SOBRE SU LIBRO EN GENERAL

¿Qué lo inspiró a escribirlo?

Supongo que el aburrimiento. El gran tedio bogotano.

¿Cuál es su relación con los personajes de la obra? ¿Están basados en vivencias personales concretas? ¿Qué tanto hay de Andrés Felipe Solano en Boris Manrique?

A mí, como a Boris, me gustan mucho los sánduches de queso fundido, tomar cerveza cuando el sol todavía está en lo alto y mirar a las muchachas caminar por la calle.

¿Cuáles son sus influencias literarias?

Apenas es mi primera novela, así que hablar de influencias literarias me suena a atrevimiento. Sólo puedo decir que mientras la escribía hice una pila con algunos de los libros que más quiero, quizás para no olvidar que me han alegrado los días, que me los han hecho menos largos, y bueno, sobre todo para no extraviarme, para tener siempre presente el tipo de novela que quería lograr. Los libros de los que hablo son Herzog, de Saul Bellow; Argos, el ciego, de Gesualdo Bufalino; Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; Matadero 5, de Kurt Vonnegut; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger; Viaje al fin de la noche, de L.F. Céline; y Sin Remedio, de Antonio Caballero. Después de terminar la novela encontré un libro de Phillip Roth que podría añadir a la pila. Se llama El lamento de Portnoy. De alguna manera me gusta pensar que Boris Manrique comparte el espíritu y la sangre de los protagonistas de estos libros.

¿Les podemos contar a los lectores brevemente quién era Joe Louis y cuál es el significado de dicho personaje en su vida?

Joe Louis fue un boxeador norteamericano, rey absoluto durante la primera mitad del siglo XX. Fue campeón de los pesos pesados por doce años. De setenta y nueve peleas disputadas sólo perdió tres. Era un tornado, un tifón que pocos pudieron aplacar. A pesar de su popularidad terminó en la sombra. Después de sus días de gloria fue perseguido sin compasión por el fisco, al punto de que se convirtió en luchador durante un tiempo para pagar sus deudas y terminó como portero en un casino de Las Vegas.

Sé de su historia porque viví hace diez años un cruento invierno en Nueva York y me pasé muchas noches frente al televisor viendo docenas de viejas peleas, entre ellas las de Louis. Ahora, no soy un experto en boxeo, mi novela no se trata sobre el boxeo aunque Boris dispute heroicos combates espirituales con la misma fiereza del bombardero de Detroit, y he olvidado la mayoría de historias que me sabía sobre ese mundo tan sugestivo, pero en cierta medida Louis y otros tantos boxeadores me salvaron durante esos difíciles meses de frío, así que es una cuestión de gratitud. Aunque tengo que hacer una precisión, la frase “Sálvame, Joe Louis” la recoge un libro de Joyce Carol Oates que me deslumbró durante esa misma época y tiene que ver con una sorprendente historia que transcribo en la novela y que, bueno, es mejor no contarla.

SOBRE SU LIBRO (PREGUNTAS MÁS PUNTUALES BASADAS EN EXTRACTOS DE LA OBRA)

Cornelio midió su vida en hilo y tela cortada (trabajó hasta los 87 años y cosió 1,429 trajes). A Boris le gustaría medirla en kilómetros, gasolineras y tiendas al borde del camino. ¿Cuál podría ser la medida del tiempo de Andrés Felipe Solano?

Me gustaría medirla en canciones encontradas por azar en pequeñas tiendas de discos, en viajes en ferry, en mundiales de fútbol, en chorizos santacruzanos, en nuevas clases de ají, en interminables noches en los amanecederos del centro de Medellín, pero sé que lo más probable es que la vida se me vaya entre aguaceros, charcos y semáforos bogotanos.

Boris se imagina su muerte por un infarto de miocardio o por un balazo. O también se imagina “morir de a poquitos, tirado en el suelo, con la camisa manchada, acunado por el sonido de las cigarras y la mirada puesta en un cielo estrellado.” ¿Ha pensado alguna vez qué muerte preferiría Andrés Felipe Solano para el protagonista de su obra?

Boris quiere llegar a viejo sin que ninguna enfermedad, accidente o bala lo toque a pesar de toda la palabrería que suelta alrededor de la muerte. Así que debería morir en una grata casa de campo, rodeado de nietos, libros empastados en el mejor de los cueros y antiguas amantes que lo van a visitar de tanto en tanto. Boris debería morir mientras duerme, al lado de una cálida chimenea, con una gruesa manta sobre las piernas, una levísima erección y como la reina madre, con un vaso de ginebra en el regazo.

“Asesinos de putas, putas asesinas, violaciones, robos a bancos, robos a supermercados, hombres decapitados, perros destripados, niños suicidas, cuanta porquería encuentra en las páginas rojas del periódico. Más de una vez he terminado con el estómago hecho un trapo.” ¿El mundo tiene remedio?

El mundo fue y será una porquería, lo dice el tango. Pero también es cierto que hasta en el más hediondo estiércol pueden florecer las amapolas, así que en medio de tanta podredumbre nuestra tarea es tratar de rescatar la belleza del mundo. Pero sin duda eso requiere paciencia, así que no hay que desesperar para descubrir las canciones justas, los libros entrañables, los amores menos inquisitivos, los amigos generosos, el licor que mejor nos siente y el laxante que nos haga menos daño, todas esas cosas que nos han de acompañar hasta la hora de nuestra muerte. También hay que tratar de bañarse en un río o en el mar por lo menos una vez al año. Sé que parece el recetario de un poeta costumbrista o un cantante de bambuco pero no creo que haya mucho más que eso, por lo menos no para mí.

Según Santos Bustamante, para el periodismo la realidad no importa, no tiene valor como tal. Lo definitivo es encontrar, o en su caso tramar, una historia que lleve a sus lectores al paroxismo. ¿Qué opina Andrés Felipe Solano como periodista sobre esta teoría?

En el periodismo no cabe la falsedad, aunque abunde. Para eso está la ficción. El periodista puede adornarse a la hora de escribir, iluminar los hechos de cierta forma, presentarlos bajo el vestido que mejor le parezca para alcanzar los fines estéticos que se haya impuesto, pero nunca, jamás, falsearlos.

“Lo mejor es seguir y resistirme a esta súbita y desesperada nostalgia católica”. ¿Qué reflexiones de Jesús destacaría y cuáles dejaría para el olvido?

Nací y fui educado en un ambiente católico. Estudié doce años con los jesuitas y no puedo negar que mi vida está cruzada por ese evento, por ese accidente. Bien podría haber sido educado leyendo el Corán y no la Biblia y entonces tendría nostalgia de Mahoma. El Jesús al que quiero y al que extraño está en una canción de Tom Waits que dice más o menos así:

No voy a la iglesia los domingos
no me arrodillo para rezar
no memorizo los libros de la Biblia
Yo tengo mi manera especial
y sé que Jesús me ama
quizás a lo mejor un poco más

Yo me arrodillo todos los domingos
en la tienda de dulces de Zerelda Lee
Es un Chocolate Jesús
lo que me hacer sentir bien
es un Chocolate Jesús lo que me mantiene pleno.

No quiero Abba Zabba, no quiero Almond Joy
no hay nada mejor
más adecuado para este muchacho
Es la única cosa
que me levanta
mucho más que una copa de oro

Ven, solo Chocolate Jesús
puede satisfacer mi alma
Cuando el clima se pone rudo
y hay whisky en la sombra
es mejor empacar a tu salvador en celofán

“Por Dios, quedan tantas noches por rellenar, tantos domingos. Creo que es eso lo que me sucede con Cornelio. ¿No sintió que con el tiempo los días perdían su brillo, que la vida se convertía en un deber, en una cosa parecida a tener que ir al colegio, en levantarse, bañarse, desayunar, salir y esperar el bus, año tras año?” ¿Considera que existe alguna manera perdurable para que los hombres no se sientan así?

El sueño eterno, quizás.

“Esa raza maldita que se empeña en creer que existe una cosa parecida al amor. ¿Es que nadie les dijo que aquel vano sentimiento no es más que un invento pagano, que tan solo es la máquina de destrucción más sutil creada por el hombre?” Y sigue: “Mil veces prefiero la más baja de las lujurias a creer que el amor llega a salvar mi vida como un ungüento. Ya me ha pasado, y las consecuencias han sido escabrosas. El amor es todo menos tranquilidad y paz. El amor tiende una bruma sobre todas las cosas, las vuelve mentirosas, las empaña (…) El amor es una propaganda de detergente, de limpiador de la que no quiero ser protagonista (…) El amor tiene fecha de vencimiento y apariencia, tan sólo apariencia, de paz.” ¿Tendrá Boris Manrique o Andrés Felipe Solano algo positivo que decir sobre el amor?

El amor es la droga más poderosa con la que un hombre o una mujer pueden experimentar. El amor es una locura temporal, pero eso no es necesariamente algo malo. De la demencia han salido grandes cosas, incluso seres humanos. Quizás lo terrible del amor son los efectos secundarios, bastante duraderos por cierto.

Es tan devastador el poderío del amor que obligó al gran Francisco de Quevedo a escribir poemas que ahora recitan en los buses, pero también le regaló afortunados versos donde está el centro mismo de lo que es el amor (“es un breve descanso muy cansado”). Eso es, es pura contradicción. Por eso no conozco mejor, más gozoso y deseable estado que el del enamoramiento.

“Los peligros que nos asechan: la televisión por cable, el rock cristiano, la obsesión por tener una dentadura perfecta, las drogas de diseño, la comida fusión, el aburrimiento, la pornografía.” Luego de haberla escrito, ¿considera el autor que a Boris, en su enumeración, se le pudieron escapar algunos peligros?

La primera novela de cualquier ya no tan joven escritor latinoamericano, las entrevistas a los ya no tan jóvenes escritores latinoamericanos, las respuestas de los ya no tan jóvenes escritores latinoamericanos a esas entrevistas.

“El pesimismo jamás me abandona. Es mi seguro contra accidentes.” ¿Podría hablarnos un poco más al respecto?

Nada más peligroso que la esperanza. Sólo trae frustración a la vida de cualquier hombre. Otra cosa es el deseo. El deseo puede que traiga consigo la tragedia pero nunca nos defraudará. La vida debe estar gobernada por el deseo, nunca por la esperanza.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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