El 3 de abril de 2006, lunes santo, recibí una noticia que cambió mi vida de una manera que nunca imaginé: algo grave le había pasado a mi primogénito, Alejandro. Él llevaba varios años viviendo en Medellín, donde se había establecido con su esposa. Tuve que viajar inmediatamente a esa ciudad, y allí me encontré con una realidad que venía presintiendo desde algunos años atrás. La inestabilidad emocional por la que atravesaba mi hijo lo llevó a tomar una decisión catastrófica.

Mientras viajaba en ese avión, y me preparaba para afrontar el evento más amargo que un padre pueda imaginar, viví algo similar a lo que les ocurre a aquellos que, al hacer frente a situaciones extremas, ven pasar su vida en pocos segundos. Aunque el viaje duró menos de una hora, en ese breve lapso recordé con detalles toda la vida de mi hijo.
Reviví la felicidad que me produjo su nacimiento y las ilusiones que me forjé durante su infancia. Recordé los momentos felices que compartimos en familia cuando con mi primera esposa vivíamos en una hacienda en Mosquera; los paseos que realicé con mi pequeño hijo, a quien llevaba unas veces en brazos y otras en su cochecito. Recordé cómo disfrutábamos de las bondades que brinda el campo, donde le inculqué el amor por la naturaleza, y también recordé los innumerables viajes que realizamos a distintos lugares, tanto dentro del país como al extranjero, la mayoría de las veces en compañía de mi padre, Charlie, quien llegó a ser el mejor amigo de Alejandro.
Mi mente se estremeció al recordar los grandes tropiezos que tuvo en sus estudios, los cuales se debieron, sobre todo, a que su madre y yo lo criamos en un mundo lleno de inseguridad. Tuvo que soportar nuestras constantes separaciones y reconciliaciones, de manera que un día estaba radiante de alegría y al siguiente se hallaba sumido en una honda tristeza, lo que llenó su mente de contradicciones. En plena infancia tuvo que ver cómo nos divorciamos, y cómo poco después, cada uno por su lado, contrajimos matrimonio con personas desconocidas para él.
Mi cabeza deambulaba desesperadamente por los recuerdos tratando de entender por qué mi hijo había tomado esa decisión fatal. Quizás una de las épocas que entonces rememoré con mayor intensidad fue cuando Pilar, mi segunda esposa, quedó embarazada. Fueron días hermosos. Al comienzo, la idea de tener un hermanito le causó gran alegría a Alejandro. En una foto tomada poco después, mientras jugábamos golf en el San Andrés Golf Club, aparecemos muy alegres. Pero la dicha no duró demasiado. Su madre lo convidó a viajar con ella a Cartagena. Alejo no estaba del todo feliz con la idea, pero Pili y yo lo animamos y al final aceptó. Después de ese viaje nada volvió a ser igual; su corazón se llenó de amargura y resentimiento, y comenzó a temer que con la llegada de su hermanito dejáramos de amarlo. Aún hoy me pregunto qué le habría dicho entonces su madre, pues lo que haya sido le llenó de cucarachas su cabecita y le envenenó el alma.
Hubiera querido escapar de aquel avión y desaparecer en la inmensidad del cielo para no tener que soportar el dolor, pero la memoria, precisa e implacable, me obligó a recordar el sufrimiento de mi hijo en sus años juveniles. Fue un periodo oscuro, de gran rebeldía, en el que se distanció aún más de nosotros. Al ver que lo que sucedía decidimos buscar ayuda profesional y lo llevamos al psicólogo, pero nada fue suficiente. Sin saber qué más podíamos hacer, lo enviamos a un centro de rehabilitación en Estados Unidos cuando tenía 17 años. Tras seis meses de terapia intensiva, y gracias al apoyo y el cariño de sus compañeros, logró salir adelante.
Finalmente, recordé lo feliz que estaba cuando regresó a Colombia. Se fue a vivir a Medellín, donde conoció a una paisa muy querida, con quien comenzó una nueva vida. El amor y la armonía, por tantos años esquivos para Alejandro, parecían haber llegado al fin. Quizás el momento de mayor alegría para mí fue cuando decidieron casarse. Ahora no sé si el matrimonio fue o no el indicado, pero yo estaba convencido de que mi hijo había encontrado la estabilidad emocional que tanto necesitaba. Pero… ¿qué había pasado después?
Cuando llegué a Medellín, después de haber repasado una y otra vez los acontecimientos en busca de una explicación que nunca encontré, tuve que enfrentar la triste realidad de que mi hijo estaba muerto. El dolor que cobijó mi alma desde ese momento es indescriptible. A pesar de que en el fondo sabía que Alejo no estaba del todo bien, nunca pasó por mi mente la idea de que su vida terminara así. Mucho menos de que fuera él quien decidiera terminarla y de una forma tan impactante. Cuando reuní el valor necesario para visitar el sitio de la tragedia, tuve que recogerlo y trasladarlo a Bogotá, donde se llevaron a cabo sus exequias. 
Tres días después salí con mi hijo José María para Medellín. Cómo se sentía de fría y diferente la casa sin Alejo. Lo que más me impactó fue ver que su esposa tenía en una esquina de la sala un pequeño altar con flores y un par de velas, en el centro estaba una fotografía en la que mi hijo aparece de seis años con el uniforme del colegio Americano en Madrid, España. Mientras estuvimos en Medellín, José María pasaba la mayoría del tiempo en el taller con los que habían sido compañeros de trabajo de Alejandro, y yo, leyendo como nunca. Un día no pude más y salí. Me fui en un bus y llegué a la librería Palimuro y compré un par de libros: Memorias de ultratumba, de Chateaubriand; Los sufrimientos del joven Werther, de Goethe, y El suicidio, de Durkheim, para leerlos e intentar entender lo que pasó con mi hijo.
Al mes y medio de su muerte me dio un dolor caótico en la cabeza. Tuvieron que operarme y salí vivo de milagro. Seis años después, recordando todo esto, aún trato de entender qué fue lo que le pasó a mi hijo. Todavía no he encontrado la respuesta, que tal vez nunca llegue; solo sé que él ya no está conmigo. Ha sido muy duro superar su pérdida. El duelo de un ser querido siempre será difícil, más si se trata de un hijo, y ni qué hablar cuando uno siente que tiene parte de la responsabilidad por lo sucedido. Quizás lo que más me ha ayudado es escribir. En efecto, motivado por el amor que les tengo a la literatura y a mi hijo, sentí la necesidad de plasmar su historia en un libro, con la firme intención de que tal vez les sirva de ejemplo a muchos padres de familia, para que no cometan los mismos errores que, por inexperiencia o irresponsabilidad, cometimos su madre y yo. 
No es fácil para mí escribir, y mucho menos sobre este tema; sin embargo, es mi terapia diaria. Tres operaciones en el temporal izquierdo han menguado mis capacidades a tal punto que a veces tardo horas en encontrar las palabras que busco, y a veces no lo logro, pero aún así saco fuerza de las vicisitudes para continuar. No es mucho lo que estoy haciendo, pero me siento mejor. Aunque cada día me es más difícil leer y escribir, sigo luchando y lo seguiré haciendo hasta el último instante antes de morir. No sé si me encontraré con Alejandro algún día, para continuar juntos al lado de nuestro Señor, pero siempre guardaré esa esperanza como mi más preciado tesoro.

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