida entrelazados. Una noche, pisando con mucho cuidado cada escalón, para no hacer ruido y no despertar a nadie, bajó hasta el pesebre. Un rayo de luz que venía del jardín iluminaba directamente la gruta. Ramón sólo vio a la Virgen. La tomó con sus manos temblorosas y con sus pequeños labios besó con ardor los de la imagen.
Los días siguientes, una vez pasada la fiebre, su obsesión consistió en observar la cuna vacía. Nada más existía en el mundo. Todos se preguntaban cómo era posible que ese niño de tan corta edad hiciese semejante demostración de misticismo.
Pero, todo tiene su límite. Los nueve días o los nueve meses, para desdicha de unos y alegría de otros, también acaban. Llegó la Navidad. Ramón fue el primero en despertarse y en bajar a la sala. Se plantó frente al pesebre, miró fijamente al niño de la cuna y exclamó: "Qué suerte, no se parece a mí". Su temor se había disipado.
Desde ese momento, Ramón se dedicó a montar en su bicicleta nueva, ya despreocupado del pesebre, de la Virgen y del Niño Dios. Al atardecer del día de Reyes el papá le dijo a Carolina que tenía que meter el pesebre en las cajas donde siempre se guardaba. Ramón, jugando en el suelo con unos soldados de plomo, suspiró un "Ya veremos qué pasa en la próxima Navidad". Su padre se sentó en el sillón de siempre y encendió un habano. Miró fijamente hacia un lugar indeterminado, seguramente muy lejano. Con cierto alivio murmuró: "Se acabó la Navidad, a la mierda los pastores". Nadie pudo oírlo.

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