Con el tiempo, la dictadura llegó hasta las aulas y vimos cómo los militares ordenaban el cierre de los centros de estudiantes y nos prohibían estar organizados política o gremialmente.

Algunos compañeros y yo decidimos resistir desde la clandestinidad. Llegamos a ser unos líderes sólidos y obtuvimos un boleto de descuento para el transporte de los estudiantes de secundaria en la ciudad. Fue una gran victoria que logramos entre todos. Al parecer, para la dictadura representaba un potencial peligro que los estudiantes ganáramos batallas contra el régimen, así estas significaran solo pagar menos por viajar en transporte público.

Entonces planearon un operativo militar para ejecutar un secuestro sistemático de cientos de estudiantes entre agosto y octubre de 1976, una operación conocida como “La noche de los lápices”. Los militares seleccionaron a siete de los secuestrados, entre ellos yo, para llevarnos a un centro de detención clandestina llamado Pozo de Banfield, donde seríamos ejecutados uno a uno. 

Después de 90 días de cautiverio, tuve un salvoconducto que me permitió aparecer con vida. Mis padres, que no sabían de mi paradero, me buscaban desde entonces, y los militares les habían prometido que yo aparecería bien. A último momento, antes de la ejecución, lograron, no sé cómo, negociar mi futuro: ya no iba a ser ejecutado, pero debía pasar el resto de la vida en cautiverio. Ya en la cárcel, pude ver a mi familia por primera vez después de tres meses. Mis seis compañeros restantes no tuvieron la misma suerte.

La democracia llegó al país en 1983. Yo había sido testigo de algo importante, sabía lo que había ocurrido con los chicos. Todo estaba guardado en mi memoria, entonces decidí contarlo. Dos años después, declaré como testigo del juicio contra la Junta Militar de la dictadura, dije lo que sabía y el caso salió a la luz. Fue contundente. Generó tanto asombro como indignación.

Una vez conocida mi historia, me contactaron para hacer un libro y una película sobre ella. Al principio rechacé las propuestas, porque no quería ser parte de un proyecto comercial cualquiera. De todos modos, lo consulté con algunas organizaciones de derechos humanos y con los familiares de los chicos desaparecidos, y llegamos a la conclusión de que debíamos dar nuestros testimonios para ambos proyectos, con dos condiciones: no aceptaríamos regalías y nos reservaríamos el derecho a vetarlos si no reflejaban nuestras vivencias.

Los actores que interpretaron a los chicos desaparecidos vivieron en las casas de sus familiares durante un mes antes del rodaje y empezaron a sentir la vida que llevaba cada uno. En las grabaciones, incluso, hubo quienes usaron su ropa. Yo participé paralelamente en la elaboración de la película y del libro. Durante el rodaje, estuve observándolo todo, pendiente de cada escena para hacer correcciones.

Cuando terminó la grabación de la escena final, cuando el director dijo “corte”, lloré desconsoladamente junto con los familiares de mis compañeros desaparecidos. Sentía que había cumplido, pese a que la filmación había sido muy tensionante, terrible. Solo faltaba la prueba final, el estreno, que se hizo en La Plata ante un cine que desbordaba de gente. El público reaccionó con llantos y una larga ovación de pie.

La película se convirtió en una de las más vistas de la historia argentina, y el libro, en uno de los más vendidos. Después de todo, la verdad, no sabía por qué había aceptado participar en esos proyectos. Pocos años después, leyendo a Goethe, lo entendí todo: Werther, uno de sus personajes, se suicida luego de ver morir a su amiga Carlota, y con el suicidio desparece todo rastro de ella. Entonces me convencí de que mi testimonio serviría para que mis amigos y su memoria siguieran vivos, para que no desaparecieran del todo.

Hoy, 27 años después del estreno, sigo viviendo en mi querida ciudad de La Plata, hecho que asumo como una victoria. Tengo 54 años, una familia con hijos y nietos, un trabajo privado. Soy feliz. La gente siempre me reconoce, y si no lo hacen, basta que diga: “Mucho gusto, Pablo Díaz”, para que respondan: “Aaaah, vos sos el adolescente de La noche de los lápices”. Y sí, yo soy el sobreviviente.

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