Esta fue la orden que un narcotraficante le impartió por teléfono a uno de sus hombres en la frontera entre Colombia y Brasil hace seis años:

—Esa perra nos está trayendo muchos problemas. Hay que operarla.

El servicio de inteligencia de la Policía interceptó la charla y la grabó. Acostumbrados a las conversaciones en clave y a las vulgaridades sexistas de los criminales, los detectives a cargo oyeron la grabación varias veces sin desenredar su verdadero significado. ¿De qué perra hablaban? En sus pesquisas no aparecía ninguna mujer que le estuviera haciendo la vida imposible a la organización y, por lo tanto, no sabían a quién había mandado matar el narco. El narco ofrecía 20 millones de pesos por la cabeza de la perra, y lastimosamente no tenían cómo protegerla. Se enterarían de ella cuando su cuerpo apareciera a las afueras de Leticia. Uno de los detectives, el más terco, se llevó la conversación a la cama. La frase le dio vueltas y vueltas en la cabeza como uno de esos pollos atravesados por una estaca de metal que se doran en los asaderos. Finalmente la obstinación tuvo su recompensa. Antes de dormirse, una sonrisa le atravesó la cara. Había descubierto de quién estaba hablando el tipo.

A la mañana siguiente se apareció en el aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo de Leticia, donde estaban asignados los policías antinarcóticos Óscar Chuña y Robert Olanda, y les dijo:?

—Quieren matar a Ágata.

***

Los Testigos de Jehová que viven y trabajan en la sede principal de la comunidad a las afueras de Facatativá deben tener especial estima por Job, el símbolo bíblico de la paciencia. La banda sonora de sus vidas incluye los ladridos de los 300 perros que son adiestrados en la Escuela de Carabineros de la Policía Nacional y el eco de las balas de salva cuando a sus vecinos con uniforme les da por practicar tiro al blanco. En el 2002, Ágata fue donada a la sección de entrenamiento canino para detección de explosivos y drogas de la escuela que a duras penas deja dormir a la congregación cristiana. La familia con la que transcurrió su infancia canina se cansó de la hiperactividad de la perra labrador con nombre de mineral y la regaló. Los perros, por supuesto, no siempre llegan por la vía de la donación. La mayoría de las veces los compran a proveedores nacionales que conocen las especificaciones requeridas por la Policía o se importan de Holanda, Bélgica, México o Argentina, después de haber extendido un cheque con varios ceros. Por ejemplo, un pastor belga nacionalizado puede llegar a los nueve millones de pesos. Gracias a su efectividad, esta raza está a punto de destronar al pastor alemán, el emblema absoluto del perro policial.

La novicia Ágata pasó la incorporación, donde se evaluaron su estado físico y su superioridad anímica, término que usan los instructores de la escuela para designar ese don de no estarse quieto un segundo. Lo que para su antigua familia era una contrariedad, para el equipo de adiestramiento resultó ser una virtud. A los diez meses Ágata se graduó de la escuela después de cumplir diferentes pruebas físicas y psicológicas. Durante ese tiempo fue entrenada intensivamente. Por cada 20 minutos de actividad junto a su compañero guía —por ese entonces el policía Óscar Chuña—, descansó una hora. En la escuela se forman duplas hombre-perro. Así, mientras el animal era exigido a fondo, Chuña cursaba las 12 materias necesarias para graduarse del curso de guía canino. Ágata se graduó después de superar con creces los exámenes de resistencia a los sonidos de impacto de bala y explosiones, a los ataques sorpresa y a los conflictos olfativos. Parte de su educación consistió en no perder la concentración en caso de enfrentarse a un pedazo de olorosa carne asada, a vapores sexuales o a estelas dejadas por otros animales.

—De diez perros que se incorporan, solo pasan tres —dice el capitán Sandoval, profesor de la Escuela de Guías Caninos.

Los animales que no clasifican pasan a engrosar el listado de adopción. La gente en busca de compañía canina puede acudir a la escuela y no necesariamente tiene que ir a criaderos como el Gegar Kennels, de donde salió la única raza colombiana. El perro Gegar (por su creador Germán García, así como la galleta Herpo lo es en honor a Hernán Poveda) tiene todas las características de un montañero, criollo o gozque, incluida una tristeza connatural. Al parecer, la gracia del creador fue haberles encontrado antecedente a estos animales que se ven en todas las esquinas y que los niños apedrean cuando están aburridos: desciende de un cruce entre el español podenco ibenco y el basenji, originario del Congo, perros que llegaron con los conquistadores y el comercio de esclavos.

Caminar con el capitán Sandoval en medio de 300 caniles, como se les llama a las casas de los perros, pone a prueba los nervios, sobre todo a la hora de la alimentación. Son las cuatro de la tarde y la segunda comida del día se empieza a repartir. Mientras esperan su concentrado —de calidad superior—, decenas de pastores alemanes ladran, otros tantos pastores belgas gruñen, un schnauzer gigante traído de Argentina mira con recelo, un labrador dorado rasga con sus patas las rejas de su casa y un beagle se mueve en círculo. El conjunto difiere totalmente de ese célebre cuadro antropomorfo de 1903 firmado por Cassius Marcellus Coolidge que muestra a varios perros muy serenos jugando una partida de póquer a medianoche, con habanos y pipas en la boca y whisky sobre la mesa.

—Les damos la mejor comida posible. Más o menos gastamos 120.000 pesos al mes en alimentos por cada uno de ellos. Los consentimos mucho —dice el capitán Sandoval a la vez que infla el pecho hacia el poniente.

La consideración incluye a los jubilados. La vida útil de un perro adiestrado es de ocho años en promedio. Los más viejos del escuadrón son Darly y Flora, cada uno con 14 años de vida, todos unos nonagenarios si se hace la conversión a los años de vida humanos. Otro al que se le trata con especial consideración es Bruno, el tuerto, un perro que perdió un ojo en acción. Como gran consuelo fue condecorado con la Cruz al Mérito Canino.

—Es una medalla tipo joya que se le impone en una ceremonia. ¡Ah, también tenemos dos perros reformados!

El capitán Sandoval se refiere al rottweiler que cuidaba la bodega cerca a Facatativá donde se encontró el 6 de septiembre de 2000 un submarino criollo en la fase final de ensamblaje. El sumergible se estaba construyendo a 2500 metros sobre el nivel del mar para transportar 200 toneladas de droga por el Caribe. El otro perro al que alude el capitán se le pretendió cambiar su familia taxonómica: un traficante de droga quiso usarlo como mula. Ambos fueron reentrenados en la Escuela de Carabineros. Otro caso especial es el de los secuestrados. Como la mayoría de las fuerzas especiales de la Policía, este cuerpo también sufre por dos de sus miembros en cautiverio. Los animales fueron raptados en La Macarena y en Caucasia, donde acompañaban las labores de erradicación manual.

Cuando mueren en servicio, como pasó con un perro antinarcóticos que fue envenenado en Urabá y otro que murió despedazado en una emboscada en Nariño, también reciben honores. Se les incinera por disposición del Ministerio de Medio Ambiente, sus cenizas se guardan en urnas y pasan a engrosar el panteón de la escuela, o se le entregan al guía con el que compartieron la mayor parte de su vida en acción. A veces las viudas de policías también cargan con la muerte de un animal en la familia.

***

Ágata llegó a la selva en el 2003. Se adaptó sin mayores problemas a su nuevo trabajo en el aeropuerto de Leticia. No se dejó espantar por el calor o la humedad de la selva, ni por el ruido de las turbinas de los aviones o el piso resbaloso del lugar. Muchos perros le tienen verdadera aversión al sonido de sus patas deslizándose sobre un suelo liso. A los tres días de estar prestando servicio dio señas de lo que sería su exitosa carrera como perro detector de drogas. Su primer positivo consistió en descubrir marihuana encaletada en unas latas con grasa.

Durante un año Ágata paseó su hocico por aviones, motonaves, casas y locales de la porosa frontera colombo-brasileña. Descubrió cocaína camuflada en el marco de un cuadro, heroína impregnada en un largo pedazo de cuero, droga embutida en guacales de madera huecos y maletas con doble fondo. Incluso los simples consumidores eran detectados por el labrador. Bastaba algún mínimo residuo de coca en sus dedos o una hebra de marihuana en sus bolsillos para que los señalara. Su fama en el Amazonas empezó a competir con la de Kápax, y alcanzó la cumbre cuando el alcalde de Leticia la condecoró en el 2004 con la medalla Francisco Orellana en el grado Cruz de Oro. Ese día se leyó un pomposo decreto con su nombre y todos los altos funcionarios fueron obligados a estrechar su pata. Más o menos por ese tiempo Ágata cambió de compañero. El policía Óscar Chuña decidió adelantar estudios fuera de Leticia y fue entonces cuando la dejó al cuidado de Robert Olanda.

—Yo quise mucho a la niña. Con ella andábamos mucho, pero nunca se me olvida el día en que se quiso ahogar a mi lado —recuerda Olanda.

Un martes lluvioso, el patrullero Olanda y Ágata regresaban de Puerto Nariño en una lancha después de una misión. Les esperaban cuatro horas por el río Amazonas para llegar a Leticia. A mitad de camino la embarcación empezó a llenarse de agua. Como pudo el lanchero llegó a la orilla, los pasajeros salieron, Olanda empujó a la perra hacia tierra firme y se quedó de último, salvando el equipo, con el río embravecido bajo sus pies. Para sorpresa de Olanda, el animal regresó de un salto a la embarcación y empezó a hundirse a su lado. Alcanzaron a tener medio cuerpo en el agua cuando los sacaron.

Ágata se constituyó en un caso más de lealtad canina hacia un integrante de una especie que ha arrastrado a los suyos a los rincones más oscuros, como lo atestiguan la historia de Laika, que fue enviada al espacio el 3 de noviembre de 1957 por el programa espacial ruso. La perra murió a los siete días por falta de oxígeno. O Blondi, la pastor alemán de Adolf Hitler, que durante el final de la guerra durmió todas las noches a sus pies en el búnker. Por orden de su amoroso dueño fue usada para probar la eficiencia de las píldoras de cianuro con las que se pensaba suicidar, tal y como se lo había sugerido el médico Werner Haase. La perra cayó muerta pero Hitler, en la cresta de su paranoia, además de tomarse las pastillas se pegó un tiro horas después.

***

Los hombres han usado a los animales en la guerra desde el inicio de los tiempos. Los perros y los caballos por su cercanía con los humanos son los que más han sufrido. Sin embargo, el caso que ilustra con mayor efectividad el absurdo al que la raza humana arrastra a sus compañeros sobre la Tierra es el del dentista Lytle Adams, que conducía su carro cuando se enteró por radio del ataque a Pearl Harbor. En ese momento pasaba cerca de las cuevas de Carlsbad en Nuevo México, habitadas por millones de murciélagos. Así fue como se le ocurrió proponerle al Pentágono que usaran escuadrones de estos mamíferos alados como bombas incendiarias lanzadas desde aviones para acabar con los pueblos japoneses, hechos de madera y papel. Los animales serían liberados al anochecer. El ejército debía esperar a que se resguardaran en techos y columnas para activar las minúsculas bombas. El proyecto fue aprobado por el propio presidente Roosevelt y se le asignaron dos millones de dólares para desarrollarlo. Tomó más tiempo de lo que se esperaba y el gobierno se decantó por otra arma secreta para ponerle fin a la guerra: la bomba atómica.

En Colombia ha pasado lo propio. Las Farc usaron un burro bomba el 13 de marzo de 1996 en Chalán, Sucre. Mataron 11 policías. También cargaron con 30 kilos de explosivos a un caballo que estalló en la zona comercial de Guadalupe, Antioquia, en el 2002. Pero, sin duda, el 2007 fue el año más complicado para los animales colombianos. En septiembre secuestraron en Bogotá a Aldo, un pastor alemán por el que sus captores pedían 700 millones de pesos. Un mes después tres marranos corrieron la misma suerte en Ocaña, Santander, y a una gallina le amarraron 250 gramos de coca en Tibú, Norte de Santander, cerca a la frontera con Venezuela. Quizás en la cima del panteón de los animales colombianos mártires está Pepe, el hipopótamo que se escapó de la antigua hacienda de Pablo Escobar y que fue ajusticiado por mercenarios hace más de un año.

***

A su regreso después de la zozobra en la lancha, Ágata continuó con su racha de positivos. La gente, en vista de su celebridad, empezó a tomarse fotos a su lado. Cada semana ayudaba a incautar de 10 a 20 kilos de cocaína escondidos en las cuerdas de una hamaca, en porcelanas, en tarros de chocolate en polvo, en biblias huecas, disueltos en vidrio transparente. Su olfato, un millón de veces más potente que el del mejor perfumista, se volvió una pesadilla para los traficantes de la zona. Fue entonces cuando un narco decidió invertir en su muerte.

—Desde el día en que nos avisaron se le asignó un escolta. Como nos dijeron que querían envenenarla le pusimos mucho cuidado a su comida y le empezamos a comprar agua Manantial —dice Robert Olanda.

Una segunda conversación interceptada los alarmó aún más. La amenaza se repetía, había que acabar con la perra a como diera lugar. Era imposible que el negocio se lo estuviera tirando un animal. Ágata pasó a estar escoltada las 24 horas.

Con el tiempo, Olanda y Ágata no tuvieron otra salida que convertirse en una pareja errante para huir de la amenaza. Pasaron seis meses fuera de Leticia, recorriendo todo el departamento. Un día ayudaban a detener a un expendedor que les vendía droga a los soldados calavera de la base fronteriza de La Pedrera, a la semana capturaban en Puerto Nariño a una mujer que llevaba droga escondida dentro de unos panes recién horneados, un mes después apoyaban a la Policía brasileña más allá de los límites con Colombia. En el 2007 regresaron a Leticia. A pesar del riesgo, el patrullero Olanda no podía estar más tiempo lejos de su familia. Ágata trabajó escoltada dos años más, hasta que su cuello comenzó a hincharse a finales de 2009. La llevaron al veterinario con el temor de un envenenamiento, pero fue descartado. Los narcos nunca pudieron pasar su anillo de seguridad. Tampoco la había picado un bicho selvático. Sin embargo, la inflamación no cedió. La perra tuvo que ser remitida a la Escuela de Carabineros para un examen a fondo. Olanda se despidió en el aeropuerto.

—En 15 días nos vemos, mi niña —le dijo.

Ágata fue diagnosticada de linfoma y murió un mes después. Fue enterrada con honores. Hasta ese momento la recompensa para matarla todavía seguía en pie.

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