Siga este consejo: es mejor quedarse confinado en un encierro perpetuo como Abimael Guzmán antes que salir a buscar aventura en un viaje por tierra, sobre todo en nuestra perjudicial geografía, esa que habla de tres cordilleras pero que calla el atraso al que nos ha tocado someternos por culpa de esas barreras naturales contra el progreso. 

Mi idea no es venderle esa mentira que defiende el viaje terrestre porque es una delicia estar montado en un Aro Carpati 25 horas para llegar al Tapón del Darién. Tampoco pretendo que se coma ese cuento ridículo de que "se disfruta más el paisaje viajando en auto" o que "así se conoce más". Si usted es de los que piensan que viajar por tierra es un planzazo, usted merece un auto, pero de detención. Piénselo bien, atienda estas sugerencias: no cargue con los siguientes elementos si quiere gozar de un periplo feliz. (Sobre el paseo de olla)

Aire acondicionado: no hay un consenso en este tema. Algunos no lo soportan, para otros es un refresco. Al final siempre queda encendido y al llegar a Flandes, tres de los cuatro pasajeros se bajan del carro con dolor de oído y hablando como Poncho Rentería. Se dañan las vacaciones de todos porque el único sano es el que maneja, por tanto no puede tomar trago. Los otros con antibióticos no pueden beber.

Menores de 8 años: en flota o carro, da igual. El nené no para de plañir. Sonajeros, Elmo Cosquillas, y lectura a viva voz de las columnas de José Obdulio Gaviria son incapaces de hacerlo dormir. La madre, en acto de emergencia, saca una teta y le da leche. El inmamable come —una paradoja—, le da modorra, pero las curvas de Cajamarca hacen que el niño se "batuquee" más de lo necesario y así, en cada zigzag, vomita pequeños esputos que siempre traerán un pedacito de huevo, aunque el niño jamás haya comido huevo. Ahora hay llanto y olor a ácido dentro del carro… y falta subir La Línea. 

Música: Fanny Lorena, la menor, quiere oír Jonas Brothers. El mayor, un pendejito que se llama Andrés, pero que a los 15 años pide que lo llamen N52 y profesa ateísmo y vegetarianismo influenciado por los más grandes de su curso, quiere oír a Judas Priest. La discusión a la altura de La Dorada es densa porque los papás —unos antiguos hippies del parque de la 60— no paran de oír Mocedades sin antes decirles a los muchachos que no saben qué es peor: si los Judas Brothers o los Jonas Priest. (Contra los destinos arqueológicos)

La lista no se detiene: la madre ordena detener el carro en cada vivero al borde de la vía para comprar macetas y "unos piecitos de orquídea"; las películas de Steven Seagal y Jackie Chan, inefables miembros de la espantosa cinemateca terrestre, no podrán amainar a las patadas el olor a creolina del baño del bus, la impotencia de no poder abrir la ventana de un Renault 4 en Honda, tener que tomar vino de palma… 

Y esto es solamente hablando del trayecto de ida. Porque el regreso es cruel e implacable: es que se recorrió mucho camino para de nuevo volver a trazarlo: y en medio de las decisiones sobre si regresar por Fusa o Anapoima aparece la depresión de quien conduce, porque en ese instante cruel se da cuenta de las cuentas: los seis peajes que pagó para el mantenimiento de unos trazados viales tan precarios como el ministro de Transporte, la varada por el hueco que rompió un eje en El Boquerón, la grúa hasta Melgar, los repuestos de mala calidad, pero caros como los de un Rolls-Royce, los dos días extras que debió quedarse con su familia hasta que el carro estuviera reparado y el psiquiatra, que es indispensable para no sentir la crisis de lunes en la mañana, suman mucho dinero, suficiente como para viajar a París y escupir en el hall del Ritz mientras la servidumbre aplaude. Pero la vida es así: los viajes por tierra solo traen gastos infames, cuentas en rojo y cantidades industriales de banano bocadillo que está tan marchito como el pasajero que soportó semejante reto. 

Por eso soy antiuribista, porque me siento excluido: la mayor fortaleza de su gobierno ha sido poder viajar tranquilo por carretera. Y para mí nunca habrá un viaje tranquilo por las vías de Colombia. (Los regalos que lleva el colombiano al exterior)

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.